«En tierra extraña: Expediciones militares españolas» (EDAF) de Miguel del Rey y Carlos Canales - Ilustración de Ricardo Sánchez

La heroica conquista española de Vietnam ante la vileza de la Francia de Napoleón III

Fue en el año 1858 cuando un contingente hispano-galo acudió hacia el remoto reino de Annam en auxilio de aquellos religiosos que eran cruelmente masacrados por orden del emperador Tu Duc

Tras la toma de Saigón (1859) los soldados patrios sufrieron el más cruel abandono por parte de la nación

MADRIDActualizado:

«Preciso es confesar que los franceses nos han cogido completamente de «primos» en esta ocasión, explotando nuestros sentimientos religiosos para fundar con nuestros propios recursos un magnífico establecimiento que no podían llegar a ver realizado por sí solos. No defendemos la religión, ni reivindicamos el honor nacional ultrajado, ni podemos pretender ventajas para nuestro comercio, ni esperar siquiera que brillen con gloria nuestras armas».

Con estas palabras se refirió Francisco de Arce en «Noticias de la vida del coronel D. Mariano de Oscariz» (1864) a la gloriosa, a la par que desinteresada, labor llevada a cabo por unos cuantos españoles en la recóndita Annam (actual territorio de Vietnam). La sangre hispana destinada a terminar con la cruel matanza de religiosos fue aprovechada, sin escrúpulo alguno, por la codiciosa Francia. Además de olvidada por su gobierno.

Este es el relato de una las gestas menos valoradas de la Historia de España, emprendida por un grupo de héroes que demostraron sobrada valentía en el fragor de la batalla pese a las pésimas condiciones en las que se vieron obligados a servir a su nación.

Codicia gala

La expedición punitiva a la Cochinchina (actual territorio de Vietnam) tenía por objetivo (o mejor dicho, como excusa) poner fin a la carnicería de religiosos orquestada por el emperador Tu Duc (gobernante de Annam, uno de los nombres que recibía este reino). La supuesta implicación en la agitada política del actual territorio vietnamita por parte de los misioneros cristianos motivó el brutal asesinato del obispo hispano José María Díaz Sanjurjo el 20 de julio de 1857. Esta coyuntura fue hábilmente aprovechada por la Francia de Napoleón III (emperador entre 1852 y 1870), quien se decidió a hacer uso de una España que deseaba revitalizar su imagen internacional mediante el desarrollo de la que fue conocida como «política exterior de prestigio».

Como señala Luis Alejandre Síntes en «La guerra de la Cochinchina: cuando los españoles conquistaron Vietnam», los galos (al margen del martirio de los religiosos) tenían razones de peso para llevar a cabo una intervención militar en la zona. La principal motivación era «hacerse con una posición clave en Extremo Oriente». Para lograr saciar sus ansias expansivas fueron de la mano tanto de británicos (junto a quienes libraron una serie de guerras en China) como de españoles, más preocupados de proteger a los religiosos que de obtener cualquier tipo de contraprestación. En vistas de esto, desde Madrid se pecó de inocencia al confiar en un aliado con más visión estratégica y un sentido de Estado muy superior.

Ilustración de «La Guerra de la Cochinchina» de Alejandre Síntes (EDHASA)
Ilustración de «La Guerra de la Cochinchina» de Alejandre Síntes (EDHASA)- ABC

El principal interés de Francia en actuar conjuntamente con España residía en la importancia de las Filipinas como posición desde la cual partir en dirección a Annam, ya que la nación gala no contaba con ninguna base logística como Manila en la zona. Además -según recogen Miguel Del Rey y Carlos Canales en su obra «En tierra extraña: Expediciones militares españolas» (EDAF)- las tropas hispanas desplegadas en Asia habían mostrado sobradamente su capacidad tras varias centurias batiéndose el cobre con la piratería que asolaba el Pacífico. Con todo esto, los interesados franceses se dispusieron a llevar a cabo negociaciones con el régimen de Isabel II para contar con nuestra colaboración en la empresa.

Fue así como -tras alcanzar un compromiso entre las dos naciones- el 25 de diciembre de 1857 se dio orden al capitán general de Filipinas (Fernando Norzagaray y Escudero) de que tuviese preparados unos 1.000 efectivos a la espera del requerimiento del almirante galo Rigault de Genoully. La ingenua España accedía desinteresadamente a otorgar los medios a Francia para que esta se hiciese fuerte en el continente asiático.

Hacia tierras extrañas

A pesar de la inicial celeridad con la que el sobrino del primer Napoleón quería dar comienzo a la expedición desde París se decidió que era mejor esperar a que la guerra franco-británica contra China terminase, cosa que ocurrió con la firma del tratado de Tien-Tsin el 28 de junio de 1858. Así lo explica Ángel Luis Encinas Moral en el prólogo de «Reseña histórica de la expedición de Cochinchina» realizada por el Mariscal de Campo Carlos Palanca.

Mientras se realizaban los preparativos, el brutal régimen annamita continuaba hostigando a los religiosos españoles ubicados en la zona. De este modo, al salvaje asesinato de Díaz Sanjurjo le siguió en julio de 1858 el de su sucesor: fray Melchor García San Pedro, quien tras unos tormentosos días en los que se le sometió a las más salvajes torturas acabó por ser descuartizado.

La sangre hispana destinada a terminar con la cruel matanza de religiosos fue aprovechada, sin escrúpulo alguno, por la codiciosa Francia.

Finalmente, el 20 de agosto de 1858 arribaron a la ciudad de Manila los esperados buques franceses «Durance» y «Dardogne», este último encargado de transportar hacia Annam a las tropas españolas dirigidas por el coronel Mariano Ostariz. Para esta expedición fueron destinadas tres compañías: dos de cazadores de los Regimientos del Rey nº 1 y de la Reina nº 2, así como la 5ª del Fernando VII nº 3. También se unió a la comitiva el navío patrio «Elcano», el cual -como explica en su obra Alejandre Síntes- tuvo un brillante protagonismo durante el desarrollo de las operaciones.

Una vez reunidas las fuerzas hispano-francesas, estas se dirigieron por orden de Genouilly a Dahnang (nombrada Tourane por los galos y Turana por los españoles). Un enclave -situado a unos 60 kilómetros de Hué, capital de Annam- que era considerado como «el principal emporio comercial con China». Debido a las razones tanto estratégicas como crematísticas esta población suponía un objetivo sumamente atractivo para el codicioso gobierno parisino.

Bombardeo de la Bahía de Turana publicada en la revista «El Mundo Militar» (1860)
Bombardeo de la Bahía de Turana publicada en la revista «El Mundo Militar» (1860)- ABC

Como explica Encinas Moral en su obra, en la mañana del 1 de septiembre el contingente expedicionario abrió fuego desde sus navíos (entre los que se encontraba el «Elcano») contra los fuertes encargados de guarecer la bahía de Turana. Pese al intento de las fuerzas annamitas por contrarrestar la lluvia de proyectiles de las tropas expedicionarias todo fue en balde, enormemente superados como estaban en capacidad de fuego. Los nativos solo podían observar con pavor como los enclaves defensivos iban cayendo uno a uno ante el incesante bombardeo hispano-francés.

Durante la tarde las fuerzas terrestres de las dos naciones europeas se internaron en la población con el fin de montar un campamento base. Parece ser que muchos de los franceses, al no estar acostumbrados al calor extenuante del lugar, cayeron víctimas del clima. En cambio, el contingente español que estaba compuesto principalmente por tagalos (nativos filipinos) mostró una mejor adaptación a las condiciones del lugar.

El día 13 de septiembre se unieron a la expedición el coronel Bernardo Ruiz de Lanzarote, el comandante de Estado Mayor Miguel Primo de Rivera y el teniente coronel Carlos Palanca Gutiérrez quien -como afirman Del Rey y Canales en su obra- estaba destinado a ser el héroe de la campaña. También se encontraban entre los recién llegados varios médicos y capellanes castrenses.

Cinco días después -según explica Encinas Moral en su obra- arribaron en las fragatas de vela «Amistad», «Preciosa», «Bella Carmen», «Bella Gallega» y «Encarnación» las restantes fuerzas hispanas prometidas en su momento desde Madrid. El número de soldados patrios ascendía en este momento a los 1.500 efectivos.

Mientras tenía lugar la llegada de las restantes tropas españolas, el encargado de la expedición -Rigault de Genouilly- se encontraba aguardando respuesta al ultimátum en forma de misiva que había enviado al emperador Tu Duc. Ante la falta de noticias desde Hué, el oficial galo obligó a las fuerzas franco-españolas a languidecer en Turana en lugar de avanzar con destino a la capital annamita.

Respecto al tiempo que se perdió en vez de proseguir con la misión, el teniente coronel Serafín Olabe escribió:

«Meses y meses pasaron construyendo baterías, removiendo tierra como si nos hallásemos en frente de Sebastópol, y perdiendo por el clima y lo rudo de los trabajos cuatro veces más de soldados de los que se hubiesen sacrificado en la toma de Hué (...)».

Efectivamente, no fue hasta el día 6 de octubre que los españoles pudieron poner fin a su tedioso inmovilismo tomando tres baterías annamitas en el río Turana. Como explican Del Rey y Canales en su obra, hasta el momento las tropas hispano-francesas se estaban mostrando muy superiores a las fuerzas asiáticas, a las que superaban tanto en equipamento como en ánimo para el combate.

«Preciso es confesar que los franceses nos han cogido completamente de «primos» en esta ocasión»Francisco de Arce

Según pasaba el tiempo, Genouilly era cada vez más consciente de que la expedición no estaba teniendo el efecto deseado. Afirma Alejandre Síntes en su volumen que las bajas a causa de las enfermedades y el clima aumentaban cada día. Al mismo tiempo, el enemigo se acercaba cada día más y hostigaba con pundonor a las maltrechas fuerzas europeas, las cuales no contaban con el esperado levantamiento a su favor de la población cristiana (que sufría una persecución, si cabe, más salvaje que antes del inicio de las hostilidades).

El almirante francés se decidió entonces a apostarlo todo a la toma de Saigón, localización ubicada en la Baja Cochinchina a cientos de kilómetros de Turana. Según relata Encinas Moral en su obra, esta resolución fue un error garrafal por el que los militares europeos pagaron un precio excesivo, especialmente los españoles. La necesidad de triunfos fue la explicación que dio el oficial galo al Ministerio de Marina a la hora de justificar este cambio de planes.

La conquista de Saigón

A causa de esta determinación, el 4 de febrero de 1859 una parte importante del contingente hispano-francés (entre cuya flota se encontraba el «Elcano») abandonó Turana en dirección a su remoto objetivo. Una vez llegaron a Saigón (en torno al día 14 del mismo mes), las fuerzas europeas se dieron cuenta de la dificultad que iba a suponer tomar la población. Encinas Moral la describió como «una plaza fuerte con una ciudadela armada con numerosos cañones a cuyo servicio estaba una guarnición bien abastecida».

Las hostilidades fueron iniciadas el día 17 por los navíos europeos, cuya artillería consiguió abrir brecha en la sólida muralla enemiga, momento en el que entró en liza la infantería. Las fuerzas terrestres se dividieron en dos grupos, por un lado el contingente francés (encabezado por el comandante De Pallieres) y por otro el español (mandado por el héroe patrio Carlos Palanca Gutiérrez). También se contaba en la orilla del río con una reserva hispana al cargo del coronel Ruiz de Lanzarote. Según Síntes, «la contundencia del bombardeo, la buena coordinación del ataque, el hábil empleo de las tropas de refresco y el ejemplo del mando consiguieron desarbolar la defensa». Una vez cayó la ciudadela se obtuvo un cuantioso botín, tanto en lo que a armamento se refiere como a alimento y pecunio.

«Captura de Saigón por las fuerzas expedicionarias francesas y españolas»
«Captura de Saigón por las fuerzas expedicionarias francesas y españolas»- Léon Morel-Fatio

Sin embargo, nuestros aliados decidieron -como ya había ocurrido en Turana- no realizar un reparto parejo de las ganancias obtenidas con los maltrechos soldados españoles, que tanto habían sufrido en la toma de Saigón.

En cuanto a los meses posteriores, estos resultaron sumamente complicados para los ocupantes. A los pocos días de la toma de la ciudad se produjo un fuego intencionado que arrasó con todo a excepción del barrio chino. Claro ejemplo de la poco favorable opinión que tenían los nativos de los combatientes extranjeros. Mientras tanto, los soldados annamitas estaban decididos a recuperar el control de la población (la cual producía, gracias al comercio, grandes riquezas).

Abandonados y engañados

Por otro lado, las diferencias palpables en los beneficios que estaba suponiendo la expedición para franceses y españoles comenzaban a causar malestar en la Península. Dicho disgusto queda de relieve en una misiva enviada por el embajador hispano en París al ministro de Estado en lo referente a las conversaciones con su homólogo galo de Asuntos Extranjeros:

«(...) me había dicho, a saber: que si el resultado (de la expedición) era favorable, como creía, lo sería en los mismos términos para nosotros que para Francia, ya fuera respecto a tratados de comercio, ya a la posesión de territorio, lo mismo que a las demás ventajas que se obtuviesen; pero que en la actualidad y sin haber obtenido cosa alguna, no le parecía conveniente ocuparse de otra cosa que de alcanzar el principal y noble resultado que al concertar la expedición se habían propuesto la Francia y la España».

Iustración en la que se refleja la toma de la ciudadela de Saigón, a la derecha puede apreciarse una bandera española
Iustración en la que se refleja la toma de la ciudadela de Saigón, a la derecha puede apreciarse una bandera española- «En tierra extraña: Expediciones militares españolas» (EDAF)

Sin embargo, según iban pasando los meses se hacía cada vez más obvio que los codiciosos y desagradecidos galos pretendían hacer lo que les viniese en gana con los territorios ocupados. Buena muestra de ello fue la unilateral toma de decisiones con respecto a Saigón, para las que en ningún momento se tuvo en consideración a España. Flagrante acto de desconsideración con la labor de unos soldados que seguían defendiendo la posición estoicamente, acosados como estaban por las enfermedades y rodeados por un pueblo que los odiaba.

Las diferencias palpables en los beneficios que estaba suponiendo la expedición para franceses y españoles comenzaban a causar malestar en la Península

A este respecto, el teniente coronel Palanca se encontraba (y con razón) sumamente ofendido , ya que -según sus palabras- a diferencia de España la expedición «suponía para Francia un inmenso comercio, que le permitía reintegrarse de los gastos ocasionados por aquella guerra». El héroe de la toma de Saigón fue reconocido merecidamente desde la Península tras la salida de Ruiz de Lanzarote con destino a Cádiz. Se convirtió de esta forma en la persona al cargo de las fuerzas hispanas desplegadas en la zona. Desde el gobierno se le encomendó la labor de lograr para la patria lo que era justo: los mismos beneficios de los que disfrutaban sus supuestos aliados. Trabajo al que el teniente coronel se entregó en cuerpo y alma con escasos resultados.

Por otro lado, las complicaciones que le surgieron a los franceses en China obligaron a replegar gran parte de sus fuerzas ubicadas en la Cochinchina. Como explica Síntes, esto motivó que fuesen removidos también gran parte de los soldados hispanos con dirección a Manila, ya que no deseaban que estos permaneciesen en los territorios ocupados en manifiesta superioridad numérica. Fruto de esta medida, los efectivos españoles desplegados en Saigón se redujeron drásticamente a poco más de 200 combatientes acompañados por un contingente galo ligeramente superior.

A los engaños franceses se le debe sumar la despreocupación del gobierno en Madrid, más centrado ahora en otras acciones militares que en el sustento de sus soldados desplegados en la actual Vietnam. Como afirman Del Rey y Canales, los españoles pasaron todavía dos años más en tierras extrañas, librando durísimos combates en el olvido más absoluto, sin recibir ni armas ni refuerzo alguno.

Una vez tocó a su fin la guerra en China los franceses ubicados en la Cochinchina recibieron una ingente cantidad de refuerzos destinados a acabar de una vez por todas con el conflicto. Los españoles siguieron combatiendo fieramente aun siendo conscientes de su abandono.