Isabel de Farnesio, la venenosa Reina que soportó la locura y los maltratos de Felipe V

La enfermedad de Felipe V se desbordó a partir de que retornara de su abdicación: dormía de día y trabajaba de noche, estaba obsesionado con fugarse del palacio y golpeaba a su esposa y a los sirvientes

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La segunda esposa de Felipe V padeció los años más duros de la enfermedad del Rey, probablemente víctima de un síndrome bipolar, e incluso recibió agresiones de su marido. Gracias a su robusto carácter soportó estoica estos maltratos, cuidando a su marido hasta su muerte y haciéndose cargo del gobierno del reino.

Siete meses después de la muerte de su primera esposa (la madre del futuro Luis I y de Fernando VI), Felipe contrajo matrimonio con la italiana Isabel Farnesio de Parma. Isabel nació en el ducado de Parma, del que sería la soberana a la muerte sin descendencia de sus parientes. Su elección para acompañar a Felipe en el trono obedecía a su supuesta docilidad y al intento por dar más protagonismo a los italianos en la Monarquía hispánica en detrimento de los franceses, pues no hay que olvidar que la primera esposa era de Saboya, esto es, de la parte más francesa de Italia.

El Cardenal Alberoni apoyó esta vía precisamente para combatir la camarilla francesa y procuró que con su llegada saliera al unísono la Princesa de los Ursinos, que había hecho las veces de consejera-espía para Francia durante el anterior matrimonio.

Dependencia sexual y afectiva

Cuando llegó a España, Isabel de Farnesio tenía 22 años frente a los 31 del Monarca, pero ya entonces dio muestras de su carácter fuerte dando luz verde a la salida de la consejera-espía. Si alguien esperaba una joven dócil se desengañó al ver cómo Farnesio limpiaba la corte de posibles adversarios. El Rey, no en vano, desarrolló hacia su segunda esposa una fuerte dependencia sexual y afectiva, que se asentaba en el carácter férreo y autoritario de ella. Dormían juntos, comían juntos y se confesaban juntos (cada uno en un extremo). Ambos se hicieron inseparables y engendraron al que sería el futuro Carlos III, mientras que los hijos del primer matrimonio eran apartados sutilmente de la Corte. El matrimonio tuvo nada menos que siete vástagos: Carlos, futuro Rey de España; Francisco, fallecido al poco tiempo de nacer; Felipe, que heredaría el ducado familiar: Luis, enfocado hacia la carrera eclesiástica; María Ana; María Teresa y María Antonia.

Isabel de Farnesio con su hijo mayor, Carlos
Isabel de Farnesio con su hijo mayor, Carlos

La Reina aprovechó la incapacidad de su marido para acaparar poco a poco todo el poder. Una muestra de ello se refleja en que los documentos y cartas del periodo contienen la frase «el Rey y yo», como emblema de una singular monarquía dual en la que quien tomaba las decisiones era la Reina. En tanto, una serie de intrigantes validos como el propio Alberoni o el barón Ripperdá aprovecharon la dualidad y el desgobierno del país para enriquecerse y enfrascar a España en una política exterior demasiado agresiva para las raquíticas arcas nacionales. Con España arruinada tras la Guerra de Sucesión, resultaba inasumible la aspiración de Isabel de Farnesio de recuperar la hegemonía hispánica en Italia, tanto en Cerdeña, Nápoles, Sicilia y el Milanesado. Esta política expansionista acabó en desastre en 1720 cuando Francia, Inglaterra, Holanda, Saboya y el Imperio habsburgo se aliaron para evitar que España recuperara su influencia en Italia.

Tampoco en 1745 las cosas fueron bien en Italia. La Guerra de Sucesión austriaca llevó a España a involucrarse en contra de María Teresa de Austria con el fin de conquistar, junto con Francia, Milán en 1745. No obstante, al dejar Francia de apoyar a España quedó Isabel de Farnesio luchando, de nuevo en solitario, contra media Europa. La derrota militar privó al infante de Felipe de obtener en propiedad grandes territorios en Italia, pero al menos se le reconoció como titular de los ducados de Parma y Piacenza.

Su exagerada ambición terminó por convertirla en alguien con muchos enemigos y tan impopular como para ganarse el mote de «la Parmesana»

No es de extrañar, como recuerda Gabriel Cardona y Juan Carlos Losada en «Malos de la historia de España» (La Esfera de los libros), que las notas diplomáticas califican a la Reina de «avariciosa, irracional, tozuda y belicista, sin importarle los costes de sus aventuras agresivas». Su exagerada ambición terminó por convertirla en alguien con muchos enemigos y tan impopular como para ganarse el mote de «la Parmesana», porque devoraba con asia el salchichón, el queso de Parma y otros productos de su tierra.

El Rey que reinó dos veces y su mujer

La enfermedad fue alcanzando cotas muy altas de violencia con el paso de los años. En 1724, la locura forzó a Felipe V a abdicar a favor de su hijo mayor, Luis. El Rey tomó aquella decisión porque veía que los estragos de su enfermedad no le permitían seguir en el trono más tiempo o porque, tal vez, el Monarca albergaba la ambición secreta de reinar en Francia si fallecía prematuramente Luis XV. La locura nunca estuvo reñida con la ambición. Sin embargo, tras un breve reinado de siete meses la corona volvió a manos de Felipe cuando Luis I falleció por causa de la viruela, si bien no faltaron las sospechas de que había sido su madrastra la que le había envenenado.

Frente a la incertidumbre legal que desató la cuestión de si un Rey podía volver a serlo tras abdicar, la rápida actuación de Isabel de Farnesio devolvió las riendas del reino a Felipe V siguiendo el criterio del Papa, quien respaldaba que el juramento de abdicación no le obligaba a renunciar a la Corona ahora. Todo ello haciendo frente a las críticas de ciertos sectores de la nobleza castellana, que argumentaba que no cabía la marcha atrás.

Luis I de Borbón (1707-1724), llamado el Bien Amado
Luis I de Borbón (1707-1724), llamado el Bien Amado

Pero el afán por el poder iba a costar muy caro a Isabel. El médico psiquiátrico Francisco Alonso Fernández precisa, en un estudio para la Real Academia de Medicina, que fue en la tercera etapa de su reinado (1726-1746) cuando se mostraron los peores y más violentos síntomas de la enfermedad. La causa que pudo desencadenarlo fue la fallida abdicación que protagonizó a favor de su hijo Luis I.

«Este segundo reinado estuvo dominado por los repetidos episodios melancólicos, cada vez más graves y continuos, complementados con pequeños brotes hipomaníacos (episodios destructivos), casi siempre provocados por estímulos externos positivos, que operaban a través de un sistema hipersensitivo emocional», explica en su texto Francisco Alonso Fernández. Asimismo, al trastorno bipolar se añadió un delirio nihilista de Cotard (delirio de negación), que se reflejaba en la negación de tener brazos y piernas, o de mantenerse vivo, «o de conservar la identidad humana al creerse convertido en una rana».

Isabel tuvo que padecer un maltrato físico y psicológico constante de su marido enfermo. Las locuras de Felipe V se desbordaron a partir de entonces: dormía de día y trabajaba de noche, estaba obsesionado con fugarse del palacio y golpeaba a su esposa. En aquellos días la Reina podía agradecer si conseguía dormir tres horas diarias. En una ocasión se quedó dormida al lado del Rey sin que hubiera vigilancia cerca. Él se levantó y abrió una ventana permitiendo que el aire helado invadiera toda la habitación. Cuando ella se despertó congelada, el Rey accedió únicamente a «cerrad la mitad de la ventana para la Reina, y dejar la otra mitad abierta para mí».

En otra ocasión, el Monarca se obsesionó con que su ropa y la de su esposa irradiaba una luz mágica. Como respuesta, estableció vigilancia permanente sobre su ropa personal y encargó a monjas que la elaboraran exclusivamente a partir de entonces, como medida para espantar al diablo. Pese a todo, Felipe V no tardó en mostrar un grave problema de higiene personal: no se cambiaba de ropa interior hasta que quedaba hecha jirones y nunca se ponía ninguna camisa que su esposa no hubiera utilizado antes.

El traslado de la Corte al Alcázar de Sevilla complicó aún más las cosas, siendo el único remedio efectivo a su trastorno la voz del más famoso castrati de la historia, Carlo Broschi, conocido por el sobrenombre de Farinelli. Al estilo de una de las ratas del flautista de Hamelín, el monarca tranquilizaba su ánimo y salía de su aislamiento con las canciones de Farinelli.

El ocaso de la Parmesana

Tras años de martirizar a todos los que le rodeaban, Felipe V murió el 15 de enero de 1746. El día de su muerte se despertó a las doce de la mañana y al poco rato le dijo a su esposa que estaba indispuesto. Mientras acudía el médico, que había salido a comer, Felipe empezó a tragar y tragar, hasta que se tragó la lengua. Murió al instante, sin que hubieran pasado más de unos pocos segundos de sus molestias.

En el periodo de desgobierno entre la agonía de Fernando VI y la llegada de Carlos desde Nápoles permitió a Isabel de Farnesio ajustar cuentas

Al fallecimiento del Rey, Fernando VI –el único hijo varón vivo de su primer matrimonio– ordenó a su madrastra que abandonara el palacio real del Buen Retiro y se marchara a vivir a una casa de la duquesa de Osuna, si bien le asignó una generosa pensión. Más adelante, el nuevo Rey ordenaría su destierro de Madrid como castigo a los desprecios que había aplicado, desde su posición de poder, a los hijos y consejeros de Maria-Luisa Gabriela de Saboya.

En el palacio de La Granja entró en depresión y se centró en engullir alimentos con ansiedad, hasta que su movilidad se vio muy mermada por la obesidad. Sin embargo, la prematura muerte de Fernando en 1759 cuando solo llevaba 13 años reinando cambió la situación de Isabel. El siguiente en la línea sucesoria era Carlos, Rey de Dos Sicilias, hijo mayor de Isabel, lo que devolvió el protagonismo a la Reina madre. En el periodo de desgobierno entre la agonía de Fernando VI y la llegada de Carlos desde Nápoles permitió a Isabel de Farnesio ajustar cuentas con sus viejos rivales, volando los castigos y las destituciones en poco tiempo. Así y todo, Carlos III y su joven esposa no pretendían ser dos marionetas de la Parmesana, por lo que mantuvieron las distancias.

Falleció en 1766 en Aranjuez, cuando seguía aferrado al papel de reina en las sombras y contrapeso a su hijo.