Woods, de 35 años, fue acusado de haber modificado las cuerdas de las ejecuciones para que los nazis sufrieran antes de morir

¿Venganza o justicia? Las bestiales prácticas del verdugo alcohólico de los EEUU que ejecutó a los jerarcas nazis en 1946

John C. Woods, definido como un hombre con «un aliento asqueroso» y con «el cuello siempre sucio» por sus compañeros, fue el encargado de acabar con la vida de los principales secuaces de Hitler condenados en los Juicios de Nüremberg

Años después, fue acusado de modificar las cuerdas con las que fueron ahorcados los reos para hacerles sufrir más. Jamás se demostró, pero su homólogo británico calificó su trabajo de «torpe»

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«That's fast work!». O «¡Ha sido un trabajo rápido!», en nuestro idioma. Las palabras que John C. Woods, el verdugo que ejecutó 10 de las 12 sentencias de muerte dictadas por el Tribunal Militar Internacional formado tras la Segunda Guerra Mundial (2 de los acusados fallecieron antes de que se pudiesen cumplir), helaron la sangre de aquellos que se habían reunido en el improvisado patíbulo instalado en el gimnasio del Palacio de Justicia de Nüremberg. Lo cierto es que a este extraño personaje, más conocido por su alcoholismo y por su poca higiene personal que por su oficio de verdugo en el ejército de los Estados Unidos, no le faltaba razón. Al fin y al cabo, había colgado y retirado del cadalso, con la ayuda de un compañero, a una decena de jerarcas nazis en poco más de hora y media. Todo un récord particular.

John C. Woods fue la mano ejecutora. Con él fue con quien se cerró, en la noche del 15 al 16 de octubre de 1946, el círculo de barbarie que se había iniciado apenas siete años antes cuando Adolf Hitler atravesó como un cuchillo Polonia. De su trabajo, en principio, poco se explicó. Los aproximadamente 450 corresponsales acreditados para los Juicios de Nüremberg se limitaron a señalar que la justicia se había cernido, de una vez por todas, sobre los artífices de la matanza sistemática de entre 6 y 10 millones de judíos (amén de otras tantas culturas).

Woods no tenía experiencia como verdugo antes de llegar al norte de Francia
Woods no tenía experiencia como verdugo antes de llegar al norte de Francia

Sin embargo, al poco surgieron voces discordantes que cargaron contra este verdugo acusándole de haber modificado las cuerdas destinadas a algunas de las «águilas» nazis enviadas a la horca. Ligeros cambios que habrían logrado que sufrieran más antes de dejar este mundo.

¿Justicia o venganza? ¿Crueldad o equidad? Este noviembre, fecha en la que se cumple el aniversario del comienzo de los Juicios de Nüremberg (en los que fueron procesadas hasta 611 personas), es imposible no preguntárselo. Woods, con todo, siempre negó que aquellos errores hubieran sido premeditados. No solo eso, sino que se vanaglorió de las ejecuciones llevadas a cabo aquella jornada en una entrevista a «Stars and Stripes» (el principal periódico militar de la época): «Colgué a esos diez nazis en Nüremberg y me siento orgulloso de ello; hice un buen trabajo. Todo fue de primera […], no recuerdo un trabajo mejor». Nada que ver con las afirmaciones realizadas por su homólogo británico en la Segunda Guerra Mundial, Albert Pierrepoint, quien tildó aquel trabajo de «torpe».

Vida controvertida

El futuro verdugo de Nüremberg está rodeado, a día de hoy, de más sombras que luces. De hecho, los pormenores de su vida siguen generando cierta controversia. Ejemplo de ello es que, atendiendo a las diferentes fuentes, se le atribuye un origen diferente. Una de las versiones más extendidas es que vino al mundo en la ciudad de Wichita (Kansas) el 5 de junio de 1911. Así lo afirma, al menos, el conocido divulgador histórico Rob Hopmans. Con todo, otros autores como Johannes Leeb son partidarios de que, realmente, nació en San Antonio (Texas), tal como lo desvela en «The Nuremberg Trial: A History of Nazi Germany as Revealed through the Testimony at Nuremberg». La segunda de las versiones es, a día de hoy, la más aceptada por la comunidad de expertos.

Más allá del dichoso lugar en el que naciera, Woods tuvo una infancia más que turbulenta. Para empezar, porque después de que sus padres se separaran dejó los estudios. La adolescencia no le ayudó tampoco a centrarse. Según explica Hopmans en su artículo «Woods, John Chris “Hangman”», nuestro protagonista se alistó en la Marina de los Estados Unidos cuando apenas sumaba 18 años y, tras superar el entrenamiento inicial, fue enviado al «USS Saratoga». El camino era habitual para muchos hombres de la época, pero que terminó con una sutil diferencia: el futuro verdugo desertó tras unos pocos meses. Aunque no llegó lejos. Poco después le «cazaron» y le enviaron a California, donde un oficial médico pidió que se le sometiera a un examen psiquiátrico.

Posteriormente fue diagnosticado de «Inferioridad psicopática constitucional sin psicosis». Término muy utilizado en la época para calificar la mayoría de trastornos mentales. Independientemente del dictamen, de lo que no hay duda es de que fue dado de baja por él.

Posteriormente, Woods señaló que estaba deseando ajusticiar a los diez nazis de Nüremberg
Posteriormente, Woods señaló que estaba deseando ajusticiar a los diez nazis de Nüremberg-WW2 Gravestone

No existen muchos datos sobre Woods en los años posteriores. Al menos, hasta 1933, cuando se unió a los «Civilian Conservation Corps», un programa mediante el que el presidente Franklin Delano Roosevelt dio trabajo a miles de jóvenes durante la Gran Depresión. Sin embargo, fue expulsado el 27 de septiembre de ese mismo año con deshonor por haber estado ausente de sus labores durante seis días.

El controvertido Woods volvió a intentarlo una década después. En 1943 se unió al ejército y, tras superar las pruebas (y a sus 32 años) fue destinado a principios de 1944 a un batallón de ingenieros de combate de Inglaterra. País en el que se estaba dando forma a la mayor invasión naval de la historia: el Día D. Los informes, según Hopmans, no afirman que se ausentara de su puesto en los primeros seis meses. Por ello, el divulgador afirma que es muy probable que participara en el Desembarco de Normandía junto a su unidad. A partir de entonces dio tumbos por el norte de Francia (y por algunas unidades) hasta que terminó como verdugo del Tercer Ejército de los Estados Unidos.

Verdugo mentiroso

La vida de Woods cambió drásticamente en otoño de 1944. Ese fue el mes en el que -debido a la necesidad imperiosa de alguien ejecutara a los condenados en el viejo continente- los Estados Unidos hicieron un llamamiento entre las tropas para hallar un verdugo. Al no obtener respuesta, nuestro protagonista se ofreció voluntario afirmando que había ejercido como tal en Texas y en Oklahoma. Así lo corrobora el historiador Fernando Paz en su obra «Nüremberg. Juicio al nazismo»: «Había mentido al Ejército para obtener el trabajo, haciéndose pasar por un fogueado verdugo, aunque antes de 1944 no había tenido la más mínima experiencia».

A pesar de todo, lo cierto es que no se puede exculpar a sus superiores, pues parece ser que no corroboraron sus afirmaciones y, con ello, silenciaron el pasado de exámenes psiquiátricos de Woods. Aquellas falacias lograron engañar incluso a la comunidad internacional. Ejemplo de ello es que, en 1946, el diario ABC afirmó que Woods contaba con «dieciocho años en la profesión» cuando se refirió a él en relación a los Juicios de Nüremberg.

Göring, testificando durante los Juicios de Nüremberg
Göring, testificando durante los Juicios de Nüremberg-ABC

Gracias a sus mentiras, Woods fue ascendido a sargento mayor y nombrado único verdugo estadounidense en Francia para tranquilidad del ejército. Y es que, hasta ese momento las únicas ejecuciones se habían llevado a cabo en suelo británico a cargo del inglés Albert Pierrepoint. «Pierrepoint procedía de una familia de verdugos -su padre y su tío habían desempeñado la misma profesión- y su eficiencia era proverbial», añade Paz.

Desde entonces, nuestro protagonista ajustició a 34 soldados estadounidenses por sus excesos y colaboró, además, en otras tres muertes. «Los informes del ejército estadounidense sugieren que Woods participó en al menos 11 ahorcamientos fallidos de soldados estadounidenses entre 1944 y 1946», explica Hopmans.

Nüremberg

Mientras Woods hacía sus pinitos en el noble arte de la muerte estatal, el 20 de noviembre de 1945 (con la Segunda Guerra Mundial terminada y el «Führer» inerte sobre el suelo del búnker de la cancillería) comenzaron los Juicios de Nüremberg. Una serie de procesos en los que la justicia internacional cargó frontalmente contra las barbaridades perpetradas por los germanos.

A día de hoy, se tiende a pensar que los únicos acusados fueron los jerarcas de Hitler imputados en el denominado «Juicio principal». Sin embargo, y a pesar de que fue el más destacado, en este evento mundial también se dirimió la culpabilidad de hasta seis centenares de nazis más (entre ellos, los médicos y enfermeros artífices del temido programa de eutanasia y de la experimentación en humanos).

El protagonismo, no obstante, fue para el «Juicio Principal». El proceso en el que una veintena de mandamases fueron acusados, tal y como afirma Manuel Moros Peña en «Los médicos de Hitler», de «conspiración, crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad». La lista de bestias nazis que pasaron, del 20 de noviembre al 1 de agosto, por la Sala 600 del Tribunal de Nüremberg es escalofriante, según recoge la Revista Ares en «El proceso de Nüremberg»:

Anuncio de las condenas a los 12 jerarcas nazis
Anuncio de las condenas a los 12 jerarcas nazis-ABC

-Hermann Göring, (Marical del Reich).

-Karl Dönitz, (Gran Almirante de la Kriegsmarine).

-Rudolf Hess, (Lugarteniente de Hitler).

-Joachim von Ribbentrop, (Ministro de Asunto Exteriores).

-Wilhelm Keitel, (Jefe del OKW).

-Alfred Rosenberg, (Ministro de los territorios ocupados).

-Hans Frank, (Gobernador general de Polonia).

-Wilhelm Frick, (Ministro del Interior).

-Ernst Kaltenbrunner, (Jefe del Servicio de Espionaje).

-Walther Funk, (Ministro de economía).

-Hjalmar Schacht, (Ministro de Economía y Presidente del Reichsbank).

-Hans Fritzsche, (Ministerio de Propaganda).

-Constantin von Neurath, (Reichprotektor de Bohemia y Moravia).

-Albert Speer, (Ministro de Armamento).

-Arthur Seyss-Inquart, (Canciller Austríaco y Comisario para los Países Bajos).

-Franz von Papen, (Canciller, Vicecanciller y Emjadaro en Turquía).

-Alfred Jodl, (Consejero militar de Hitler).

-Fritz Sauckel, (Ministro plenipotenciario para la movilización de trabajadores).

-Baldur von Schirach, (Jefe de las Juventudes Hitlerianas y Gobernador de Viena).

-Erich Raeder, (Gran Almirante de la Kriegsmarine).

-Julius Streicher, (editor del diario nazi Der Stürmer).

-Martin Bormann, (asesor personal de Hitler).

Las sentencias se hicieron públicas el 1 de octubre de 1946. Todo ello, después de que se celebraran 218 sesiones en el Palacio de Nüremberg y que se leyera un veredicto de más de 100.000 palabras. El resultado fue de una docena condenadas a morir en la horca, como bien explicó ABC: «El tribunal de Nuremberg ha dictado doce penas de muerte, tres condenas a prisión perpetua, cuatro de diez a veinte años y tres absoluciones».

Con todo, dos de las sentencias de muerte no se pudieron llevar a cabo: la de Martin Bormann (la mano derecha de Hitler, condenado en ausencia debido a que había fallecido unos meses antes en Berlín) y la de Göring.

El caso del orondo jefe de la Luftwaffe fue el más destacado. Y es que, se suicidó apenas dos horas antes de la ejecución. Y no por miedo, sino porque no quería morir en la horca. «Lo único que Göring quería proteger por encima de todo era su honor como militar. Afirmó varias veces que no tendría ningún inconveniente en que le sacaran a la calle y le dispararan ahí mismo, como un soldado. El problema era que consideraba que lo peor que se le podía hacer a un militar era colgarlo», explicó por entonces el cabo Harold Burson, encargado de hacer un resumen del día a día en Nüremberg.

Las sentencias fueron:

-Hermann Göring, pena de muerte.

-Karl Dönitz, diez años de prisión.

-Rudolf Hess, cadena perpetua.

-Joachim von Ribbentrop, pena de muerte.

-Wilhelm Keitel, pena de muerte.

-Alfred Rosenberg, pena de muerte.

-Hans Frank, pena de muerte.

-Wilhelm Frick, pena de muerte.

-Ernst Kaltenbrunner, pena de muerte.

-Walther Funk, cadena perpetua.

-Hjalmar Schacht, absuelto.

-Hans Fritzsche, absuelto.

-Constantin von Neurath, 15 años de prisión.

-Albert Speer, 20 años de prisión.

-Arthur Seyss-Inquart, pena de muerte.

-Franz von Papen, absuelto.

-Alfred Jodl, pena de muerte.

-Fritz Sauckel, pena de muerte.

-Baldur von Schirach, 20 años de prisión.

-Erich Raeder, cadena perpetua.

-Julius Streicher, pena de muerte.

-Martin Bormann, pena de muerte.

Descuidado y sucio

Las condenas a muerte eran, para los aliados, una cosa muy seria. Por eso resultó más que extraño que el coronel Burton C. Andrus (famoso por el odio que despertaba entre los reos germanos) escogiera a Woods como verdugo principal de los Juicios de Nüremberg. En su descargo hay que decir que no tenía muchas más opciones (salvo haber seleccionado al británico Pierrepoint). Por el contrario, también hay que señalar que no verificó los datos ofrecidos por el sargento mayor, quien por entonces se decía todo un artista en su profesión.

Ejemplo de ello es que el mismísimo diario ABC se hizo eco de su selección el sábado 5 de octubre de 1946: «Aunque no se ha dado a conocer la identidad del verdugo que actuará en esta ocasión, se cree que es el sargento mayor John C. Woods, que lleva dieciocho años, en ese oficio y ha realizado hasta ahora 313 ejecuciones, 87 de ellas en Europa».

Por si su inexperiencia no fuera ya bastante, Andrew Nagorski afirma en «Cazadores de nazis» que, sabedor Woods de que era el único verdugo norteamericano en suelo europeo y que sus superiores le necesitaban, no prestaba ninguna atención a su aspecto físico ni a su higiene.

El patíbulo, listo para su siguiente víctima
El patíbulo, listo para su siguiente víctima-WWII Gravenstone

Así lo corroboró el soldado Hermann Obermayer (presente por entonces en Nüremberg) quien llegó a definir al sargento mayor como un desarrapado que «no seguía las normas, no se limpiaba los zapatos ni se afeitaba». «Siempre vestía de manera descuidada. Sus pantalones siempre estaban sucios y sin planchar, llevaba la misma chaqueta durante semanas, a veces parecía que incluso dormía con ella puesta, sus galones de sargento mayor estaban sujetos a la manga por una endeble puntada de hilo amarillo a cada extremo y siempre llevaba la gorra arrugada y descolocada», afirmó el militar.

Por si fuera poco, Obermayer afirmó que este verdugo, uno «de los hombres más importantes del mundo» en Nüremberg por el trabajo que tenía que llevar a cabo, era un «alcohólico» que tenía «los dientes torcidos y amarillos, un aliento asqueroso y un cuello siempre sucio».

Preparativos

En la noche del 15 al 16 de octubre de 1946 todo estaba listo para las ejecuciones de los últimos jerarcas nazis. Para aquella jornada, los aliados vistieron de gala el gimnasio del Palacio de Justicia de Nüremberg. Sala en la que, tres jornadas antes, un grupo de soldados estadounidenses había jugado un partido de baloncesto. En aquel lugar se levantaron tres toscas horcas encargadas de llevar hasta el otro mundo a los germanos. La idea era utilizar alternativamente dos de ellas. La última quedaría en reserva por si sus compañeras sufrían algún percance.

Así definió la revista «Time», en su edición del 28 de octubre de 1946, el improvisado patíbulo: «En el pequeño gimnasio de la cárcel (con el suelo polvoriento y unas paredes sucias de color gris), se habían erigido tres horcas negras con más atención a los números que a la eficiencia. Las plataformas estaban ubicadas a ocho pies de distancia, a ocho pies sobre el suelo, y medían ocho pies cuadrados. De cada plataforma se alzaban dos pesadas vigas, que sostenían un travesaño pesado, con un gancho para la cuerda en el medio. Una palanca discreta servía para abrir las trampillas. El espacio debajo de las trampillas estaba oculto por cortinas».

Julius Streicher
Julius Streicher-ABC

La construcción de los patíbulos, más concretamente, se llevó a cabo durante el día 14. Al menos, así lo señaló el propio Albert Speer en su diario: «De repente, la idea atraviesa mi cerebro como un relámpago. ¡Están levantando los patíbulos! Entretanto, creo oír el chirrido de una sierra, luego se hace el silencio. Por último, algunos martillazos. Extrañamente, sus ecos parecen acercárseme cada vez más. Al cabo de una hora retorna la quietud absoluta. Me tiendo en mi catre sin poder desechar el pensamiento de que están apuntalando los cadalsos. Insomnio».

En su obra, Fernando Paz afirma que Woods no lo tuvo fácil a la hora de preparar las horcas, pues desconocía cuál era exactamente el peso y la estatura de cada uno de los jerarcas nazis. Un problema a la hora de elegir la extensión de las cuerdas que se abrazarían por última vez a sus cuellos. Con todo, practicó varias veces con sacos de 90 kilos y 1,75 metros de altura llenos de tierra.

Controversia

A eso de la una de la madrugada (a la 1:11, para ser más exactos), comenzaron las ejecuciones. El primero en subir los tres escalones del cadalso fue Joachim von Ribbentrop, quien -antes de que Woods le colgase- se limitó a señalar: «Dios proteja a Alemania». Después de una nueva declaración, el verdugo norteamericano llevó a cabo un proceso que repetiría hasta en diez ocasiones: le colocó una capucha negra sobre la cabeza, ajustó una cuerda alrededor de su cuello, y -para terminar- tiró de la palanca que abría la trampilla. Keitel fue el posterior, seguido de Kaltenbrumer, Rosenberg, Frank y Frick. Con ninguno de ellos hubo ninguna dificultad.

En el caso de Streicher arribaron los problemas. El director del diario nazi llegó a la sala a las 2:21 y, cuando le solicitaron que se identificara, se limitó a soliviantar los ánimos de los presentes con un grito seco: «¡Heil Hitler!». En palabras de Nagorski, el sentenciado fue subido a la horca a empujones antes de decir sus últimas palabras: «Algún día, los bolcheviques os colgarán a vosotros».

A continuación comenzó el trabajo de Woods, quien le puso una capucha negra y tiró de la cuerda... con un resultado horrible. «La trampilla se abrió con gran estruendo y Streicher cayó al vacío pataleando. Cuando la cuerda por fin parecía tensarse, empezó a balancearse violentamente hacia los lados y los gruñidos de Streicher resonaron por toda la sala», añade Nagorski en su obra. El verdugo bajó entonces a la parte inferior de la plataforma y tiró de los pies del preso hacia abajo. El germano falleció con gran agonía.

Jodl, recién ahorcado. Cada reo fue sacado del cadalso en camilla con su nombre escrito en una etiqueta
Jodl, recién ahorcado. Cada reo fue sacado del cadalso en camilla con su nombre escrito en una etiqueta-ABC

¿Error o venganza? El teniente Stanley Tilles, uno de los organizadores de las ejecuciones, fue partidario de lo segundo. Según sus palabras, Woods colocó mal deliberadamente la cuerda para que Streicher no se partiera el cuello y muriera estrangulado. «Todos los que estábamos en la sala habíamos sido testigos del número de Streicher y se ve que Woods tomó buena nota. Woods odiaba a los alemanes […] y yo vi cómo se le iba encendiendo la cara de ira y apretaba las mandíbulas. […] Le vi esbozar una sonrisa al tirar de la palanca».

Al parecer, otro de los que sufrió especialmente en la horca fue Sauckel, quien -antes de que Woods tirara de la palanca- gritó: «Muero siendo inocente. La sentencia es errónea. Que Dios proteja a Alemania y haga Alemania grande de nuevo. ¡Larga vida a Alemania! Que dios proteja a mi familia». ¿Casualidad? Tampoco les fue demasiado bien a Maser (que tardó 18 minutos en morir) y Jodl (quien llegó a 24).

«Muero siendo inocente. La sentencia es errónea. Que Dios proteja a Alemania y haga Alemania grande de nuevo»

Por otro lado, un reportaje posterior publicado en «The Star» cargó contra Woods al firmar que había modificado las cuerdas y no las había atado correctamente alrededor del cuello de los condenados. En palabras de Nagorski, esto habría provocado que «se golpearan la cabeza con la trampilla al caer» y que «murieran asfixiados lentamente». «En sus memorias, el general Telford Taylor, que ayudó a preparar la acusación del Tribunal Militar Internacional contra los jefes nazis y posteriormente se convertiría en el fiscal jefe en los siguientes doce juicios que se celebraron en Nüremberg, admitió que las fotos de los cuerpos que yacían en el gimnasio parecían confirmar estas sospechas. Algunos tenían restos de sangre en la cara», añade el autor en su obra.

A todas estas críticas se sumó el despreciado Pierrepoint, quien dijo hallar «ciertos indicios de torpeza» en el trabajo de Woods. Entre ellos, «la caída de metro y medio, que era la misma para todos», o «la soga vaquera de cuatro nudos, ya muy pasada de moda».

Woods, junto a su esposa
Woods, junto a su esposa

Lo cierto es que los posibles fallos en las ejecuciones acabaron causando cierta controversia. La polémica llegó hasta tal punto que, en una entrevista llevada a cabo por «Star and Stripes», Woods se defendió afirmando que se sentía orgulloso de haber acabado con los diez nazis.

«Hice un buen trabajo. Todo fue de primera. […] No recuerdo una ejecución mejor. Lo único que lamento es que ese Göring se me escapara; habría que sabido estar a su altura», afirmó. También señaló que «no estaba nervioso» y que «este encargo de Nüremberg era exactamente lo que quería». «Deseaba que me lo ofrecieran a mí con tantas fuerzas que decidí quedarme allí un tiempo más aunque podría haberme ido a casa antes».

Woods acabó sus días electrocutado en un extraño accidente el 21 de julio de 1950. Un final controvertido para una vida llena también de controversia.