Historia

La historia olvidada de los Trastámara, los reyes fratricidas que vertebraron España

Con Fernando y su hija Juana murió la dinastía que Enrique de Trastámara había empezado el 14 de marzo de 1369 en una sangrienta y trágica noche en Montiel

Retrato de Enrique II «El Fratricida», el primer Trastámara
Retrato de Enrique II «El Fratricida», el primer Trastámara - Wikimedia

Carlos V tenía sangre Trastámara por parte de su madre, Juana «La Loca», pero a esas alturas era el último e intrascendente rastro que quedaba de una dinastía que había vertebrado la historia de Castilla, primero, y luego la de Aragón. «Hagan otros la guerra; tú feliz Austria, cásate; porque los reinos de Marte da a los otros, a ti te los concede Venus», rezaba la traducción de unos versos latinos del siglo XVI sobre la estrategia llevada a cabo por los Habsburgo para extender sus tentáculos por Europa. Frente a esos monarcas austriacos y sus pródigos matrimonios, la familia de los fratricidas castellanos se ahogó a la orilla de la Edad Moderna y, sin más, desapareció.

«¿Dónde está ese judío hideputa que se nombra Rey de Castilla?», gritó Enrique de Trastámara, hermano bastardo del Rey, antes de enzarzarse en un duelo fratricida

Con Fernando y su hija Juana murió la dinastía que Enrique de Trastámara había empezado el 14 de marzo de 1369 en una sangrienta noche en Montiel. Tras casi 20 años en guerra –donde Enrique de Trastámara y su hermano Pedro I «El Cruel» (o «el Justiciero», dependiendo del bando) se disputaron la Corona de Castilla, involucrando a numerosos reinos vecinos, incluidos los de Francia e Inglaterra–, ambos se encontraron frente a frente en Montiel. «¿Dónde está ese judío hideputa que se nombra Rey de Castilla?», gritó Enrique de Trastámara, hermano bastardo del Rey, antes de enzarzarse en un duelo fratricida que dio a Castilla un nuevo Rey y origen a una nueva dinastía: Enrique «El Fratricida» de los Trastámara.

La guerra entre los dos hermanos empezó con la repentina muerte de Alfonso XI de Castilla, en 1350, a causa de la peste, cuando solo contaba 40 años. La Corona de Castilla cayó por sorpresa en un imberbe Pedro I. Hasta entonces, el joven príncipe había estado aislado de la Corte junto a su madre María de Portugal, que había sido desplazada por la hermosa amante del Rey, Leonor de Guzmán (tataranieta de Alfonso IX de León), y por los diez hijos frutos de esta relación extramatrimonial. Enrique de Trastámara fue uno de los hijos de Leonor y el primero en llegar a la vida adulta junto a su hermano gemelo Fadrique Alfonso de Castilla.

El Conde Trastámara le hace la guerra a Pedro I

Mientras Pedro permanecía marginado, Enrique recibió los condados de Noreña y Trastámara y los señoríos sobre Lemos y Sarria, en Galicia, y las villas de Cabrera y Ribera, junto al resto de concesiones de las que se beneficiaron los hijos de Leonor. El fallecimiento de Alfonso XI revirtió la situación. Con la llegada al poder de Pedro I y de su madre María de Portugal, los hijos de Leonor perdieron el apoyo de buena parte de la nobleza y tuvieron que huir de la corte.

La guerra civil costó muchas vidas a ambos bandos. Leonor y varios de sus hijos fueron ejecutados por orden del Rey, que fue apodado a la postre como «El Cruel». A su muerte, en 1369, terminó el reinado de la Casa de Borgoña en Castilla y empezó el de la Casa de Trastámara. En el libro «Historia de España de la Edad Media» (Ariel), el profesor Julio Valdeón Baruque plantea que «la victoria del bastardo fue de la mano de la consolidación de los cimientos del poder real, así como de lo que se ha denominado de “la revolución aristocrática”». Enrique II se presentó ante sus súbditos como un continuador de las obra de su padre, Alfonso XI, lo que significaba que pretendía defender el fortalecimiento del poder regio. Ésto no se traducía necesariamente en acotar el poder de las Cortes, que fueron convocadas con toda normalidad y mucha frecuencia durante su reinado.

Sepulcro de Juan I. Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo.
Sepulcro de Juan I. Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo.- Wikimedia

A la muerte de Enrique le sucedió en el trono castellano su hijo, Juan I de Castilla, que también tuvo que luchar para defender sus derechos al trono frente a los descendientes de Pedro «El Cruel». Juan fue un continuista del periodo anterior y su reinado supuso un periodo de maduración institucional para la Corona de Castilla y de expansión militar. No obstante, la hegemonía castellana en la Península ibérica y la presencia de personajes afines a la dinastía anterior en los reinos vecinos complicaron la posición de Juan en el encaje internacional. Como prueba de ello, en julio de 1380 se firmó en Estremoz un acuerdo secreto que preveía una acción angloportuguesa sobre Castilla para sustituir al trastámara por Juan de Lancaster, casado con la hija de Pedro «El Cruel». La operación fue un fracaso y, de la enemistad con Portugal, se pasó de golpe a la amistad a través de la boda de Juan y la hija del Rey luso.

Con la intención de evitar un nuevo desembarco inglés en Portugal, Juan de Castilla reclamó a la muerte del Rey de Portugal los derechos dinásticos de su esposa para establecer un protectorado sobre el reino portugués a partir de 1383. El matrimonio fue reconocido como Rey y Reina de Portugal por la nobleza, con la hostilidad del pueblo en algunos puntos del país, lo cual devino en una revuelta encabezada por el maestre de Avís, que era hermano bastardo del anterior Rey.

La derrota castellana llevó a pensar a Juan de Lancaster que se trataba de un momento excelente para volver a reclamar el trono castellano

El 3 de septiembre de 1384, Juan I de Castilla dejó guarniciones en las plazas de sus partidarios, regresó a Castilla y pidió ayuda al Rey de Francia. El monarca castellana entró de nuevo en Portugal por la ruta de Ciudad Rodrigo y Celorico. Pero las derrotas que sufrió su ejército en Trancoso y Aljubarrota, en mayo y en agosto de 1385, supusieron el fin de sus opciones de imponerse como Rey de Portugal. En Aljubarrota el desastre castellano fue absoluto, el Rey huyó a Santarém y desde allí bajó el Tajo hasta encontrarse con su flota cerca de Lisboa. A partir de entonces, los Avis iniciarán en el país vecino uno de los periodos de mayor esplendor de Portugal. De bastardo a bastardo.

Se afianzan en Castilla, desembarcan en Aragón

La derrota castellana en Portugal llevó a pensar a Juan de Lancaster que se trataba de un momento excelente para volver a reclamar el trono castellano e incluso el Papa Urbano VI se prestó a ello. Le reconoció como Rey en abril de 1386. No obstante, la dinastía Trastámara reaccionó reorganizando su ejército y sus estructuras políticas para hacer frente a la amenaza inglesa. Cuando los ingleses desembarcaron en La Coruña en julio de 1386 no hallaron el reino desarticulado que esperaban, sino todo lo contrario. Avanzaron a través de Galicia, tierra afín a Pedro «El Cruel», siendo coronado Rey en Santiago de Compostela y plantada su corte en Ourense. Hasta aquí llegaron sus pretensiones.

Castilla se defendió a las incursiones inglesas y la superioridad de su flota forzó a Juan Lancaster a renunciar a la Corona a cambio de una compensación económica. Tras años de cierta estabilidad, Juan I de Castilla falleció el 9 de octubre de 1390 junto a la puerta de Burgos, dejando el poder en un consejo de regencia hasta que su hijo Enrique III alcanzara la mayoría de edad.

Retrato de Enrique III, «El Doliente»
Retrato de Enrique III, «El Doliente»- ABC

Lo más reseñable para los Trastámara en materia internacional en los siguientes años a la muerte de Juan I fue el desembarco de la dinastía fratricida en la Corona de Aragón. El largo reinado de Pedro IV de Aragón finalizó con una sensación de crisis general y con la banca catalana arruinada. Le sucedió su hijo Juan I «El Cazador», cuyo reinado se caracterizó por el desorden administrativo y financiero en Aragón, y a éste le siguió su hermano Martín «El Humano», hasta entonces gobernador de Sicilia.

Martín trató de ganarse el favor de las oligarquías urbanas —muy descontentas con la anarquía del anterior reinado— pero finalmente quedó atrapado en el terreno de la indecisión y nada pudo hacer para finalizar los enfrentamientos banderizos que dividían los reinos de Aragón y Valencia. En 1410, Martín I moría sin dejar hijo varón vivo (si dejó a un nieto ilegítimo, Fadrique) ni hermano al que dar la Corona.

Ante esta situación se decidió que el sucesor de Martín I sería el que designara un Parlamento General de la Corona, para lo cual se reunieron en febrero de 1411 en Calatayud las Cortes de Aragón bajo la presidencia del arzobispo de Zaragoza, García Fernández de Heredia. La disputa, sin embargo, evolucionó en enfrentamiento abierto entre los dos principales candidatos a suceder a Martín: Jaime II de Urgel y Fernando de Trastámara, el de Antequera, Infante de Castilla.

«El Compromiso de Caspe», pintado por Dióscoro Puebla en 1867
«El Compromiso de Caspe», pintado por Dióscoro Puebla en 1867

Fernando de Antequera era hijo segundo de Juan I de Castilla y de Leonor de Aragón, hermana del Rey aragonés Martín «El Humano», lo que le convertía en un sólido candidato al trono. No en vano, fue su capacidad económica (su red de señoríos era enorme), su sólido prestigio militar y el ejército castellano a su disposición lo que le entregó la Corona en 1412. A través de una serie de acuerdos con Jaime II de Urgel –lo que vino a certificarse en el Compromiso de Caspe–, Fernando prendió la dinastía Trastámara en Aragón. La perpetuaron dos de sus hijos, Alfonso V «El Magnánimo» y Juan II (padre de Fernando «El Católico»).

El caos de Juan II y Enrique «El Impotente»

Mientras tanto en Castilla Enrique III pacificó a la aristocracia y restauró el poder real, apoyándose en la pequeña nobleza. Sin embargo, los sucesivos reinados de Juan II y de Enrique IV interrumpieron la serie histórica de reyes que habían reforzado el poder regio. Las revueltas dirigidas por nobles convirtieron sus reinados en un nido de inestabilidades. A la muerte de Enrique «El Impotente» (se sospecha que envenenado por orden de su hermana) aconteció una guerra de sucesión entre los partidarios de su hija Juana «La Beltraneja» y la hermanastra del Rey, Isabel. La joven y su esposo, Fernando, heredero de la Corona de Aragón, se impusieron en la guerra. Dos descendientes Trastámaras reinarán al fin juntos en los dos principales reinos hispánicos.

Pintura de Felipe y Juana, en 1500
Pintura de Felipe y Juana, en 1500

La unión de reinos fue el gran logro de esta generación de los Trastámara, pero la dinastía no vivió para ver completado el proceso. Los Reyes Católicos casaron a dos de sus hijos, Juan y Juana, con dos vástagos del Archiduque Maximiliano de Austria con el objetivo de alejar la amenaza francesa que se cernía sobre las posesiones aragonesas en Italia. La alianza entre los Austrias (la dinastía Habsburgo) y los Trastámara también implicaba a la familia real portuguesa, los Avis, y de forma puntual a los Tudor a través del matrimonio de Catalina de Aragón con Enrique VIII de Inglaterra. No en vano, la prematura muerte del infante Juan de Trastámara, el único hijo varón de los Reyes Católicos en llegar a adulto, terminó precipitando el desplazamiento de la casa reinante en España por los Habsburgo.

La prematura muerte del infante Juan de Trastámara, el único hijo varón de los Reyes Católicos, terminó precipitando el desplazamiento de la casa reinante

Pese a que Fernando «el Católico» intentó hasta sus últimos días –posiblemente a consecuencia de esos esfuerzos sexuales falleció– tener otro hijo varón con su segunda esposa, Germana de Foix; nunca lo consiguió. Por el contrario, el Rey dejó todas sus posesiones a su hija Juana, Reina de Castilla, que al encontrarse inhabilitada para reinar cedió la Corona de Aragón, incluidos sus reinos italianos y una parte de Navarra, a Carlos de Gante, futuro Carlos V de Alemania. Castilla también pasó a sus manos.

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