Vídeo: Blas de Lezo, el militar tuerto y cojo que ha pasado a la Historia de la navegación

La mentira pueril que detonó la guerra en la que Blas de Lezo aplastó a los ingleses

Nunca quedó claro si Robert Jenkins perdió su oreja a manos del capitán español o en una de las muchas reyertas en las tabernas de Jamaica. Incluso se sospecha que el contrabandista conservaba ambas orejas cuando falleció

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En 1732, el barco inglés Rebeca fue apresado por un guardacosta español llamado Juan León Fandiño, que no contento con confiscar el buque y la carga, cortó una oreja a su capitán al tiempo que le decía: «Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve». El contrabandista, Robert Jenkins, conservó supuestamente la oreja cercenada en un frasco, que mostró ante la Cámara de los Comunes seis años después como la prueba de la crueldad de los españoles.

Nunca quedó claro si Robert Jenkins perdió su oreja a manos del capitán español o en una de las muchas reyertas en las tabernas de Jamaica. Incluso se sospecha que el contrabandista conservaba ambas orejas cuando falleció, como aseguró el propio primer ministro Robert Walpole. Y es que la conocida como Guerra de la Oreja de Jenkins o del Asiento, entre Inglaterra y el Imperio español, pesó en la conciencia de Walpole durante mucho tiempo debido a las consecuencias funestas y a que no fue una decisión propia. El primer ministro se vio obligado a declarar la guerra a España presionado por la oposición tory, el testimonio de Jenkins en la Cámara de los Comunes y las amenazas de la compañía South Sea Company.

Las heridas de Utrecht

Más allá de la anécdota de la oreja extraviada, las verdaderas razones de la guerra entre ambos países fueron económicas. Gran Bretaña anhelaba entrar en los comercios de los grandes virreinatos españoles en América desde el siglo XVII, lo cual logró parcialmente a raíz del Tratado de Utrecht (1715) que cerró la Guerra de Sucesión española. Este tratado reconoció una serie de beneficios comerciales a Gran Bretaña, además de la ocupación de Gibraltar y Menorca, entre ellos la concesión del navío de permiso (el derecho a enviar una vez al año a la América española un navío de 500 tonelada para comerciar libremente en ella) y el asiento de negros (derecho a los negreros para «guardar y refrescar» en Río de la Plata a los negros antes de venderlos). La South Sea Company, la empresa privada que más se benefició con ambos permisos, aprovechó estas licencias para incentivar el contrabando. Algunas naves mercantes, con el pretexto de avería o riesgo de naufragio, lograron colocar sus mercancías en los puertos novohispánicos.

Grabado publicado en la prensa británica en 1738, en el que se llama a la guerra
Grabado publicado en la prensa británica en 1738, en el que se llama a la guerra

Jenkins fue uno de los muchos contrabandistas y corsarios británicos que desde Jamaica incordiaron el comercio transatlántico de España con el beneplácito de la Corona inglesa. Frente a estos abusos, emergieron los guardacostas españoles, que eran barcos particulares que patrullaban en busca de mercantes sobre los que España ejercía el derecho de visita y, si encontraban mercancía de contrabando, podía confiscar la carga.

Claro está, que cada presa provocó una airada reclamación diplomática de Gran Bretaña. A partir de 1737, las disputas diplomáticas adquirieron un nuevo tono, acusando a los guardacostas españoles de depredadores. Los comerciantes y artesanos exigían el final del monopolio español en América, aunque para ello hubiera que emplear las armas. Finalmente, el liberal Walpole complació a la opinión pública, conmovida por el testimonio magnificado por la prensa de Jenkins, y declaró la guerra a España el 30 de octubre de 1739. Al borde de que caducaran las ventajas comerciales de Utrecht, la South Sea Company asintió contenta con la cabeza.

El objetivo de Gran Bretaña era claro: perjudicar a los intereses comerciales del Imperio español hasta que accediera a finiquitar el monopolio comercial. Con este objetivo, los británicos enviaron una escuadra al Pacífico y otra al Caribe. La del Caribe, al mando de Edward Vernon, enemigo político de Walpole, hostigó varios puertos españoles hasta que a finales de año tomó Portobelo con solo seis barcos. La facilidad de su conquista animó al recalcitrante Vernon a atacar Cartagena de Indias, la «Llave de la América española». Entre los meses de marzo y mayo de 1741 intentó hacerse con el puerto español, pero gracias al genio militar de Blas de Lezo, teniente general de la Armada, fracasó la mayor flota que hasta entonces había cruzado el Atlántico.

El tratado que devolvió las cosas a su origen

A la derrota en Cartagena de Indias le siguieron operaciones de menor importancia en el Caribe, a excepción de los ataques a La Guayra por la escuadra de Knowles y Puerto Cabello por la de Brown, en marzo y abril de 1743. No en vano, ninguno de los dos bandos, obtuvieron victorias decisivas en este teatro de operaciones más allá del fracaso de Vernon, que de vuelta a Londres incluso fue recompensado por su papel. Caso aparte fue el del Pacífico, donde una escuadra británica al mando de George Anson campó a sus anchas por el otrora Lago español. Todas las plazas y arsenales se encontraban indefensos, desabastecidos y desorganizados, con una preocupante cantidad de corruptos al mando de tropas desidiosas. Capturó el fuerte de Paita, tomó el galeón de Manila y en 1744 regresó a Londres cruzando el Cabo de Buena Esperanza. La propaganda británica se encargó de dibujar su odisea como una operación heroica.

La contienda sirvió para convencer a España de la imposibilidad de mantener a largo plazo el monopolio comercial

La paz a esta guerra tan costosa para ambos bandos se firmó mediante el Tratado de Aquisgrán en 1748. El Imperio español quedó como el vencedor, si se tiene en cuenta que prácticamente todas las tierras conquistadas retomaron a quienes las gobernaban antes de la guerra, es decir, se restableció el statu quo previo. Además, la Armada española demostró que incluso en inferioridad numérica podía defender su territorio americano. La de Cartagena de Indias está considerada la mayor derrota en la historia de la Royal Navy.

En todo caso, la contienda sirvió para convencer a España de la imposibilidad de mantener a largo plazo el monopolio comercial. Gran Bretaña logró mejorar las condiciones para sus comerciantes y que, al fin, en el seno del Imperio español se debatiera sobre la conveniencia del libre comercio.

Por su parte, a Jenkins se le concedió a modo de indemnización el mando sobre un barco de la Compañía Británica de las Indias Orientales y, más tarde, se convirtió en supervisor de los asuntos de dicha compañía en la isla de Santa Helena. En 1741 investigó en esta isla las denuncias sobre corrupción que recaían sobre el gobernador, a quien relevó desde mayo de 1741 a marzo de 1742.