La batalla de Rávena (1512)

Italia después del Gran Capitán: el desastre sufrido por los españoles debido a un inepto burócrata de Lérida

Tras la salida del Gran Capitán de Italia, Ramón Folch de Cardona dirigió el ejército de Fernando El Católico en la batalla por hacerse con Rávena, deviniendo el asunto en un desastre inédito

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La diferencia entre un comandante diligente y un genio militar es la capacidad de adaptarse a las circunstancias y usarlas contra el enemigo. Hacer, una y otra vez, el milagro de los panes y los peces. De tal modo que lo milagroso de las campañas del Gran Capitán fue cómo estiró al máximo las escasas tropas españolas en Italia para, valiéndose del terreno, imponerse a los numerosos franceses en las batallas de Ceriñola (abril de 1503) y Garellano (diciembre de 1503) y reivindicar los derechos de Fernando El Católico sobre Nápoles y Sicilia. No obstante, la presencia francesa en Italia seguía siendo tan importante como para sospechar que las hostilidades se reanudarían en cuanto Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán, pusiera un pie fuera del país.

Italia fue durante la primera mitad del siglo XVI un hervidero interminable en el que Francia, España, el Sacro Imperio germánico y los principados italianos se enfrentaban de forma constante. Y por supuesto el Papa de turno, en ese momento Julio II, no hacía sino echar más leña al fuego con la insistencia de expulsar a los bárbaros de la Península itálica. En 1511, Julio II convenció a España y Venecia para formar una Liga Santa para defender Roma de las tropas de Luis XII de Francia. La España de los Reyes Católicos se armaba de nuevo en Italia, si bien esta vez no lo hacía por defender sus territorios en el sur sino para alejar a los franceses del norte.

Un burócrata para sustituir al Gran Capitán

La otra diferencia respecto al último enfrentamiento entre ambos países siete años antes es que los españoles ya no podían contar con el Gran Capitán, retirado en España por decisión de Fernando El Católico, quien le mantenía bajo cuarentena tras su paso por Italia. La célebre anécdota de las cuentas del Gran Capitán –en las que el castellano respondió con altivez a las dudas sobre lo que había hecho con el dinero del rey durante la guerra– ilustran el problema que tenía el monarca con su más brillante general: no se fiaba de él y le preocupaba que le superara en popularidad en el Reino de Nápoles. Así y todo, Julio II había propuesto originalmente que fuera el castellano quien condujera la Liga Santa, a lo que Fernando se negó y propuso que el candidato fuera el nuevo virrey de Nápoles, Ramón Folch de Cardona, natural de Lérida.

Como explica Antonio Muñoz Lorente en su libro «Carlos V a la conquista de Europa» (Nowtilus Saber), Cardona era «un funcionario hábil y elegante cortesano, pero un militar más bien mediocre y agobiado por lo que suponía su nuevo mando». Desde el principio el Papa criticó su lentitud y falta de decisión, de tal modo que Cardona tardó semanas en marchar sobre Bolonia, en manos francesas, primer objetivo de la Liga Santa. El general tenía a su mando 20.000 hombres y una artillería completa, lo cual le obligaba a moverse con parsimonia por el territorio helado ahora que el invierno se le había echado encima.

Portada del libro Carlos V a la conquista de Europa
Portada del libro Carlos V a la conquista de Europa

El asedio de Bolonia comenzó el 26 de enero de 1512 y, pese a que dedicaron 20 días a cavar trincheras y situar minas, el ejército de Cardona hubo de retirarse cuando las tropas de Gastón de Foix, comandante francés, entraron por sorpresa en la ciudad. Por algo le llamaban «El Rayo de Italia». Frente a las cualidades templadas de Cardona, se imponían las del apuesto, temerario e inteligente Gastón de Foix, de tan solo 22 años. El francés (cuñado de Fernando El Católico) era, de hecho, el más digno general a disposición gala desde hacía décadas. Un oponente a la altura del ausente Gran Capitán.

No en vano, el mismo día que Gastón entró en Bolonia y Cardona levantó el asedio, el francés fue informado de que la población de Brescia se había sublevado contra los franceses ante la cercanía de las tropas venecianas. El comandante francés no tardó en recuperar esta plaza, pero el salvaje saqueo que se sucedió, con violaciones y asesinatos a doquier, arruinó la fama de caballero impecable de Foix. Su ímpetu de juventud le causó una mala pasada y destrozó la reputación gala. Se calcula que en los dos días de saqueo murieron entre 10.000 o 20.000 personas. La población italiana más que nunca estaba convencido de que los franceses debían perder aquella guerra y ser expulsados para siempre más allá de los Alpes debido a su crueldad.

Mientras Fernando El Católico lograba que Inglaterra se sumara a la alianza y abriera en Francia un nuevo frente, Luis XII ordenó a Gastón de Foix que aniquilara al dubitativo Cardona y acudiera cuanto antes de vuelta a casa. Con este propósito, los franceses sumaron más tropas a finales de marzo de 1512. Un ejército de 15.000 hombres, entre franceses, italianos y alemanes, se dirigieron a rodear a los españoles de Cardona.

Después de jugar al gato y al rato durante varias semanas, el general catalán se vio al fin obligado a establar combate cuando los franceses se encaminaron hacia Rávena, pues no estaba dispuesto a perder esta importante ciudad. Siguiendo los consejos de Pedro Navarro, oficial e ingeniero del Gran Capitán, los españoles desplegaron una red de trincheras en su posición como hiciera Gonzalo Fernández de Córdoba en la batalla de Ceriñola para entorpecer los movimientos de la poderosa caballería gala. No obstante, la trinchera terminó por ser demasiado profunda, de modo que iba a limitar gravemente los movimientos del ejército hispano-papal durante la batalla.

Una ratonera para los españoles

Cardona había cavado literalmente la tumba de su ejército. Con el río a su espalda y encerrados en un campo atrincherado, los españoles iban a acabar la jornada atrapados en una madriguera mortal, expuestos a la artillería francesa e incapaces de huir. Al principio del combate, los franceses, con la temida infantería gascona a la cabeza, cruzaron el río que les separaba del campo hispánico a marcha rápida, a lo que Fabrizio Colonna, representante papal, recomendó atacar en ese momento. Pero Cardona insistió en el plan de Pedro Navarro de esperarlos atrincherados y cañonearlos mientras se acercaban.

Durante dos horas ambos ejércitos intercambiaron fuego de artillería, si bien los atrincherados españoles recibieron la peor parte, en concreto la caballería aliada. El fuego sembró el caos entre las apelotonadas filas españolas y dio lugar a las primeras desavenencias entre oficiales. Cuando a Colonna le fue negado por enésima vez la posibilidad de cargar, el bravo italiano respondió con una grosería antes de partir en una desesperada carga contra los cañones franceses: «Todos vamos a morir por la vergonzosa obstinación y la malignidad de un marrano». El resto de unidades de caballería siguieron su ejemplo e hicieron la guerra por su cuenta saltando las trincheras.

Retrato de Pedro Navarro,
Retrato de Pedro Navarro,

El primer choque entre caballerías favoreció a los intereses de Cardona, aunque, después de dos horas de combate, el ímpetu español se ahogó ante la mayor frescura francesa. Las heroicas cargas de los capitanes españoles terminaron con más de la mitad de la caballería de la Liga o muerta o prisionera, entre ellos el Marqués de Pescara o Juan de Cardona, hermano del virrey.

Sin el apoyo de la caballería, la infantería quedó desnuda, a merced de la artillería. Gastón de Foix ordenó un ataque masivo desde diferentes puntos a la infantería aún atrincherada. Parte de la infantería española intentó marchar hacia Rávena en perfecto orden campo a través, si bien fueron obligados a retroceder a causa de las acometidas de la caballería ligera. No había salida posible más que luchar.

El grueso de la infantería española, al mando de Pedro Navarro, se hizo fuerte en el centro del campo ante las acometidas de 5.000 lansquenetes alemanes. Los mercenarios germánicos estaban envalentonados por la muerte de uno de sus capitanes, Jacob Empser, y combatían con ira cada metro. Un oficial llamado «le Grand Fabien» se apoderó de una pica española y trató de abrir paso a sus camaradas hasta que el disparo de un arcabuz batió al gigante. Unos mil doscientos alemanes perecieron antes de convencerse de que luchaban contra hombres de piedra. Los rodeleros españoles (espadachines armados con pequeños escudos) hicieron estragos entre las apretadas filas mercenarias y terminado por quebrar la falange alemana.

Después de seis horas de lucha, la infantería española había quedado como dueña y señora del campo atrincherado, lo que no significaba que fueran a salir con vida de aquella encrucijada. Gastón de Foix reagrupó la caballería dispersa para masacrar a los españoles atrincherados, mientras que Fabrizio Colonna hacía lo propio, pero en su caso para socorrer a los hispánicos. A menos de 300 pasos, la artillería francesa empezó a castigar el flanco derecho español a la espera de que la caballería gala rematara el trabajo.

A pesar de la sangría y de la confusión extendida entre las filas de Cardona, Pedro Navarro logró agrupar a 3.000 españoles en un bloque compacto que se retiró hacia el suroeste por una de las orillas del río.

La peor victoria de Francia

La mayoría de los españoles supervivientes aquel día le debieron su suerte a la maniobra de Pedro Navarro, que en la retirada fue capturado junto a Fabrizio Colonna por la caballería pesada francesa. En total murieron 11.000 soldados, siendo la batalla más sangrienta en Italia desde hacía siglos, y otros tantos quedaron cautivos de los franceses. No así el virrey Cardona, que abandonó el campo de batalla sin haber desenvainado siquiera su espada.

Por el contrario, Gastón de Foix ocupó en todo momento las posiciones más comprometidas y se dedicó a perseguir a los soldados más rezagados. En esas estaba cuando se empeñó en desalojar de un camino elevado a una compañía de españoles que formaba un erizo de picas y arcabuces. Los hombres que iban con él le desaconsejaron cargar, mas el noble francés desdeñó sus voces y se abalanzó contra los españoles, que, bien situados, descabalgaron al francés y le llenaron de puñaladas.

Francia perdió con la muerte de su comandante la oportunidad de marchar sobre Roma, conquistar Nápoles y dictar al Papa las condiciones de paz. Es más, sin un líder decidido las tropas se entretuvieron saqueando Rávena durante días y cuando quisieron reactivar las operaciones la mayor parte de su ejército debió ser licenciado para adelgazar los gastos de guerra. El nuevo comandante, La Palisse, volvió a Milán ante el temor de que los suizos cayeron sobre su más valiosa posesión en Italia.

Lejos de romper la alianza, la derrota de Rávena comprometió a Fernando El Católico aún más con la causa. La siguiente campaña permitió a la Santa Liga recuperar todas las ciudades de la Romaña sin mucho esfuerzo, a lo que el capitán galo retrocedió hasta Pavía con la moral bajo mínimos.

La tumba de Gastón de Foix
La tumba de Gastón de Foix- Wikimedia

Luis XII de Francia lloró la muerte de su sobrino y la victoria agridulce, sin sospechar aún que los beneficios que Fernando «El Católico» sacaba de su muerte iban más allá de las fronteras italianas. Gastón era hijo de Juan de Foix, un infante de Navarra casado con la hermana del Rey de Francia, que mantenía desde hace décadas aspiraciones sobre el trono navarro. Tras la batalla de Rávena, Fernando convenció a su joven esposa para que reclamara este trono retomando los argumentos empleados por el fallecido Gastón de Foix, al que paradójicamente Castilla y Aragón llevaban años torpedeando en sus pretensiones. Una vez reclamado por la vía legal, el primo del Rey, Fadrique Álvarez de Toledo, II Duque de Alba, se puso al mando de un ejército castellano que debía materializar la voluntad del Papa.

De rebote, la derrota de Rávena abrió las puertas para que Castilla anexionara definitivamente la Corona de Navarra.