Llorenç Vitrià en la década de 1920, cuando era una de las grandes promesas del boxeo español - ESTUDIO VILASECA

Llorenç Vitrià, el boxeador español que «tiró la toalla» en Mauthausen

Este púgil español que con solo 16 años participó en los Juegos de París de 1924, acabó suicidándose en el famoso campo de concentración nazi

MADRIDActualizado:

París, 23 de julio de 1924. Cuando Llorenç Vitrià apareció sobre el ring instalado en el famoso Velódromo de Invierno, popularmente conocido como «Vel d'hiv», la mayoría de los espectadores reaccionaron de la misma forma: «¡A qué viene aquí ese mocoso!». Los aficionados al boxeo no entendían cómo aquel escuálido y desconocido púgil español, que era menor de edad, había conseguido clasificarse para los Juegos Olímpicos. «Nadie esperaba que pasara de las eliminatorias. Con poco más de 16 años y poquísimo cuerpo, se sabía que no podría hacer nada contra los pesos mosca que se presentan al torneo», escribía el corresponsal del diario «Excelsior».

Vitrià vivía sus días de mayor gloria como el primer boxeador catalán que conseguía competir en unos Juegos Olímpicos, a una edad en la que la mayoría de los chicos no habían salido de su pueblo. Por allí estaba también Johnny Weissmüller forjando su leyenda, con aquellas cuatro medallas de oro en natación que le abririeron las puertas de Hollywood para interpretar a Tarzán. Nuestro protagonista, sin embargo, acudió a aquella cita convencido de que iba a vivir el combate más duro de su vida contra el canadiense Jock MacGregor, un púgil que le doblaba la edad y las espaldas. Pero se equivocaba. La vida le depararía golpes mucho peores, golpes que no podría parar, que le llevarían a tirar la toalla hasta desear la muerte antes que seguir encajándolos. En un «ring», eso sí, muy diferente a aquel: el campo de concentración de Mauthausen.

Había nacido el 2 de febrero de 1908 en Barcelona, durante el Gobierno conservador de Antonio Maura. Una época convulsa dominada por las huelgas violentas, en la que debió forjar su carácter fuerte y competitivo. A pesar de sus malas condiciones físicas, pronto comenzó a despuntar en el boxeo, en unos años en los que este deporte estaba prohibido. A pesar de ello, se celebraban veladas secretas en Madrid y Barcelona con la connivencia de las autoridades. Y los combates clandestinos experimentaron un auge tan importante en la Ciudad Condal, que las autoridades se vieron obligadas a legalizarlos de nuevo en 1922.

Por allí andaba breándose el joven Vitrà en la categoría de peso mosca, hasta que un año después se convirtió en campeón de Cataluña, primero, y de España, después. Acababa de cumplir 16 años. «Es el mejor amateur del presente y del pasado campeonato», aseguraba la prensa, que hablaba de él como una de las mayores promesas que había dado el deporte español hasta entonces. Con esas credenciales, y a pesar de su edad, se ganó una plaza para la cita olímpica de París. «¡A qué viene aquí este mocoso!», insistían.

El Robo

Sobre el cuadrilátero, toda la prensa española y extranjera coincidió en que Vitrià pasó por encima del poderoso McGregor en el único combate que disputó y que, sorprendentemente, le dieron por perdido. Incluso hablaban de robo: «El español empezó a sacar todo el repertorio de boxeo clásico que atesora y jugó con su adversario como quiso. ¡Qué barbaridad de puntos marcó el pequeño púgil! Esquivar, esquivó como una ardilla, y al final de los rounds, el entusiasmado público se prodigó en aplausos», aseguraba la crónica de «El Sol», que añadía: «No se dudaba del vencedor cuando se cometió en la decisión una de las iniquidades más grandes que yo he visto en un ring. La decisión a favor del canadiense fue un atropello. Y el público, que se dio cuenta, armó un escándalo formidable que duró todo el combate siguiente. Y toda la noche no se hicieron más que protestas continuadas». Mientras que El Imparcial» calificó de «inexplicable» la victoria de canadiense: «El público se hacía cruces con la manera de boxear de nuestro representante, de su rapidez, de su capacidad para esquivar, de su ciencia, tocando en cada momento, y como quería, a su adversario. Todo el público, con absoluta unanimidad, ovacionó al insignificante Vitrià, el boxeador de menos edad y menos peso que pasó por el Vel d'hiv».

Tras su exhibición en los Juegos de París, Vitrià se hizo profesional. Las crónicas de sus combates eran reseñadas asiduamente por ABC, que hablaba de él como «el excampeón olímpico que gustaba al público por su juego fino, limpio y correcto». Tras diez años de exitosa carrera profesional, el boxeador catalán fue perdiendo sus último combates. En 1932 este periódico daba cuenta de su derrota frente a Carlos Flix. La última crónica en la que aparece Vitrià es del 20 de diciembre de 1934. La publicó el «Heraldo de Madrid» con motivo de su enfrentamiento contra Eugenio Arlandis. Un artículo que bien podría tomarse como la metáfora de lo que sería su vida a partir de entonces: una sucesión de golpes hasta la rendición final. «El combate ha durado apenas diez o doce segundos, pues al iniciar el primer asalto, Arlandis ha colocado un formidable crochet a Vitrià que le ha tirado al suelo. Al levantarse bajo los efectos del golpe, otro ataque de su contrincante le ha hecho caer de nuevo. Al intentar reanudar la pelea, los cuidadores de Vitrià, al ver su estado, han tirado la esponja en señal de abandono».

La barbarie nazi

Su vida no volvió a ser lo mismo una vez iniciada la Guerra Civil, donde tuvo que combatir del lado republicano. Cuando Franco hizo su entrada triunfal en Barcelona en 1939, Vitrià fue a parar al campo de refugiados de Les Alliers. El 20 de agosto de 1940, poco después de que Hitler invadiera Francia, fue trasladado en el famoso «Convoy de los 927» –en referencia al número de deportados que lo componían– al campode concentración de Mauthausen. Nuestro boxeador tenía entonces 32 años. Con él se quedó aproximadamente la mitad del tren (470), todos hombres y muchachos mayores de 14 años. Las mujeres y los niños por debajo de esa edad (457) continuaron el viaje hasta la frontera de Hendaya, donde fueron entregados a la policía franquista y devueltos a España.

Vitrià ingresó con el número 4074 en Gusen, un campo satélite que formaba parte del complejo de Mauthausen. Según los testimonios de algunos supervivientes, era el lugar donde acababan los prisioneros que habían dejado de ser útiles en las canteras, con el objetivo de ser eliminados a mayor velocidad. Se convirtió en un auténtico cementerio de españoles. Tal era el horror que allí se vivía que, según cuenta el historiador Carlos Hernández de Miguel en «Los últimos españoles de Mauthausen: La historia de nuestros deportados, sus verdugos y sus cómplices», el suicidio era la única salida.

Ese fue el caso, por ejemplo, de Narcís Galí, que aguantó sólo unos meses hasta que decidió acabar con su vida ante los horrorizados ojos de su amigo Pere: «Acostumbrado a la libertad, no quiso someterse al hambre, a los golpes, al trabajo agotador y a vivir en manada. Escogió el tren de las tres de la tarde y, al verlo venir, salió corriendo hacía él. La máquina no destrozó su cuerpo de atleta, porque la bala que le había disparado el centinela con su fusil llegó antes», relata este.

En este libro, el prisionero Antonio García Barón cuenta, incluso, cómo se convirtió en colaborador necesario de algunos de los suicidas. «Yo tenía un correa de dos hebillas que le había quitado a un cadáver. Los suicidas me la pedían prestada para ahorcarse. Se subían al banquillo, se ajustaban el cinturón italiano, después le daban un golpe misericordioso al banquillo y adiós a la vida. Yo descolgaba a los muertos, les devolvía la lengua a la boca, les cerraba los ojos y recuperaba la correa».

Derrotado y deprimido

Uno de los pocos supervivientes españoles de aquel infierno, José Alcubierre, contaba en 2010 a la revista «Magazine» que cuando llegó a Mauthausen con su padre –que murió allí de los golpes recibidos por parte de tres cabos polacos ansiosos de sangre– conoció a personalidades españolas tan importantes como el futbolista Saturnino Navazo, el conocido militante del Partido Comunista Pepe Perlado y el mismo Vitrià, a quien sus compañeros todavía llamaban «la maravilla del ring». Por el libro «Los catalanes en los campos nazis», de Montserrat Roig, sabemos que allí también fallecieron otros boxeadores, como Joan Tosca Blanch, o el campeón de lucha grecorromana Dídac Lozano Ribera. Ni el más fuerte de los deportistas soportaba aquel infierno.

En aquellos días, nuestro joven representante olímpico no era ni una sombra de lo que había sido. Se encontraba absolutamente deprimido y abandonado desde que fue internado en el Campo de Les Alliers, donde intercambiaba la poca comida que caía en sus manos por cigarrillos. Pero fue en Gusen donde tiró finalmente la toalla por última vez, cansado, enfermo y, sobre todo, derrotado por el horror que debió experimentar en un campo de concentración como aquel, que se encontraba a pleno rendimiento.

El 18 de junio de 1941, con 33 años, se arrojaba contra la valla electrificada del campo. «A Llorenç Vitrià, la maravilla del ring», puede leerse en la foto que hay en el museo de Mauthausen, con una dedicatoria de sus sobrinos. Un año después de su suicidio, el 16 de julio de 1942, los nazis llevaban a cabo en París la «Redada de Vel d'hiv», encerrando en el velódromo donde nuestro protagonista se había enfrentado a McGregor, 18 años antes, a más de 7.000 judíos. Sobre el lugar donde antaño se situó el cuadrilátero, y donde Vitrià vivió su mayores días de gloria, tuvieron que subsistir durante cinco días sin comida ni agua los detenidos, y el que intentaba huir era fusilado inmediatamente. Entre ellos había unos 4.000 niños que fueron enviados directamente a la muerte en las cámaras de gas de Auschwitz.