Lillie Langtry
Lillie Langtry - ABC

Lillie Langtry, la mujer a la que resucitó Oscar Wilde

Conocida por sus escándalos amorosos con la realeza, se convirtió sin embargo en una deidad para la puritana sociedad victoriana

MadridActualizado:

Emilie Charlotte Le Breton vino al mundo dos veces. Primero saldría del vientre de su madre en 1853; después renacería como Lillie Langtry o «Jersey Lillie», tras ser retratada por el pintor John Everett Millais. No obstante, su naturaleza enamoradiza y el alma del Rey Eduardo VII hecha jirones se convertirían en motivo de repudio por la alta sociedad británica. A pesar de su muerte social, el voraz escritor Oscar Wilde -su mesiánico amigo- impulsaría su resurrección a través del teatro.

Lillie sentía ansias por devorar el mundo. De esta manera, haría uso de su arrebatada juventud para enfrascarse en una vida de deseos y rodeada de todo el afecto. Sin embargo, nunca se sabrá a quien amó realmente Lillie. Quizás en ese intento de huir del dolor causado por el abandono de una madre, se casaría por impulso con un pobre diablo irlandés.

Los días tristes y nostálgicos de su matrimonio llegaron a su fin cuando las más altas esferas británicas fueron testigos de su belleza. De esta manera, Lillie Langtry comenzaría un peligroso naufragio en su vida de señora para desafiar al sofocante puritanismo inglés.

Su personalidad causó mucha controversia durante la época victoriana; incluso a día de hoy la que fuera amante del Rey Eduardo VII sigue causando desconcierto pues su presencia era digna tanto de asombro como de recelo; pues a donde quiera que fuese, el mundo era suyo.

El exotismo de Lillie fue entretejido cuidadosamente por sus íntimos amigos -principalmente escritores y pintores-. John Everett Millais la inmortalizaría en su obra, y el escritor Óscar Wilde crearía una deidad con los fragmentos de una mujer casi olvidada.

Lillie Langtry fue la amante de profundas cicatrices cuasi humanas. De todos y de nadie, porque en el fondo fue únicamente de sí misma: una mujer inteligente que supo hacer de su efímera belleza un verdadero mito que se sobrepondría incluso a su vejez.

La triste y aburrida vida de matrimonio

Tras cumplir veinte primaveras, Emilie aceptó la propuesta matrimonial de un hombre llamado Edward Langtry. Diez años mayor que ella, era un rico terrateniente irlandés, viudo de una lejana pariente de la que habría de convertirse en su segunda esposa.

Para Lillie, Langtry era la única forma de dejar la monótona vida que llevaba en Jersey. Sin embargo, pese a estar en la flor de la vida, Edward la tenía como un jarrón decorativo. Sola, triste y aburrida. Ella le propondría que se instalaran en Londres.

Mientras las bienaventuranzas no ocurrían, unas amistades de su familia la invitaron a una recepción donde se encontraba la alta esfera británica. El hermano pequeño de Emilie acababa de morir tras sufrir una caída montando a caballo; por eso, la joven acudiría a la fiesta de luto, con un sencillo vestido negro que resaltaría todavía más su belleza.

Nadie fue indiferente a aquel rostro. Sin embargo, sería desconocido hasta que Emilie fue adoptada por los pintores Frank Miles y John Everett Millais, quienes harían la gran presentación estelar de aquella chica de campo.

Bienvenida a la alta esfera británica, Lillie

Everett Millais era muy apreciado por la Royal Academy. Este visionario de la pintura crearía la Hermandad Prerrafaelita, en la que se rechazaría el estilo manierista italiano que aún seguía imperando en las grandes academias. La óptica de Millais quedaría impronta en el estilo romántico, protagonista durante la época victoriana, y su importancia en el terreno de las artes plásticas lo convertía en uno de esos hombres siempre bienvenidos en los grandes salones del Imperio británico.

«Millais era un trabajador enérgico pero espasmódico, siempre estaba de pie mientras pintaba, y se aplicaba como uno inspirado durante unos veinte minutos, después de lo cual arrojaba su pincel y paleta, volvía a encender su pipa, que estaba cerca de su boca , contémplame durante un cuarto de hora, y luego volvía en un nuevo frenesí», confesó Lillie en su biografía «The days I knew».

De esta manera, la desinteresada amistad entre Millais y Emilie desempeñaría un papel crucial durante la introducción de la joven. Tanto el apreciado artista como su colega Miles la inmortalizarían a través de la pintura con sus ambiciosos retratos. Gracias a este gesto, se le concedió un don extraordinario a su belleza, que logró opacar a cualquier lady con título nobiliario y considerable dote.

Siendo así, «Jersey Lillie» se convirtió en la obra maestra de Millais, a través de la cual Emilie nacería por segunda vez. Ella lograría despojarse de su identidad rural para alumbrarse como Lillie Langtry: la enigmática mujer del cuadro que cautivaría a al Rey Leopoldo de Bélgica.

Millais vendió el retrato a este Monarca. Quizás fue a partir de ahí que la antigua Emilie pasaría a convertirse en un bien codiciado; en una figura inescrutable que otros artistas tratarían de entender para poder reproducir.

«Me dijo que yo era la asignatura más exasperante que había pintado, que me veía hermosa por unos cincuenta y cinco de cada sesenta minutos, pero que por cinco en cada hora era increíble. No creo que haya trabajado en mi retrato en mi ausencia, como lo hizo algún otro artista ante el que me senté», relató Lillie en sus memorias.

Con su nueva identidad, Lillie Langtry pasaría a convertirse en la invitada más especial de la alta sociedad victoriana. Incluso las mujeres entraban en conflicto consigo mismas, dudando entre odiarla o venerarla.

Además de su exótica belleza, Lillie sabía como ganarse a los hombres. La joven los dejaba perplejos con su desenvoltura en el saber, gracias a una gran preparación académica. Al ser la única mujer entre los cinco hijos varones de su padre, fue instruida junto con sus hermanos por el tutor de éstos, pues el espíritu inquieto de Emilie Charlotte espantaría a su aburrida institutriz de París, lo que provocó su deserción de la educación de Emilie.

Lo que supuso en su día un dolor de cabeza para su padre, al final resultó una gran ventaja sobre las demás mujeres de la sociedad. La instrucción humanística de las damas de reconocida clase social era muy básica. De esta manera, los aristócratas ondearían la bandera blanca de rendición ante el «Lirio de Jersey», un fenómeno sobrenatural para la época.

Príncipe de Gales, el conquistado

Cuando Alberto Eduardo era todavía Príncipe de Gales, conoció a Lillie durante una cena celebrada por un aristócrata llamado Sir Allen Young. Aunque Edward Langtry acompañaba a su esposa a este evento, se sentarían separados y en diferentes extremos de la mesa. Ni corto ni perezoso, el que sería el futuro Rey del Imperio británico tomó asiento al lado de ella.

A partir de ese momento, ambos iniciarían un romance semi oficial. Aunque casado con la Princesa Alejandra y con seis niños, el Príncipe la llevó a Palacio junto a su madre, para decirle a la «puritana» Reina Victoria I quién era la dueña de su alma y de su tiempo libre: Lillie Langtry. Su doble moral le impidió montar en cólera, echar a la amante y darle tremendo sopapo a «Bertie» -como así llamaba a su hijo, con quien no se entendía muy bien-.

No obstante, Lillie comenzaba a aburrirse de todos los privilegios de ser la mujer más amada del futuro Monarca. Y se metería en un triángulo amoso entre el Príncipe, el Conde de Shrewsbury y su amigo de la infancia Arthur Clarence Jones.

El Príncipe empezaba a ser consciente de los amores paralelos de su amante. Y con el corazón y el orgullo hecho añicos se alejó de sus brazos. Nunca más dormirían juntos pero estaría siempre para apoyarla.

Mientras estaba con Arthur Jones, inició un affaire con el Príncipe Luis de Battenberg. Quedó embarazada y, aunque no sabía quién era realmente el padre. le atribuyó la responsabilidad al aristócrata -quien asumiría la paternidad- de su hija Jeanne Marie.

Edward Langtry, infelizmente casado y avergonzado, empezaría despreocuparse de ella; y al no ser ya la favorita del futuro Rey Eduardo VII todos sus acreedores comenzarían a cobrar aquel disparatado tren de vida.

Como ya no tenía nada que vender para saldar sus deudas, entró en un bucle depresivo sin saber a quien acudir.

Oscar Wilde, el mesiánico amigo

Jersey Lillie estaba en la ruina. Ante este infortunio, Óscar Wilde le propuso una artística solución: ser actriz. De esta manera, se convertiría en la primera mujer de la alta sociedad en subirse a un escenario.

Su mesiánico amigo la resucitó con más fuerza que en sus años jóvenes, gracias a su presentación: «La Venus que ha surgido como la espuma», confesó Lillie en su obra.

Al principio, el público acudiría a verla nada más por el insano placer que generaba aquella ver a aquella inquebrantable dama caída en desgracia y olvidada en el repudio.

No obstante, su gran debut en papeles como el de Kate Hardcastle en «She Stoops to Conquer», de Oliver Goldsmith, en el Haymarket Theatre de Londres, logró que los críticos dejaran a un lado sus prejuicios y aplaudiesen su gran habilidad escénica.

El éxito de su resurrección de la muerte social fue posible también gracias a la transición hacia una nueva era. Tras la muerte de la Reina Victoria, el nuevo Monarca, Eduardo VII, iría eliminando los vestigios de su madre y su estricta moral, para dar paso a la Belle Époque, que apoyaría además con su presencia en el teatro.

Lillie, poco a poco, volvería a ser una deidad en aquella sociedad por la fortuna de una amistad como Óscar Wilde