Guimerá: cuando la Legión Extranjera Francesa aplastó a los carlistas en Cataluña

En septiembre de 1835 esta unidad participó en su primera gran batalla en tierras españolas: el asedio de un castillo en Lérida

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Proscritos y delincuentes, pero también valerosos héroes. Los soldados de la Legión Extranjera Francesa han pasado a la historia por sus actuaciones en México o Vietnam. Pero antes de ganarse a sangre y fuego sus galones fuera de Europa, los integrantes de este cuerpo combatieron también en España contra los boinas rojas de Carlos María Isidro. Hijos huérfanos de «la France» (la unidad fue instaurada después de que se prohibiera a aquellos que no fueran galos permanecer en el ejército nacional) en la Península demostraron su valía durante la Primera Guerra Carlista bajo la denominación oficial de Legión Auxiliar Francesa. Su bautismo de fuego más reconocido se sucedió en el castillo de Guimerá (en 1835) donde, además de su resolución, demostraron su crueldad fusilando (según varios historiadores) a una treintena de enemigos.

El que hoy en día es uno de los cuerpos de élite más letales del mundo nació en el siglo XIX como una unidad en la que aglutinar a delincuentes, proscritos y criminales. Un «cajón de sastre» alumbrado con el objetivo de eliminar la considerable presencia de forasteros en el ejército galo y tener así controlados a los posibles «elementos indeseables». Emilio Condado Madera, uno de los pocos expertos españoles sobre este grupo de combatientes, así lo explica en su conocida obra «La intervención francesa en España, 1835-1839»: «El 9 de marzo de 1831 el soberano francés firma le ley autorizando la formación de una Legión Extranjera. […] El objetivo de constituir una unidad de combate no era lo esencial […] se trataba de reagrupar a los extranjeros que deambulaban por el territorio».

Criminales y asesinos

De manos del conocido mariscal Soult (uno de los principales consejeros del monarca a la hora de crear la unidad), la Legión Extranjera Francesa estableció unas condiciones irrisorias de enganche. Todo ello, para favorecer que sus filas se llenaran de un amplio abanico de tunantes que abarcaba desde pobres marginados sociales, hasta crueles asesinos. La máxima era que todo aquel que se vistiera con su uniforme dispondría de una nueva vida. Su identidad pasada quedaría oculta. Y sus pecados y fechorías, olvidados. «La ventaja del anonimato abrió la puerta a todos ellos», añade el experto en su obra. El grupo se acabó convirtiendo en un refugio incluso para algunos oficiales del ejército galo que, de otra forma, habrían sido licenciados o expulsados por conspirar contra el país, por atesorar grandes deudas de juego, o por su precaria reputación.

Juntar todas aquellas manzanas podridas en un gigantesco cesto llamado Legión Extranjera fue, para sorpresa de todos, un verdadero éxito. En poco tiempo, a sus filas se unieron cientos y cientos de refugiados llegados de medio mundo. Los más habituales fueron los mercenarios italianos, los alemanes y -lógicamente- los belgas. La mayoría, pertenecientes a regiones que habían estado bajo el puño del «Pequeño Corso» Napoleón Bonaparte. Pero también abrazaron los galones de este nuevo contingente proscritos polacos y renegados españoles. Estos últimos, combatientes que ansiaban escapar de las garras de Fernando VII y sus persecuciones contra los liberales. De hecho, uno de los primeros batallones que se creó era de procedencia rojigualda casi en su totalidad.

La Legión Francesa Argelina en pleno ataque contra una trinchera carlista
La Legión Francesa Argelina en pleno ataque contra una trinchera carlista- ABC (Grabado)

A todos estos factores se sumó que los voluntarios podían inscribirse si tenían entre 18 y 40 años (un intervalo muy amplio), lo que derivó en un crecimiento más que veloz de la unidad. «La Legión creció deprisa al absorber gran número de aventureros y refugiados políticos, así como desertores de los diferentes ejércitos europeos», explica el historiador español Juan Bautista Vilar en su obra «Los españoles en la Argelia francesa». El autor recuerda en su documentada obra que, a principios de octubre de 1832, «el número de legionarios destacados en Argelia ascendía a 5.538 agrupados en siete batallones». Para desgracia franchute, con el paso de los meses las deserciones comenzaron a ser casi tan habituales como los partes de alistamiento. Algo en cierto modo normal. Al fin y al cabo, mantener la disciplina en un grupo tan variopinto era un trabajo complejo.

Tras una primera toma de contacto en tierras africanas (la unidad fue empleada en la conquista de Argelia y actuó en regiones como Orán y Annaba) la Legión Extranjera pasó casi un año llevando a cabo todo tipo de labores. En ese tiempo sus hombres se vieron obligados a dejar a un lado las armas y equiparse con herramientas para sanear caminos, levantar campamentos o construir senderos. «Las ocasiones de distinguirse militarmente eran entonces esporádicas. Hubo algunos enfrentamientos contra los rebeldes árabes, pero sobre todo se trataba de reconocimientos en lugares hostiles», añade Condado. En los meses posteriores, con todo, sus hombres protagonizaron contiendas en las que se ganaron a base de fusil y bayoneta una fama que les persigue a día de hoy: la de ser unos combatientes aguerridos que valoran a sus compañeros por encima de todo. No en vano uno de sus lemas es «Legio Patria Nostra» («La legión es nuestra patria»).

Europa dividida

Mientras la Legión Extranjera se curtía a sangre y fuego en los territorios coloniales franceses, en España se cocía a fuego lento un enfrentamiento protagonizado por los isabelinos (partidarios de que, tras la muerte de Fernando VII, el trono lo debía ocupar su hija Isabel) y los carlistas (que entendían que el verdadero monarca tenía que ser el hermano de fallecido, Carlos María Isidro). Lo que empezó en descontento pasó rápidamente a tensión y, finalmente, terminó en una guerra civil allá por 1833, cuando algunas regiones del norte de la Península se alzaron para defender sus ideas por las bravas (y por las armas). La contienda se materializó el 29 de septiembre de 1833, tras la muerte del monarca.

«El 22 de abril de 1834 se firmará en Londres el Tratado de la Cuádruple Alianza formada por Portugal, Inglaterra, Francia y España»

El escritor Josep Carlos Clemente explica en su obra «Breve Historia de las Guerras Carlistas» que, además de dividir España, la contienda separó claramente a las potencias internacionales. Rusia, Austria y Prusia fueron las primeras en constituir una alianza en 1833 mediante la que se autolegitimaron para intervenir a discreción en otros países si consideraban que lo que allí sucedía podía afectarles. Y otro tanto pasó con los países más cercanos a Isabel. «Los liberales formarán su internacional. El 22 de abril de 1834 se firmará en Londres el Tratado de la Cuádruple Alianza formada por Portugal, Inglaterra, Francia y España», explica el autor en su obra.

Entre otras tantas, los liberales establecieron en este tratado la premisa de impedir que don Carlos se alzara con el poder. Eso a nivel general. Francia, por su parte, se comprometió a establecer un cordón sanitario a lo largo de la frontera con el objetivo de impedir que los carlistas recibieran hombres, armamento o cualquier tipo de ayuda desde el exterior. Las medidas sirvieron en un principio para dañar al bando contrario a Isabel. Sin embargo, con el paso de los meses a los galos les quedó claro que debían hacer algo más si buscaban aplastar la rebelión. «En diciembre de 1834 [Francia] empezó a comprender que el bloqueo y el control de las zonas fronterizas eran medidas insuficientes contra una insurrección que seguía creciendo», explica el fallecido catedrático Javier M. Donézar Díez de Ulzurrun en su obra «La intervención francesa en la Primera Guerra Carlista».

Hacia España

Sobre el papel todo quedaba claro. Cristalino, más bien. La realidad, no obstante, era mucho más cruda y venía determinada por el miedo a un enfrentamiento con otras potencias extranjeras. Así lo demuestra el que, en abril -apenas cuatro meses después de la firma de la alianza-, el gobierno francés andara decidido a mantener sus «naricés» fuera de los asuntos de Isabel de forma oficial. Al fin y al cabo no andaban las cosas para meterse de lleno en una contienda que podía acabar en desastre. ¿Qué hacer para demostrar el apoyo a la monarca sin agitar el avispero europeo? ¿Cómo lograr ser un «monsieur» con su aliada española y, a la vez, evitar declararse en guerra abierta contra Don Carlos? La solución encontrada tuvo nombre y apellidos: la recién creada Legión Extranjera.

Como haría Francisco Franco más de un siglo después para contentar a Adolf Hitler, los galos decidieron enviar a la Península a esta unidad para combatir en nombre de Isabel, y bajo bandera española. «El 27 de junio se redactó un proyecto de Convención entre ambas naciones relativo a la entrada de la legión al servicio de la Reina. Es de interés constatar el cuidado de los términos por parte francesa: la legión en los ocho artículos del proyecto aparecía como un cuerpo de tropas mercenarias al servicio de Francia», completa Donézar. En la práctica, los galos lucharían bajo responsabilidad isabelina. Aunque en realidad eran más gabachos que una baguette envuelta en una bandera roja, blanca y azul.

Retrato de don Carlos
Retrato de don Carlos- Vicente López Portaña

Por si fuera poco (sí, el gobierno francés era capaz todavía de ser más retorcido), los mandamases galos pidieron «voluntarios» para acudir a España de una forma un tanto controvertida. Para empezar, establecieron que cualquier extranjero alistado en la Legión (la mayoría) que se negara a acudir a la guerra peninsular perdería su empleo y no tendría derecho a ser indemnizado. En el caso de los gabachos de pura cepa las cosas cambiaban, pero no para mejor. Si rechazaban el honor de combatir por Isabel serían degradados inmediatamente al cargo que ostentasen antes de acceder a la unidad. «En caso de negativa, los oficiales pasarían a la excedencia con medio sueldo y los suboficiales serían destinados a un cuerpo en África, caso de estar unidos al servicio por un lazo legal, y liberados si este era especial», añade el experto en su obra.

De esta guisa, poco podían hacer los afectados más allá de esbozar una amplia sonrisa y tragar lo que les viniese encima.... O eso creía el gobierno francés. Y es que, para sorpresa de todos, muchos legionarios franceses prefirieron acatar aquellas precarias condiciones antes que entrar en combate en tierras españolas. Al final (lo que son las cosas) los mandos optaron por tirar de orgullo franchute para motivar a sus hombres. Y parece que fue efectivo, pues el contingente enviado a tierras hispanas terminó sumando más de cinco millares de combatientes. Al menos, así lo recuerda el militar carlista Félix Lichnowsky en su obra «Recuerdos de la guerra carlista». El mismo texto donde no deja precisamente en buen lugar al grupo: «Este cuerpo de 6.000 hombres había sido vendido por Francia a España como un rebaño sin voluntad ni destino». Otras cifras hablan de entre 4.000 y 8.000 legionarios.

Llegan los héroes

La Legión Extranjera Francesa (oficialmente División Auxiliar Francesa) llegó a Tarragona el 17 de agosto de 1835. Aquel día fueron recibidos como héroes, tal y como quedó patente en el parte oficial del Gobierno Civil de la provincia: «Ha desembarcado esta mañana en el puerto la Legión Extranjera, compuesta por 4.500 hombres de infantería al mando del General Bernelle procedentes de Argel y conducidos por cuatro navíos, un bergantín de guerra y cinco gabarras francesas. El público ha admirado la disciplina de esta aguerrida tropa, su aire marcial y robustez, augurando los más felices resultados de su cooperación para consolidar el trono de S.M. Doña Isabel».

«Ha desembarcado esta mañana en el puerto la Legión Extranjera, compuesta por 4.500 hombres al mando del General Bernelle»

Como se podía leer en aquella información, al frente de la Legión Extranjera se hallaba Joseph Bernelle, un veterano de las guerras napoleónicas que (tal y como afirma Douglas Porch en su obra «The French Foreign Legion: A Complete History of the Legendary Fighting Force») había combatido junto al «Pequeño corso» en Italia, Alemania y Francia. Un soldado curtido, vaya. Pero también un sujeto que se terminó ganando el odio de sus hombres por ser sumamente estricto (solía insultar y vejar a sus legionarios), incluir a algunos de sus primos en la oficialidad del cuerpo y -en más de una ocasión- guardarse para sí los 25 francos que cada uno de los combatientes a su cargo recibió como regalo de la regente María Cristina. Su forma de actuar quedó clara en la misma Tarragona cuando, bajo sus órdenes, fueron ajusticiados varios desertores para dar ejemplo al resto de sus compañeros.

En todo caso, aquel día de agosto las calles se llenaron de aclamaciones para los recién llegados. Unos hombres a los que, posteriormente, se les sumaron más y más compañeros. «A finales de septiembre la División se encontraba al completo. El 21 habían desembarcado los legionarios del depósito de Tolón, y dos días más tarde, lo hacían 200 legionarios provenientes de Argel», destaca Condado en su obra.

El asedio que lo cambió todo

Tras su llegada a Tarragona, la Legión Extranjera se trasladó a Lérida el 25 de agosto. A partir de ese momento Bernelle empezó a sentir la frustración que le acompañaría hasta la disolución de la unidad pocos años después. Y es que, sus tropas fueron separadas y enviadas a múltiples misiones. Una forma de combatir que le impidió utilizar a sus hombres como un conjunto. Por si fuera poco, los carlistas se cebaron con los pequeños grupos de legionarios. Así pudieron corroborarlo algunos oficiales galos como el teniente Bazaine o el capitán Mallet. El primero se vio obligado a resistir con unos pocos subordinados el asedio de miles de navarros en el pueblo de Pons (ubicado a unos 130 kilómetros de Barcelona). El segundo, por su parte, tuvo que defender Artesa de Segre con 150 soldados contra fuerzas ocho veces superiores.

Sin embargo, estas batallas quedaron como escaramuzas cuando, en septiembre, la Legión Extranjera se trasladó hasta Guimerá (en Lérida) como parte del contingente del coronel Antonio Niubo, responsable del sector oriental de la región. La columna del oficial avanzó con tanta determinación hasta este pueblo catalán en persecución de los carlistas que protegían la zona (al mando de Rosset de Belianes), que estos prefirieron atrincherarse en el castillo del pequeño municipio antes que entablar batalla en campo abierto.

Los soldados que había a sus órdenes son discutidos. La mayoría de autores hablan de unos 500, pero en la crónica del siglo XIX «Teatro de la guerra: Cabrera, los montemolinistas y republicanos en Cataluña: crónica de nuestros días» se habla de 460. Fueran los que fuesen, todos ellos se encerraron en la fortaleza en espera de unos refuerzos que -por cierto- no llegarían nunca.

Restos del castillo
Restos del castillo- GUIMERA.INFO

Según se especifica en la misma crónica, el isabelino tomó la zona sin problemas con la ayuda de nuestros protagonistas: «Se apoderó del pueblo con la Legión Extranjera que iba a sus órdenes, ocupó los contornos, abrió zanjas y construyó parapetos». La contienda se planteaba dura. Más cuando, con el paso de las horas, empezaron a arremolinarse alrededor del castillo unidades leales a Doña Isabel. Estas son recogidas de forma pormenorizada por Condado en su libro: «Había tres compañías del 1º ligero, una de guías del Corregimiento de Cervera, otra compuesta por voluntarios catalanes y las cuatro compañías de la Legión [Extranjera] de Ferrary, capitán de origen italiano. Niubo contó pronto [también] con las columnas de Igualada y de Calvet, esta última dotada de artillería».

Cuando todos los preparativos estuvieron terminados, el oficial isabelino ofreció una rendición honrosa a Rosset. Pero este, como cabía esperar, le mandó... a darse un buen paseo por su tierra natal con no poca altanería. Entre los días 19 y 20 (atendido a las fuentes) se rompió el fuego. Tanto de fusilería como de artillería. Al final las balas (que abrían una brecha con cada descarga en los muros de la fortaleza) y el hambre obligaron a Rosset a capitular. La crónica «Teatro de la guerra» afirma que el carlista izó la bandera blanca cuando tan solo habían tronado sobre los cielos catalanes unos 12 disparos, algo que parece más bien exagerado. En todo caso, la victoria fue incontestable. «Recogió Niubo 317 fusiles, algunos sables, muchas bayonetas encajadas en el extremo de palos largos, y algunos caballos que montaban los jefes», se determina en el mismo texto.

A pesar de que la resistencia es definida por la mayoría de las fuentes como heroica (así lo afirman Condado o el autor Román Oyarzun en «Historia del carlismo») no hubo piedad para los defensores. En un intento de dar ejemplo, Rosset y varios de sus subordinados fueron fusilados por las tropas isabelinas (según dejan entrever algunos autores, por los hombres de la Legión Extranjera). El número no está claro, pero la crónica contemporánea «Teatro de la guerra: Cabrera, los montemolinistas y republicanos en Cataluña: crónica de nuestros días» ofrece la cifra más fiable: «Rosset y otros 35 fueron fusilados en el mismo Guimerá, otros 12 en Verdú, 22 en Tárrega y 3 en Igualada. El resto fueron conducidos a Lérida prisioneros. Semejante mortandad, que no puede mirar sin estremecerse un hombre sensible, eran acaso el triste resultado de las represalias».

Sargento de la Legión Extranjera, en 1859
Sargento de la Legión Extranjera, en 1859

Según explican algunas instituciones como el «Museo Zumalakarregi» en su página web (organización que se define como un «Centro de referencia para el conocimiento y disfrute del siglo XIX en el País Vasco»), la actuación de la Legión Extranjera aquel día fue tan bárbara que se ganaron el rencor de sus enemigos para siempre: «Esto hizo que los carlistas nunca les dieran cuartel y fusilaran a todo miembro de la legión que cayera en sus manos». Dicha teoría coincide con la visión que ofrecen otros autores como el máster en historia contemporánea Fernando Ballano en su dossier «Extranjeros en las Guerras carlistas». En el mencionado texto, el experto hace referencia a que nuestros protagonistas solían torturar a los prisioneros y señala también que -desde el principio- fueron informados de que los tratados que impedían fusilar a los enemigos capturados no se aplicaban a los extranjeros.

Estos fueron los inicios de la Legión Extranjera Francesa en España. Una unidad de combatientes que disfrutaba emborrachándose con su paga y que, a pesar del valor demostrado en múltiples contienda, sufrió de una gran escasez de comida, ropa y refuerzos durante su estancia en la Península. Al final, allá por 1837, la cantidad de bajas que había sufrido era tan grande, y los reemplazos tan escasos, que el grupo acabó licenciado. Desapareció. Sin embargo, fue el germen de la que, a día de hoy, es una de las unidades de élite más destacadas del ejército galo.