Retrato idealizado del adelantadado Sebastián de Benalcázar - Vídeo: Pizarro, el conquistador con fama de sanguinario que protegió a los indígenas

Sebastián de Benalcázar, el conquistador olvidado que se negó tres veces a traicionar al Rey de España

Al asesinato de Francisco Pizarro a manos del hijo de Diego de Almagro, ahijado de Benalcázar, el cordobés evitó tomar partido y se centró en la búsqueda del Dorado y del País de la Canela

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No es casualidad que los conquistadores españoles nacieran en su mayoría en territorios de frontera. Era necesaria una pasta muy especial para enfrentarse a las privaciones y obstáculos que se encontraron una vez profundizaron en el Nuevo Continente. La cultura de la resistencia extrema, el saber negociar con el «Otro» o la vocación militar, que se requerían a los habitantes de Extremadura o Andalucía, daba lugar a conquistadores de hierro. Es el caso de Sebastián de Benalcázar, nacido probablemente en Córdoba hacia 1490, soldado en Panamá, Nicaragua y Perú, además de descubridor y conquistador de Quito y gobernador de Popayán.

Si bien la mayor parte de la juventud de este ilustre cordobés es desconocida, las crónicas más literarias narran que decidió huir a corta edad cuando su burro falleció y, temiendo una paliza de su padre, deambuló por Andalucía hasta terminar en Sevilla. Allí se enroló, como tarde o temprano hacían todos los aventureros de la ciudad, camino a las Indias en 1507. Al otro lado del charco, su nombre empezó a sonar de la mano del polémico gobernador Pedrarias, el hombre que forzara la ejecución de Núñez de Balboa, y participó en la fundación de Panamá y en la gran expedición de Gaspar de Espinosa a la península de Azuero. Con este capitán entabló una sólida amistad, al igual que con Francisco Pizarro y con Diego de Almagro, dos aventureros que estuvieron años tratando de alcanzar una tierra maravillosa llamada Perú, hasta entonces más una leyenda que una realidad.

«Hombre mediano, pero bien compuesto»

A la muerte de Pedrarias Dávila a los 91 años, gobernador de Nicaragua, el cordobés aguardaba la esperanza de sucederle. Llevaba años apagando incendios para el gobernador, idas y venidas por Centroamérica sin recompensa, de modo que la designación de otro para el cargo cayó como un peso muerto sobre Benalcázar. «Hombre mediano, pero bien compuesto, y algunas veces de severo gesto»; el cordobés brillaba más por sus cualidades militares que como gestor. O al menos así le veía la Corona.

En la entrada que Manuel Lucena Salmoral le dedica en el Diccionario Biográfico de la Real Academia de Historia, se incide en la escasa formación de este «penitente soñador», «pueblerino», «un hombre muy burdo que no tuvo trato con letrados, ni con hombres educados. Su bajo origen campesino le llevó incluso a rehuir el trato de mujeres españolas, posiblemente por no saber galantearlas».

Decepcionado por los años perdidos en Centroamérica, vendió sus pertenencias en Nicaragua, compró dos barcos y reclutó 60 hombre para dirigirse al Perú por invitación de Pizarro. Llegó a tiempo de participar en el combate de Cajamarca, el viernes 15 de noviembre de 1532, cuando un reducido grupo de españoles se enfrentó y venció al gigantesco ejército del Inca Atahualpa. Sebastián de Benalcázar podría haber vivido con el botín obtenido en esta campaña cómodamente en España o en las nuevas ciudades fundadas por Pizarro en Perú. No obstante, el enfermizo afán por más aventura condenó al conquistador a una interminable vida de glorias y sombras.

Estatua de Belalcázar en Cali, Colombia.
Estatua de Belalcázar en Cali, Colombia.

Benalcázar, analfabeto y maleable, se dejó guiar por su viejo amigo el licenciado Gaspar de Espinosa en su búsqueda de más oro al norte del Perú. De este modo, empleó tropas enviadas por Pizarro a San Miguel para tomar Quito en contra de las órdenes del conquistador del Perú. En febrero de 1534, partió el cordobés al frente de 200 hombres hacia allí, si bien paró antes en la actual Cuenca para reforzar sus tropas con soldados Cañaris, un pueblo aliado con los españoles. Los cañaris resultarían decisivos para vencer al numeroso ejército que aún sobrevivía del recientemente fallecido Atahualpa. Quito era ya el último refugio del estamento militar de los incas.

Rumiñahui, uno de los mejores comandantes del Inca ejecutado, preparó una emboscada con 30.000 hombres a modo de recibimiento de las tropas de Benalcázar. Sin embargo, al llegar la noche un local avisó a los españoles de la trampa y se ofreció a guiarlos para que fueran ellos quienes dieran la sorpresa. Benalcázar pudo hacerse con 40.000 llamas y buena parte de los suministros de campaña de su enemigo gracias al guía.

No en vano, el hostigamiento y las trampas acompañaron al ejército español en su avance, lento pero implacable, hasta que Rumiñahui presentó la última y desesperada defensa de Quito. Sus mejores flecheros y honderos se interpusieron a 20 kilómetros de la ciudad, rentirándose cuando la caballería europea hizo aparición.

Benalcázar, por su parte, logró legalizar su situación y quedar como teniente del gobernador Francisco Pizarro en Quito

Una vez en Quito, el 24 de mayo, los españoles quedaron decepcionados al ver que los incas habían incendiado la ciudad, desalojado a la familia de Atahualpa y saqueado el oro de todas las estancias. Tras resistir un contraataque en la misma noche que entraron, los españoles se hicieron fuerte en Quito y los alrededores y, eliminado el enemigo, se inventaron uno propio al puro estilo ibérico…

Cuando Pedro de Alvarado, uno de los capitanes de Hernán Cortés, reclamó que Quito estaba en su demarcación real, Benalcázar hizo fuerza con Diego de Almagro para expulsar al recién llegado. Almagro se reunió con Alvarado y le hizo entrar en razón, evitando el choque militar entre españoles. El adelantado accedió a venderle su armada y a que sus soldados se pasaran a las filas del manchego. Benalcázar, por su parte, logró legalizar su situación y quedar como teniente del gobernador Francisco Pizarro en Quito, un territorio que se encargó de pacificar en los siguientes años.

El Dorado y otros mitos brillantes

Tras esta conquista, Sebastián de Benalcázar tuvo noticia de una tierra más al norte llamada Cundinamarca, donde los reyes eran cubiertos con oro en polvo por puro placer. «Desnudaban al heredero y lo untaban con una liga pegajosa, y lo rociaban con oro en polvo, de manera que iba todo cubierto de este metal», escribió el cronista Juan Rodríguez Freyle sobre el mito que corrió febril entre los conquistadores españoles. O al menos en la mente del cordobés, de Nicolás de Federmann, de Jiménez de Quesada y otros muchos, que se vieron envueltos en la persecución de este particular San Grial para los españoles.

De aquella búsqueda la mayoría volvió con las manos vacías, si bien el veterano Benalcázar obtuvo de su exploración, en marzo de 1540, el nombramiento de mariscal, capitán general y gobernador de Popayán, en medio del continente. No habría oro fácil que rascar, pero sí un territorio que gobernar.

Batalla de Iñaquito y muerte del virrey Blasco Núñez Vela (18 de enero de 1546).
Batalla de Iñaquito y muerte del virrey Blasco Núñez Vela (18 de enero de 1546).

Al asesinato de Francisco Pizarro a manos del hijo de Diego de Almagro, ahijado de Benalcázar, el cordobés evitó tomar partido y se centró en su gobierno. De aquella guerra civil pudo escaparse, pero no de la siguiente. No cuando Gonzalo Pizarro, una vez vencidos los almagristas, se enfrentó al nuevo virrey Cristóbal Vaca de Castro, el hombre enviado desde España para reducir el poder de los encomenderos y de las grandes familias de conquistadores. En un contexto de persecución a los grandes terratenientes, el hermano menor de Pizarro, Gonzalo, abandonó su retiro en Charcas para encabezar la Gran Rebelión de Encomenderos, en 1544, contra la Corona española en protesta por la dación de las Leyes Nuevas.

Al ver la envergadura del desafío, Núñez Vela se refugió en Quito, desde donde pidió ayuda a Benalcázar, quien, a pesar de haber recibido una carta de Pizarro instando a matar al virrey, volvió a mantenerse fiel a la Corona. El 18 de enero de 1545, el virrey y Benalcázar, al mando del ala izquierda, cayeron sobre Lima a apagar la rebelión. Gonzalo Pizarro orquestó una emboscada a la entrada de la ciudad fundada por su hermano mayor y barrió del mapa a las tropas realistas. El cordobés fue herido en un brazo por el disparo de un arcabuz, mientras que Núñez murió como consecuencia de un hachazo en el morrión.

El menor de los Pizarro, que ya tramaba casarse con su sobrina y proclamarse Rey del Perú, no solo le perdonó la vida a Benalcázar, sino que le permitió seguir al mando de su gobernación.

La verdadera traición

La excesiva clemencia de Pizarro hacia Benalcázar provocó la desconfianza inicial del nuevo hombre enviado desde España a «pacificar» el Perú, esto es, Pedro de la Gasca. Así y todo, otra vez se impuso en primera instancia el pragmatismo. La Gasca necesitaba todos los hombres armados disponibles del continente y permitió al experimentado Benalcázar unirse a su campaña contra Pizarro. El cordobés luchó con el bando realista el 9 de abril de 1548, en la batalla de Jaquijahuana, donde Gonzalo fue capturado y al día siguiente asesinado.

«Estoy muy viejo y cansado. Indios yo no los tengo, por haberlo mandado V.M»

Una sincera y reiterada lealtad hacia la Corona que no fue muestra suficiente para Pedro de la Gasca, quien insistió en realizar a Benalcázar un juicio de residencia para determinar si había sido fiel o no a la Corona. Un juicio que llegó en el peor momento para el conquistador, que en un memorial escrito al Rey reconoció lo precario de su economía y de su salud: «Estoy muy viejo y cansado. Indios yo no los tengo, por haberlo mandado V.M. El salario que se me da, no me puede sustentar, por ser los precios de los mantenimientos y cosas necesarias en esta tierra excesivos».

Sin atender a los hechos sino a los rumores, un juez le condenó in absentia a la pena de muerte por delitos que iban desde haber robado parte del oro destinado al Rey como de haber ejecutado a uno de sus subordinados. Falleció poco después, en el año 1551, en la ciudad de Cartagena de Indias, cuando trataba de apelar la decisión del tribunal. Su testamento confirmó que, en efecto, tenía más deudas que patrimonio.