Giuseppe Morello:«Mano de Garra», el sangriento padrino de la primera familia de la Mafia en EE.UU.

La presencia de la Mafia en América se puede documentar muchos años antes de la llegada de «Mano de Garra» al continente, pero jamás al nivel de profesionalización ni con la estructura de una tradicional familia siciliana alcanzados con este miembro de la Cosa Nostra

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Giuseppe Morello viste con un chaqueta tosca, un pañuelo de cuadros arrugado al cuello y el aire rústico de un inmigrante italiano recién llegado a Nueva York en la fotografía que la Policía le tomó durante su primera detención en Estados Unidos. Una imagen lejos del estereotipo del mafioso italiano de traje impoluto, sombrero de fieltro y camisa de cuellos prominentes. Pero lo que no le falta a Morello, como el sangriento padre de la primera familia mafiosa de EE.UU. que fue, es la capacidad de aterrar con la simple mirada de sus insondables ojos de color negro azabache. O con esa malformación en su mano que le valió el apodo de «Mano de Garra».

La presencia de la Mafia en EE.UU. se puede documentar muchos años antes de la llegada de «Mano de Garra» al continente, pero jamás al nivel de profesionalización ni con la estructura de una tradicional familia siciliana alcanzados con este miembro de la Cosa Nostra. En el conjunto de Italia, entre 1860 y 1914, cinco millones de personas, lo que equivalía a una tercera parte de la población, se lanzaron a buscar trabajo fuera de la península itálica. A las primeras oleadas de trabajadores cualificados procedentes del norte, que fueron recibidos de forma amistosa en Nueva York, les siguió una segunda tanda de inmigrantes analfabetos y empobrecidos procedentes de Nápoles y Sicilia.

Entre las razones que se escondían detrás de este éxodo desde el sur, estaban las duras condiciones de su tierra natal, el servicio militar obligatorio para quienes no podían pagar por evitarlo y la interminable oleada de desastres naturales –sequías, inundaciones, terremotos, corrimientos de tierra y erupciones de volcánicas– que azotaron el país a finales del siglo XIX. Los más ingenuos de entre los inmigrantes creyeron, no obstante, que también podrían huir de las amenazas y chantajes de la sociedad secreta conocida por la prensa como la Mafia. Sus miembros lo conocían simplemente como la Honorable Sociedad. Evidentemente, los ingenuos estaban en un terrible error.

La Mafia italiana llegó de la mano de los inmigrantes a Nueva York, Nueva Orleans, Kansas City y el resto de ciudades que asumieron el grueso de la población italiana. Uno de ellos, Giuseppe Morello, y su familia arribaron en Nueva York procedente de la localidad de Corleone, en la empobrecida parte interior de Sicilia, a finales del invierno de 1893. «Mano de Garra» dejaba a su espalda una condena de seis años de prisión incomunicada por dirigir una trama de falsificación de dinero, la cual solo esquivó porque huyó a EE.UU a tiempo, donde bastaba con que no participase en un ninguna actividad criminal durante tres años para que su historial quedara limpio. Y así lo hizo exactamente en esa franja de tiempo. La familia Morello-Terranova malvivió durante tres años trabajando como yeseros e incluso residieron una temporada en el Estado de Tejas como aparceros de algodón.

Ignacio Lupo «El Lobo»
Ignacio Lupo «El Lobo»

Érase el sueño americano, salvo porque a Morello sin violencia y sin poder la vida le causaba una desagradable somnolencia. En cuanto la ciudad se recuperó de la crisis económica de 1893, «Mano de Garra» regresó a Nueva York para poner en marcha distintas vías de lo que mejor sabía hacer: aprovecharse de los más débiles. La actividad criminal de los mafiosos que acompañaron a sus honrados compatriotas a la Gran Manzana se extendían casi exclusivamente a Little Italy (la Pequeña Italia) y a East Harlem. Y se centraban en la extorsión a los comerciantes, el robo, el secuestro a otros inmigrantes y el control de la lotería italiana.

Lejos de la romántica visión del mafioso que es cruel pero justo, la Cosa Nostra, en realidad, era un grupo de matones que se aprovechaban sobre todo de la falta de interés policial en los barrios italianos.

Las falsificaciones y los asesinatos como base

Del lucrativo negocio de la extorsión a italianos adinerados (o que simplemente habían acumulado algo de dinero tras muchos años de trabajo), Morello regresó pronto al mundo de las falsificaciones de billetes que ya había explotado en el pasado. Junto a sus hermanastros, los Terranova, Morello apoyó su red de falsificación en otros sicilianos como Tommaso Petto «El Buey» –un aterrador matón encargado del trabajo sucio– o Ignacio Lupo «El Lobo» –un hombre de voz aguda y gestos amanerados, que se encargó de organizar las primeras actividades de blanqueo de dinero de la banda–. Se trataban de imitaciones toscas de billetes de cinco dólares americanos, pero que servían para engañar a pequeños comerciantes de la periferia, con gran predilección por los carniceros, los pescaderos y los que trabajaban por la noche, poco dados, todos ellos, a comprobar la textura del dinero.

Las cosas fueron bien hasta que la acumulación de cadáveres atrajo la atención de la Policía y salpicó de sangre a toda la red de negocios fraudulentos. Uno de los cadáveres más ruidosos fue el de Benedetto Madonia, un miembro de la banda que se encontraba señalado por cuestionar la autoridad del jefe y terminó asesinado brutalmente. El 14 de abril de 1903, una mujer de la limpieza llamada Frances Connors encontró a Madonia metido en un barril en medio de East Side, que pasaba por ser uno de los barrios más pobres de Nueva York en ese momento. Las mutilaciones del cadáver, que tenía la garganta y la yugular cortada, casi decapitada, y el que hubiera sido depositado en un lugar público evidenciaban que se trataba de un aviso de la Mafia.

Sin conocer siquiera la identidad de la víctima, la Policía de Nueva York tardó semanas en unir las piezas y seguir el rastro hasta Morello. Como el historiador Mike Dash narra de forma minuciosa en «La Primera Familia» (Debate, 2010), las investigaciones de William Flynn, del Servicio Secreto (entonces encargados de perseguir la falsificación de billetes además de proteger al presidente), y el trabajo de campo de los detectives Arthur Carey y Joseph Petrosino terminaron poniendo en jaque a toda la organización criminal de Morello. Si bien las condenas finalmente solo afectaron a miembros menores de la banda, el caso colocó a Morello en el mapa de los grandes capos del país.

Pero antes incluso de que el asesinato del barril comprometiera el futuro de toda la familia Morello-Terranova, «Mano de Garra» llevaba tiempo reflexionando sobre la necesidad de que la totalidad de los miembros de su banda fueran al menos sicilianos, preferentemente de Corleone, y a poder ser emparentados entre sí.

Salvo los irlandeses encargados de pasar los billetes falsos a los comerciantes, que fueron detenidos en 1900 y no dudaron en colaborar con la Policía para evitar penas mayores, la práctica totalidad de la banda se había mantenido hermética durante los interrogatorios sobre el negocio de la falsificación y posteriormente en lo respectivo al asesinato de Benedetto Madonia. Tras realizar una pequeña purga en su organización, que costó la vida de Tommaso Petto «El Buey», entre otros, Morello culminó la fundación de la primera familia de la Mafia en EE.UU. de la que se tiene noticia.

Gaspare Candella fue hallado muerto en un barril el 8 de noviembre de 1918. Se trataba del mismo método usado 15 años antes con Benedetto Madonia
Gaspare Candella fue hallado muerto en un barril el 8 de noviembre de 1918. Se trataba del mismo método usado 15 años antes con Benedetto Madonia

Su banda era íntegramente siciliana: desde los soldados a los capos. Asimismo, mientras la mano derecha de Morello, Lupo, se casó con una de las hermanas Terranova, el propio jefe de la familia se emparentó ese mismo año con la que sería su segunda mujer, Marie Morello, hija de un mafioso local de Corleone. Los contactos del siciliano se extendían así de Europa hasta Los Ángeles. Coincidiendo con estos años de mayor poder y más ingresos económicos, «Mano de Garra» fue elevado al título de «capo de los capos de la Honorable Sociedad». Era, no obstante, un cargo más simbólico que efectivo, puesto que la Mafia americana todavía no era más que un conjunto de bandas repartidas por una decena de ciudades a la sombra de otros grupos criminales con mayor tradición, pero dotaba a Morello del reconocimiento para hacer las veces de árbitro y consejero en todos los temas correspondientes al crimen italoamericano.

La crisis inmobiliaria de 1907 –la primera recesión global de la Historia– derribó cuando estaban en la cumbre a Morello y a sus socios, quienes habían dedicado la mayor parte de sus beneficios fraudulentos a la construcción. Cuando los acreedores consiguieron lo que ninguna banda había siquiera soñado, que Morello huyera aterrado de la ciudad por una temporada, la familia se vio obligada a regresar al lucrativo negocio de la falsificación de billetes. En esta ocasión, la calidad de los billetes alcanzó cotas de mayor detalle y los ingentes beneficios permitieron a «Mano de Garra» recuperar toda su fuerza criminal. Sin embargo, un cabo suelto, uno con acento calabrés, supuso la perdición de toda la familia.

Morello se convierte en consejero de Masseria

El nuevo negocio de falsificación de billetes se realizaba desde una cabaña remota en Highland, un pequeño pueblo al norte del Estado de Nueva York, donde un improvisado grupo de impresores trabajaba día y noche en el más absoluto secreto. Uno de ellos se llamaba Antonio Comito, y había viajado engañado junto a su amante a la cabaña. Allí estuvo casi dos años amenazado de muerte y siendo víctima de numerosas vejaciones. Años después de su traumática experiencia, el agente del Servicio Secreto William Flynn se topó casi por casualidad con el testimonio de este inofensivo calabrés e hizo todo lo posible para persuadirle de que declarara ante un juez. A cambio de protección y de una pequeña cifra económica, Comito «La Oveja» presentó pruebas contra Morello, Ignacio Lupo y todos los integrantes de la banda dedicados a la falsificación. El día que el juez fijó una condena de 25 años de trabajos forzados a Giuseppe Morello, éste cayó al suelo desmayado e incluso sufrió convulsiones. Ignacio Lupo «El Lobo», condenado a 30 años, se limitó a sollozar «hasta empapar un pañuelo entero con sus lágrimas».

Tras pasar en la cárcel diez años, un envejecido Morello regresó a las calles italianas de Nueva York, en 1920, solo para descubrir que todo había cambiado dramáticamente. La competencia entre familias sicilianas cada vez era mayor, la irrupción de la Camorra napolitana había sido frenada a un alto coste en sangre y los beneficios que la Ley Seca habían abierto convertían en minucias las cifras que Morello manejó en sus mejores años. Por aquel entonces, la familia Morello-Terranova se mantenía aliado con Joe «El patrón» Masseria, un siciliano de modales groseros y escasa cultura que ejercía como «capi di tutti capi».

Cansados de su autoritarismo y codicia desmedida, el resto de familias se conjuraron contra Masseria en lo que vino a llamarse la guerra de Castellammarese. Giuseppe Morello, en tanto, hizo las veces de consejero del «capi di tutti capi», con tan buenos resultados que la guerra iba camino de elevar al grosero siciliano a criminal más poderoso del país. No en vano, el otro bando, dirigido por Salvatore Maranzano –un sofisticado e inusualmente culto gánster también procedente de Sicilia– vio con claridad que el primer paso para finalizar la guerra pasaba por sacar del tablero de juego a Morello.

«Joe The Boss» Masseria
«Joe The Boss» Masseria

«Maranzano solía decir que, si confiábamos en ganar la guerra, teníamos que coger a Morello antes de que el viejo zorro dejara de seguir su rutina cotidiana. En el momento que decidiera ocultarse, el viejo podría subsistir para siempre a base de pan duro, queso y cebollas», recordaría años después Joe Bonnano, jefe de una de las cinco familias mafiosas de Nueva York. Así, antes de concederle la ocasión de cambiar su rutina, Maranzano envió a tres asesinos a la oficina que Morello mantenía en el corazón del Harlem italiano. Cuando Morello entreabrió la puerta al oír las pisadas de alguien acercándose, los asesinos se percataron de que «el viejo zorro» se encontraba acompañado de otras dos personas y prefirieron no correr riesgos, acribillando a balazos la habitación. Giuseppe Morello pudo salió tambaleándose de su oficina antes de recibir dos tiros más casi a bocajarro.

El primer capo de capos de EE.UU. murió el 15 de agosto de 1930 atravesado por siete balas, vistiendo, ahora sí, un sombrero de fieltro y un traje impoluto.

Pese a tener más hombres y más recursos que sus enemigos, Masseria fue cediendo terreno sin la astucia y la veteranía de «Mano de garra» de su lado. El 15 de abril de 1931, un joven y ambicioso Lucky Luciano, que más tarde se alzaría como el mayor narcotraficante a nivel mundial, traicionó a su jefe Masseria, que fue tiroteado en un restaurante mientras engullía un plato de pasta (otras versiones afirman que estaba a punto de conseguir una escalera de color jugando al póker), a cambio de que Salvatore Maranzano le otorgase la jefatura de la banda y el permiso para hacer negocios con gánsters de otros grupos raciales. Pero, como Morello había descubierto solo con su muerte, el nuevo capo de capos iba a constatar que la segunda generación de mafiosos era todavía más despiadada y codiciosa de lo que lo había sido nunca la vieja guardia. Antes de que acabara ese mismo año, Luciano asesinó a Maranzano y dio comienzo a uno de los mayores imperios criminales del siglo XX.