El castillo nipón de Nagoya reabre por completo tras 10 años de reparaciones
El castillo nipón de Nagoya reabre por completo tras 10 años de reparaciones - ABC

Segunda Guerra MundialResurge de sus cenizas un espectacular palacio japonés que EE.UU destruyó en la Segunda Guerra Mundial

Las bellas entretelas del castillo japonés de Nagoya, derruido durante los ataques norteamericanos al país nipón, vuelven a estar abiertas a todo aquel que quiera visitarlas

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El esplendoroso palacio Hommaru, edificación principal del castillo de Nagoya y víctima de los bombardeos sobre dicha ciudad nipona a finales de la II Guerra Mundial, abrió sus puertas al público el pasado viernes 8 de junio. Iniciadas en el año 2009, han sido necesarios diez años de restauraciones para devolver su apogeo a una de las más célebres reliquias de la arquitectura de Japón, designado Tesoro Nacional en 1930.

La II Guerra Mundial también se cobró víctimas de carácter artístico

Y es que el mayor conflicto bélico de la historia reciente no se cobró únicamente vidas humanas, auténticos tesoros artísticos de diversa índole fueron igualmente presas del horror y la barbarie. En el caso particular del castillo de Nagoya, víctima de los bombardeos pertrechados por las Fuerzas Aéreas del Ejército de Estados Unidos.

Según informa EFE, la reparación, acometida por el Gobierno local de Nagoya, ha tenido un coste que oscila alrededor del equivalente en yenes a 100 millones de euros y se ha basado en la apertura progresiva del palacio. Además, el proyecto ha empledo idénticos materiales y técnicas de construcción que los usados siglos atrás con el objetivo de no quedarse en la mera réplica y reedificar el palacio original, cuya construcción, fruto del mandato del shogun Tokugawa Ieyasu, finalizó en 1615 a principios del período Edo.

Fuego caído del cielo

General Curtis LeMay
General Curtis LeMay- CC

Cuando en el verano de 1944 Estados Unidos tomó las islas Marianas, el archipiélago nipón se puso a tiro. La vulnerabilidad de Tokio era evidente y a finales de ese año más de un centenar de bombarderos B-29 Superfortress, lanzados desde la base construida en Saipán (Marianas), sobrevolaron el cielo de la capital japonesa. Sin embargo, la escasez de resultados, con ataques diurnos e imprecisos debido a la elevada altura a la que se efectuaban, hizo que en marzo de 1945 se cambiase la táctica. En este virage fue clave la figura del oficial del ejército norteamericano Curtis LeMay.

El general LeMay sustituyó a su homónimo Haywood S. Hansell, oficial al frente del 21º Mando de Bombarderos, y apostó por ataques nocturnos y a baja altura (unos 3.000 metros). La nueva estrategia se enclavó en la política de bombardeos masivos sobre las ciudades que perseguía la capitulación incondicional de Japón.

Así las cosas, la noche del 9 de marzo de 1945, 334 B-29 norteamericanos cargados con bombas incendiarias de napalm AN-M47 y AN-M69 iniciaron una incursión en la bóveda oscura de Tokio. El balance de esta extremadamente mortífera ofensiva fue una cifra de civiles muertos similar a la del bombardeo atómico de Nagasaki, amén de la destrucción de una cuarta parte de los edificios dada la fragilidad de las viviendas japonesas cuyo componente mayoritario era la madera. Y no sería el último.

Un B-29 Superfortress en vuelo
Un B-29 Superfortress en vuelo - ABC

Solo tres días después, el 11 de marzo LeMay envío a los Superfortress sobre Nagoya con resultados igual de terribles: 285 bombarderos arrojaron 1.700 toneladas de bombas y provocaron centenares de incendios. El día 18 se perpetró un segundo embiste contra Nagoya que, sumado al anterior, arrasó 8 kilómetros cuadrados de su superficie. El computó gobal de ambos ataques se saldó con la mínima pérdida de dos aviones, lo que causó la complacencia de LeMay.

Las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki pondrían fin a la campaña de bombardeos intensivos

Entre ambas agresiones aéreas, las ciudades de Osaka y Kobe fueron igualmente arrasadas por los gigantescos B-29. Por su parte, Nagoya sería objeto de una nueva arremetida el 24 de marzo, poniendo fin a la primera oleada de bombardeos intensivos; cuando la segunda concluyó en junio, las seis mayores ciudades de Japón estaban devastadas y millones de japoneses se habían quedado sin hogar.

Curtis LeMay, quien se ganó el sobrenombre de «Bombardero Harris del Pacífico», creía que a finales de año no quedaría ya nada por bombardear. En cualquier caso, tal hipotética situación se evaporó cuando «Little Boy» y «Fat Man», las artefactos atómicos lanzados sobre Hiroshima y Nagasaki, provocaron la rendición irremediable de las fanáticas tropas niponas dispuestas a inmolarse hasta el fin.

Hiroshima (Japón) tras la bomba atómica
Hiroshima (Japón) tras la bomba atómica - ABC

Orígenes dinásticos

El shogun Tokugawa Ieyasu
El shogun Tokugawa Ieyasu- CC

El shogunato Tokugawa -gobierno militar central- acaudilló Japón entre 1603 y 1867 y se convirtió en el tercer y último shogunato del país asiático tras los de Kamakura y Ashikaga. Tal sistema, instaurado por el shogun Tokugawa Ieyasu, primero del clan, finalizó con la cesión del poder al Emperador Meiji por parte de Tokugawa Yoshinobu. De esta forma, la «Restauración Meiji» lograba la devolución de las competencias militares y políticas a la máxima figura del imperio ya que, durante la época de shogunatos, el emperador ostentaba únicamente la potestad religiosa.

Durante el período Edo o Tokugawa, con el propósito de mantener las cotas de poder, los Tokugawa establecieron una estructura social jerárquica y emprendieron una línea aislacionista y centralizadora, decretando la expulsión de extranjeros para cortar de raíz cualquier tipo de influencia externa. También se valieron de la influencia de las instituciones budistas, de modo que entre los represaliados por este maremagnum cuasi dictatorial se encontraron, entre otros, aquellos que profesaban la religión católica.

El palacio Hommaru nació a la par que la dinastía Tokugawa, comparte una coetaneidad temporal, pero su sublimidad estética contrasta con un trayecto histórico de cerrazón y lobreguez. Pueden dar fe de ello los miles de cristianos que contemplaron la profanación de sus símbolos y templos enclavada en una persecución que llevó a muchos de ellos a la hoguera.