«La batalla de Empel», el cuadro de Ferrer-Dalmau que rinde tributo a los Tercios - / Vídeo: La cuna de los heroicos capitanes españoles que desangraron a la Royal Navy
La Empresa de 1588

El terrible poder de los Tercios españoles: lo que hubiera pasado si llegan a desembarcar en Inglaterra

El Ejército inglés era «pequeño, anticuado y sus tropas estaban repartidas entre las guarniciones de los barcos, la siempre insegura Irlanda, la frontera escocesa y Holanda». Su arma predilecta seguía siendo el arco largo, a pesar de que estaba desfasado frente a los arcabuces castellanos

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El plan de Felipe II cuando envió a su Felicísima Armada a las Islas Británicas no era atacar directamente sus costas o desembarcar tropas, como le había aconsejado Álvaro de Bazán, el marino que murió invicto; su verdadera intención era que la Armada dirigida por el Duque de Medina-Sidonia se diera «la mano» con las tropas de Flandes, al mando de Alejandro Farnesio. Una vez embarcadas, atacarían Inglaterra para derrocar a la Reina Isabel. El problema básico es que las comunicaciones de la época hacían imposible que Farnesio y Medina-Sidonia llegaran a contactar a tiempo. El Monarca dejó aquel detalle, como otros tantos, a los designios de Dios, lo que se tradujo en un desastre causado por la indecisión y la meteorología.

El error del plan de Felipe II

Los ingleses no pudieron hundir prácticamente ninguno de los galeones españoles, pero los 130 barcos de Medina-Sidonia no alcanzaron a «darse la mano» con los ejércitos hispánicos en los Países Bajos. El empeño del andaluz, mal aconsejado por Diego Flores de Valdés, por ceñirse a las órdenes exactas del Rey hizo que los barcos españoles mostraran en todo momento una actitud defensiva y dejaran pasar varias ocasiones de hundir a la molesta flota británica, como en el caso del minuto eterno de Plymouth. Mientras Farnesio esperaba en vano a que le dieran aviso para enviar a sus tropas hacia la costa, y desde allí embarcar en barcazas; Medina-Sidonia arribó por sorpresa en Calais el día 6 de agosto de 1588.

La distancia entre Calais y Dunkerque, donde se suponía que estaba Farnesio con sus tropas, era, y es, escasa, a lo que Medina-Sidonia envío a su mejor mensajero, Rodrigo Tello de Guzmán, a bordo de una pinaza para contactar con él. No en vano, el mensajero descubrió que apenas había barcazas en la costa, faltaba artillería y las tropas eran escasas. El propio Farnesio estaba en ese momento a kilómetros de allí, en Brujas, cuartel general del Ejército.

Una vez en esta ciudad, el general español recibió a Tello de Guzmán, para explicarle que el grueso de las barcazas estaba escondido más al norte, concretamente en Nieuport, en tanto las tropas estaban distribuidas entre este puerto, el de Dunkerque y el de Diksmuide. En total 15.000 efectivos del Ejército de Flandes, una tropa de elite que en los últimos años había logrado llevar la guerra en los Países Bajos a la fase más favorable a España desde antes de la rebelión.

No obstante, según apunta Carlos Canales y Miguel del Rey en «Las Reglas del viento: Cara y cruz de la Armada española en el siglo XVI», la realidad era muy distinta de la dibujada por Farnesio. «No había nada preparado. A pesar de contar con una soberbia red de agentes en Francia, la llegada de la Armada al canal le había cogido por sorpresa, y no tenía ni la más remota idea de cuál era la situación...». Debió improvisar al saber que Medina-Sidonia estaba en Calais. Pero, mientras Farnesio ponía en marcha toda su maquinaria de intendencia, se produjo el único combate directo entre barcos ingleses y españoles: la batalla de Gravelinas.

Hundimiento de la galera Girona, en Irlanda
Hundimiento de la galera Girona, en Irlanda

En la madrugada del 7 al 8 de agosto, la Armada española recibió el ataque de ocho brulotes (barcos incendiarios) que rompieron por primera vez el orden de la flota y, en un momento de pánico, algunos capitanes soltaran las cadenas de sus anclas para salir cuanto antes de Calais. Aquella salida desordenada derivó en un intercambio de fuego con los ingleses, que causaron varias averías de gravedad en barcos principales como el San Felioe o el San Mateo.

El viento hacia el norte salvó a los españoles de recibir más daños, si bien condenó a Medina-Sidonia a bordear las Islas británicas por Escocia e Irlanda, donde se produjo el auténtico desastre frente a sus afiladas costas. La posibilidad de regresar a por el Ejército de Flandes se perdió ahí para siempre.

Tercios de Flandes contra tropas inglesas

La pregunta que se han hecho historiadores de todos los tiempos es cuál hubiera sido el porcentaje de éxito de aquella infantería de haber sido trasladada de Flandes a Inglaterra con éxito. La idea del Rey consistía en que las tropas, unos 16.000 hombres, fueran desembarcadas en las costas de Kent, frente a los Países Bajos. Posteriormente, la Armada se dirigiría a North Foreland, un poco más al norte de Kent, para asegurarse el dominio sobre Narrow Seas, con el fin de situar allí su artillería y las provisiones.

Aprovechando la superioridad de la infantería española, Farnesio avanzaría a Londres en un ataque relámpago tipo blitzkrieg que, imaginaba, dejaría noqueado al poder inglés. Con estas posiciones aseguradas, la flota de Medina-Sidonia llevaría más provisiones al Ejército en una ruta abierta con Flandes.

Claro está, que Felipe II no tenía en cuenta lo difícil que hubiera sido que las tropas obtuvieran provisiones desde Flandes con la flota ingleses pulularon a su alrededor. Sin otra flota que la neutralizara, Drake y compañía habrían impedido abrir una ruta segura. O a lo mejor el Rey confiaba en que la fuerza de sus Tercios se las arreglaría bien sin más refuerzos ni suministros, como una suerte de Expedición de los Diez Mil de Jenofonte...

En este sentido, existe consenso sobre la superioridad militar de los españoles una vez pusieran pie en tierra sus soldados. Entre 1500 y 1650, los tercios españoles se convirtieron en la más letal, efectiva y temida infantería de Europa. A imagen de las falanges macedonias y las legiones romanas, que también impusieron su superioridad militar, los tercios encontraron en la combinación de armas blancas (pica y espada) y de fuego (arcabuz y mosquete) una forma de aplastar el papel de la caballería pesada en Europa. En los campos de Flandes habían demostrado que ningún otro ejército, mercenario, voluntario o profesional, podía causarle grandes problemas en un combate abierto.

Frente a la fortaleza española, se extendía una fuerza inglesa desfasa y sin experiencia en combate. Los historiadores Geoffrey Parker y Agustín Ramón Rodríguez han analizado en varios trabajos esta cuestión. Para empezar, comenta Parker, las fortificaciones de las ciudades y puertos ingleses estaban completamente obsoletos, y databan de la época medieval o, en el mejor de los casos, eran del reinado de Enrique VIII. Para el tren de artillería de Farnesio –acostumbrado a las endiabladas fortalezas de Flandes y de Italia– los bajos muros ingleses no hubieran sido rival.

Las tropas británicas eran poco fiables políticamente, al estar alistadas muchos católicos irlandeses (los únicos que aceptaban condiciones tan malas), o eran susceptibles de corrupción

Sobre el Ejército inglés, comenta Agustín Ramón Rodríguez, era «pequeño, anticuado y sus tropas estaban repartidas entre las guarniciones de los barcos, la siempre segura Irlanda, la frontera escocesa y Holanda». Precisamente en la guerra de Flandes las tropas españolas vencieron con bastante sencillez varias veces a las inglesas, aliadas con los rebeldes protestantes. El Duque de Leicester demostró en la batalla de Grave, 1586, que le separaba un abismo del talento militar de Farnesio y de la efectividad de sus soldados. La veteranía de los Tercios de Flandes era algo que no se podía comprar ni entrenar a corto plazo.

Además, las tropas británicas eran poco fiables políticamente, al estar alistadas muchos católicos irlandeses (los únicos que aceptaban condiciones económicas tan malas), o eran susceptibles de corrupción, como también habían demostrado en Holanda. El país en general era poco fiable, ya que debajo de la mayoría protestante palpitaba aún una minoría católica que hubiera colaborado entusiasmada para derrocar a Isabel Tudor. Felipe II no dejaba claro en sus instrucciones si la Monarca debía ser ejecutada o si debía emplearse como reina de un gobierno títere.

A falta de efectivos profesionales, la Reina inglesa acudió a levas de milicias, mal armadas y peor entrenadas para defender la isla. Su arma más popular era todavía el arco largo inglés, enormemente popular en la Guerra de los Cien años, pero ya desfasada frente a la superioridad de los mosquetes y de los arcabuces, que los soldados castellanos manejaban con gran habilidad. A propósito de las milicias, Carlos Canales comenta en el mencionado libro: «Tenían más voluntad que capacidad real de lucha. Este hecho era perfectamente conocido por los altos mandos españoles que, sin despreciar a sus enemigos, sabían que se enfrentaban a paisanos armados sin apenas instrucción y experiencia de combate».