Tropas británicas avanzan por el campo de El Alamein. - ABC

El secreto más incómodo de la II Guerra Mundial: los aliados también iban «colocados» con anfetaminas

Lejos del mito de que los alemanes fueron los únicos en valerse de drogas en la Segunda Guerra Mundial, el caso británico o el norteamericano ilustra cuánto ha blanqueado el cine y la literatura este conflicto

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Los nazis fueron los primeros en investigar el uso de la anfetamina, «el speed», con finalidades militares y en emplearlo de forma masiva. De hecho, la invasión de Polonia terminó convertida en un gran experimento de campo sobre su uso. Esta sustancia psicoactiva, llamada pervitina, potenciaba la atención, suprimía el apetito y transmitía en general una prolongada sensación de bienestar. De tal modo, que los soldados de la Luftwaffe y los conductores de los tanques de la Blitzkrieg parecían no cansarse nunca ni necesitar dormir o comer. Flotaban sobre el campo de batalla. No obstante, la doctrina nazi, que consideraba cualquier sustancia psicoactiva como un veneno embriagador, supuso un escollo para el uso de la pervitina, que a finales de la guerra limitó algo su distribución.

No ocurrió así por parte de otros ejércitos como el británico o el finlandés, que alcanzaron una cantidad igual de extrema en el consumo de anfetamina.

Los nazis abren la veda

Aunque ya se conocía esta sustancia desde el siglo XIX, fue el químico Gordon Alles el que dio con los asombrosos efectos de la anfetamina en el verano de 1928. Como explica Lukasz Kamienski en su libro «Las drogas en la guerra» (Crítica), el químico probó en sus carnes una sustancia llamada «beta-fenilisopropilamina» que le mantuvo toda la noche despierto con la cabeza bullendo pensamientos a mil por horas. Este medicamento derivó en el inhalador Benzedrine para la congestión, así como en otras aplicaciones contra el asma, la rinitis, la enfermedad de Parkinson, el hipo crónico, etc. Era cuestión de tiempo que las fuerzas armadas recogieran el guante.

En 1938, los nazis comenzaron sus investigaciones. La farmacología utilizada en la guerra fue tan revolucionaria en materia militarcomo los tanques, los aviones o la extraordinaria velocidad táctica de los alemanes. En Polonia, los nazis asombraron al mundo por su potencial militar.

Las consecuencias de este abuso se dejaron sentir entre las tropas, que se apagaban en su entusiasmo con la misma velocidad con la que se encendían

La Wehrmacht fue el primer ejército que se «colocó» de meta en la historia gracias a la pervitina de tres milímetros, una versión primitiva de lo que hoy se conoce como cristal, fabricada por la empresa berlinesa Temmler-Werke. Solo en el tiempo que duró la conquista de los Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo y Francia, los soldados alemanes recibieron más de 35 millones de pastillas de pervitina y una versión modificada llamada Isophan. Las consecuencias de este abuso se dejaron sentir entre las tropas, que se apagaban en su entusiasmo con la misma velocidad con la que se encendían. Además de graves problemas de salud, la metanfetamina provocó actitudes violentas y actos de indisciplina hacia los superiores.

Los informes sobre estas contraindicaciones redujeron radicalmente el consumo a partir de diciembre de 1940, de 12,4 millones de pastillas al mes se pasó a solo 1,2 millones. Una cifra destinada más a tropas de élite que a un empleo masivo.

La limitación se debió en parte a los informes negativos del líder de Salud del Reich, Leonardo Conti, que señalaban que combatir la fatiga con esta droga resultaba perjudicial a largo plazo para el Ejército. recomendaba, en cambio, que se aplicara la misma normativa que con el opio. Una postura de médico responsable que se echó de menos en otros países, aunque, a decir verdad, tampoco en Alemania se pudo frenar por completo el consumo. Entre otras cosas, porque Hitler era el primer partidario de las anfetaminas, así como un drogadicto consumado.

Entre 250 y 500 millones de pastillas en EE.UU

Lejos del mito de que los alemanes fueron los únicos en valerse de drogas en la Segunda Guerra Mundial, el caso británico o el norteamericano ilustran cuánto ha idealizado el cine y la literatura este conflicto. Todo empezó cuando los británicos hallaron unas misteriosas pastillas en posesión de unos pilotos de la Luftwaffe abatidos durante los bombardeos a las islas. El célebre fisiólogo Henry Dale se encargó de investigar su naturaleza y estudiar si podría imitarse sus efectos con fármacos británicos.

Mientrs los nazis disminuían la distribución de «speed», las fuerzas armadas británicas aprobaron su uso como remedio contra la fatiga, sobre todo para los pilotos que debían realizar maratonianas jornadas de patrullas a lo largo del Atlántico. De hecho, las tabletas con cinco miligramos de bencedrina repartidas por la RAF (La Royal Air Force) ya venían usándose por los pilotos por propia iniciativa tiempo atrás.

A lo largo de todo el conflicto, las fuerzas británicas consumieron, según las cifras recogidas en el libro «Las drogas en la guerra», 72 millones de pastillas de bencedrina. Sin tiempo de conocer los efectos nocivos de esta droga, Gran Bretaña recorrió a ella de forma masiva para la guerra en África. En la batalla de El Alamein, el general Bernard Montgomery puso en esta droga sus esperanzas de vencer al implacable Erwin Rommel. Antes del ataque inicial, el 23 de octubre de 1942, distribuyó 100.000 comprimidos de bencedrina. El resultado fue una gran victoria sobre los alemanes, aunque resulte imposible conocer cuánta incidencia tuvo la droga en el rendimiento de las tropas.

Los soldados de EE.UU colocan la bandera de su país en Iwo Jima
Los soldados de EE.UU colocan la bandera de su país en Iwo Jima-AP Photo

EE.UU siguió el ejemplo de Gran Bretaña. En 1942, las fuerzas aéreas adquirieron grandes cantidades de bencedrina a la empresa Smith, Kline & French. Los pilotos de las fortalezas volantes que eran los B-29 se ayudaron de la benzedrina para sus largas misiones con las que bombardeaban Alemania y Japón. Al año siguiente comenzó la distribución entre las fuerzas terrestres, que apodaron popularmente «benni» a la bencedrina. Las cifras totales consumidas oscilan entre los 250 millones y los 500, según el autor consultado.

Incluso en la literatura y en el cine se han colado referentes a estas drogas. Lukasz Kamienski apunta un par de ejemplos que reflejan el consumo de «bennies, entre ellas «Decisión al amanecer» (1951) o la novela «Criptonomicón» (1999).

Su distribución fue especialmente clave en el Pacífico, donde la lucha contra los soldados suicidas de Japón solo podía ser contrarrestada a través de algo que neutralizara de forma artificial el miedo. En este sentido, muchos de los kamikazes nipones también estaban colocados de anfetamina y opio cuando realizaron estas actividades temerarias. Japón distribuyó todo tipo de estupefacientes entre las tropas.

Fieles al vodka en su derrota frente a Finlandia

La URSS fue la única de las grandes potencias que se abstuvo de entrar en esta guerra farmacológica. Se mantuvieron fieles a la valeriana y el vodka, excepcionalmente a la cocaína, que también los evadía de la brutalidad de la guerra. Más que por la incapacidad de fabricar estas drogas, lo cual también influía, no recurrieron al «speed» porque, como explica Kamienski, los tanques de combate eran infinitamente más valiosos que las vidas humanas. Las drogas eran demasiado caras... Stalin suplió la mala equipación y adiestramiento de sus hombres a base de ingentes cantidades de combatientes: la masa interminable de soldados fue su mejor baza en la guerra.

Paradójicamente, al Ejército Rojo le tocó la tarea de enfrentarse al país en el que más penetración tuvo la anfetamina después de EE.UU y Alemania: la fría y hostil Finlandia. Con solo 4 millones de habitantes, Finlandia era en fechas anteriores a la guerra el país con mayor consumo legal, y medicinal, de heroína por cápita. Un terreno abonado a todo tipo de sustancias estupefacientes del que las tropas finlandesas sabrían sacar partido durante la Segunda Guerra Mundial.

Stalin invadió el «inofensivo» país en noviembre de 1939, con la idea puesta en que se trataría más de una operación policial a gran escala que de una guerra convencional, a tenor de su debilidad militar. En sus cálculos se olvidó de varias cuestiones.

Tropas finlandesas durante los combates. con los rusos
Tropas finlandesas durante los combates. con los rusos

Los soviéticos no estaban en condiciones de luchar en un frío tan extremo (el peor invierno desde 1828), pero sobre todo se toparon con un oponente terrible. Los 270.000 soldados rusos muertos y los tres meses y medio que tardó la URSS en completar la operación despertaron a Stalin de su error.

El ejército finlandés se valió de toda clase de tácticas de guerrilla para luchar, así como de tabletas de heroína, morfina y opio. La heroína se empleó en grandes cantidades para combatir el frío y las infecciones. Fue una suerte de milagro que, a finales de la guerra, el porcentaje de soldados que desarrollaran dependencia no alcanzara cifras de emergencia sanitaria.

Cuando se reanudó la guerra contra Rusia, en 1941, las fuerzas armadas finlandesas distribuyeron 250 millones de tabletas de heroína y morfina. Ahora sí, también incorporaron la metanfetamina. Aliados a partir de 1941 con los nazis, el gobierno finlandés adquirió del Tercer Reich 850.000 tabletas de pervitina para repartir entre sus unidades especiales.

Un testigo de los efectos de la anfetamina, Pauli Savinainen, observó que cuando una unidad de élite abría surcos en pista para hacerla esquiable, era recomendable que solo tomara pervitina el esquiador de cabeza, ante el riesgo de que algunos soldados drogados comenzaran una carrera por ver quién llegaba primero. Tener soldados «colocados» entre sus filas planteaba serios problemas.