El divino Ramsés II acabando con el enemigo hitita - ABC

La furia divina del «victorioso» faraón Ramsés II en la batalla de Qadesh

El gobernante del Alto y Bajo Egipto empleó este enfrentamiento contra los hititas como ejemplo de su habilidad militar. Sin embargo, los errores cometidos durante su camino hacia Siria bien podrían haberle costado la vida

MadridActualizado:

La batalla de Qadesh ha pasado al memorando colectivo como uno de los enfrentamientos más impresionantes de la antigüedad. La pugna entre los hititas y el monumental faraón Ramsés II es considerada -habitualmente- como el episodio bélico que contó con un número mayor de carros de combate y que tuvo como final la victoria incontestable del coloso egipcio.

Sin embargo, la falta de precauciones y la temeridad de la que hizo gala el tercer gobernante de la XIX dinastía bien podrían haber llevado a sus ejércitos a una pronta y sangrienta masacre a manos del enemigo.

Colosos enfrentados

Fue la XIX dinastía, cuyo inicio tuvo lugar con la subida al trono del visir Pramesse (quien gobernó como Ramsés I) cuando Egipto se decidió a recuperar su papel anterior como principal potencia económica y militar en Oriente Próximo. Debido a dicho interés, el faraón Seti I -hijo y sucesor del entronizado militar- entendió que el dominio de Siria era de vital importancia para lograr la hegemonía en la zona, la cual a finales del XVIII linaje había ido a parar al Reino de Hatti y a su todopoderoso ejército.

Tras varias campañas victoriosas en Palestina, Seti puso definitivamente sus ojos en las otrora posesiones faraónicas de Qadesh y Amurru. Estas posiciones habían sido tradicionalmente localizaciones en disputa entre el temible rival hitita -gobernado en aquellos momentos por Muwatalli- y el imperio egipcio.

La campaña emprendida por el segundo gobernante de la XIX dinastía se saldó con victoria y la recuperación del vasallaje de los dos enclaves. Sin embargo, estos hechos parecen haber dado lugar al inicio de una «guerra fría» entre los dos colosos de la antigüedad, los cuales se vieron en la obligación de compartir la influencia en los territorios sirios.

Parece ser, como señala Mark Healy en «Qadesh 1300 a.C.» que en el transcurso de los últimos años del reinado de Seti -con el objetivo de limar asperezas- se llevó a cabo un acuerdo entre el reino de Hatti y Egipto. Según este, Qadesh y Amurru volvieron a estar dentro del ámbito de influencia hitita.

Este acuerdo permaneció en vigor durante algunos años hasta la llegada al trono del expansionista hijo de Seti: Ramsés II, quien estaba decidido a hacer de Egipto la potencia indiscutible de Oriente Próximo.

Ramsés II, genio militar

Antes de que el beligerante Ramsés ocupase el puesto de faraón en 1279 (hay discrepancias acerca de la fecha exacta), este ya había demostrado grandes aptitudes para la vida militar.

Durante el tiempo en que ocupó el cargo de corregente de su padre participó en varias campañas llevadas a cabo en territorios como Libia y Canaán.

Fue debido a la destreza demostrada por este joven guerrero en el ejercicio de sus funciones que -como señala Chistiane Desroches en «Ramsés II: La verdadera historia»- se le autorizó a conmemorar esa promoción a corregente como si de un faraón se tratase. Con tal fin, se representó a sí mismo en un hemispeo cercano a Asuán con la indumentaria propia de un gobernante del Alto y Bajo Egipto.

Antes de que el beligerante Ramsés ocupase el puesto de faraón, ya había demostrado aptitudes para la vida militar

Una vez fue coronado a la muerte de Seti -y tras un periodo inicial que dedicó a ocuparse de asuntos internos del imperio- el belicoso faraón hizo de la Siria hitita su más oscuro objeto de deseo y el epicentro de todas sus ambiciones. El objetivo no era otro que el de sus antecesores de la XIX dinastía: Devolver a Egipto a una posición privilegiada y ejercer un poder incontestable en la zona.

Es debido a esta ambición que la guerra contra el todopoderoso reino de Hatti se antojaba ineludible.

Como explica Trevor Bryce en su obra «El reino de los hititas» el relato que se conoce de la batalla de Qadesh -el cual se encuentra representado en los muros de cinco templos (Ramesseum, Luxor, Abydos y Abu Simbel)- es exclusivamente egipcio y este podría estar lleno de exageraciones.

Templo de Abu Simbel
Templo de Abu Simbel- ABC

Según las cifras que ofrece Ramsés referentes al número de enemigos, este habría sido de 47.500 combatientes, entre los que se encontrarían 3.500 carros y 37.000 soldados.

Con el objetivo de deshacerse de Hatti de una vez por todas, el belicoso faraón habría reunido cuatro divisiones, a las cuales otorgó nombres de dioses: (Ptah, Set, Re y Amón).

Peligrosa confianza

El contingente egipcio salió de la ciudad de Pi-Ramesses con dirección a Qadesh y, como no podía ser de otra forma, el aguerrido faraón se encontraba a la cabeza del mismo acompañado por la división Amón. El avance de Ramsés fue tan veloz que la distancia entre este y los otros tres grupos restantes de su ejército aumentaba progresivamente. Debido a esto y a la falta de planificación una vez se encontraba ya en terreno enemigo, el peligro de que el gobernante fuese sorprendido por un ataque hitita era considerable.

Encontrándose ya cerca de Qadesh, el divino gobernante y la división Amón entraron en contacto con dos espías del bando hitita, los cuales ofrecieron sus servicios de forma incondicional a Ramsés y sus huestes. Al ser cuestionados acerca de las posiciones enemigas, estos las situaron bastante al norte de la localización del contingente del faraón: en el País de Alepo. La treta había sido orquestada por el mismísimo Muwatalli con el objetivo de pillar por sorpresa al ejército egipcio a la hora de librar la batalla.

Efectivamente, el conquistador Ramsés cayó en la tela de araña tejida por Hatti, y si bien durante su avance había sido poco precavido, esta situación se mantuvo en adelante hasta su llegada a Qadesh: lugar donde el enemigo ya le estaba aguardando.

La treta había sido orquestada por el mismísimo Muwatalli con el objetivo de pillar por sorpresa al ejército egipcio

Debió ser fruto de la providencia, que estando ya situado el expansionista faraón al noroeste de la ciudad, este tuvo la fortuna de capturar a dos exploradores enviados por Muwatalli para conocer con exactitud la posición de las tropas invasoras. Gracias a los testimonios de estos dos cautivos, el despreocupado gobernante comprendió la difícil situación en la que se encontraba. Las tropas de Hatti -a las que se habían sumado no pocas naciones aliadas- se encontraban al otro lado del río Orontes y, para más inri, el gobernante del Alto y Bajo Egipto estaba sumamente distanciado del grueso de sus ejércitos debido a la celeridad de su avance.

Ramsés era consciente de la delicada situación y de las pocas probabilidades de victoria con las que contaba en caso de que no consiguiese agilizar la llegada de las tres divisiones restantes. La de Re se encontraba cerca de la posición del faraón. Sin embargo la de Ptah, y sobre todo la de Set, estaban a una distancia considerable de la ciudad siria. El gobernante tomó la determinación de enviar con presteza varios emisarios a los grupos rezagados. El objetivo era que los informasen acerca de ladifícil coyuntura en la que se encontraba el dios viviente y se apresurasen en su auxilio.

En el momento en que la división Re (la más cercana al campamento del faraón al noroeste de Qadesh) se aproximaba al lugar donde se hallaba el desdichado Ramsés, las tropas Muwatalli cruzaron el río y lanzaron un contundente ataque sembrando la confusión entre las huestes faraónicas y obligándolas a huir.

Mientras los restos de Re escapaban despavoridos con los carros hititas pisándoles los talones, Ramsés II hizo empleo de todo su coraje y dio comienzo a su imborrable leyenda.

El dios guerrero

Montándose en su carro junto a su fiel caballerizo Menna, el faraón se enfrentó a los 2.500 carros hititas que le cercaban haciendo gala de una confianza y una capacidad militar sin igual. Imbuido por un fervor religioso, y sabedor de que la mano del dios Amón le protegía y le alentaba en esta temeraria empresa, Ramsés comenzó a masacrar al enemigo con sus flechas provocando incredulidad y pavor entre sus filas.

Como explica Desroches, en uno de los relieves de los templos que hacen mención a lo acontecido en esta batalla, se señala como los hititas aseguraban: «Es como el huracán cuando surge del cielo, su potencia es como la llama en los rastrojos».

Ramsés comenzó a masacrar al enemigo con sus flechas provocando incredulidad y pavor entre sus filas

A pesar del cuasi divino contraataque orquestado por el todopoderoso faraón, el mayor número de carros con los que contaba hatti hizo de esta ofensiva temeraria un acto heroico pero insuficiente. Fue en ese momento cuando los «naharinos» entraron en escena para prestar apoyo al titán egipcio. Estos se encontraban en la ciudad de Amurru y acudieron prestos a apoyar al necesitado dios viviente en tan hercúlea empresa.

Realizaron una formación en cuadrado -escudo con escudo- y, como señalan las fuentes, rodeados por carros de combate. Este recién llegado contingente liberó al cercado faraón y a sus diezmadas tropas envolviendo en una pinza a los hombres de Muwatalli.

El temerario Ramsés castiga al derrotado Hatti
El temerario Ramsés castiga al derrotado Hatti

Gracias a la providencial entrada en escena de los naharinos, Ramsés y sus hombres pudieron resistir el empuje hitita hasta la llegada de la división Ptah. Fue este el momento en que los carros de los dos todopoderosos imperios se vieron envueltos en uno de los episodios más memorables de la batalla.

Como explica Healy, el gran logro egipcio en Qadesh fue el haber mellado el poder ofensivo de los carros hititas, de tal forma que privaron a Muwatalli del arma en que había confiado su victoria.

La «derrota» hitita

El empuje de los hombres del faraón obligó a los de Hatti a retroceder hacia el Orontes. En contraposición a la heroica imagen de Ramsés, las fuentes nos muestran a un Muwatalli que permaneció en todo momento junto a su infantería y no llegó a entrar en combate en momento alguno.

Entre los errores del gobernante hitita, los cuales condujeron a sus tropas a este trágico final, habría estado el no haber empleado inexplicablemente en la ofensiva todos los hombres con los que contaba.

Fue a la mañana siguiente cuando las victoriosas -a la par que diezmadas- divisiones de Ramsés recibieron del angustiado Muwatalli la petición de paz. Debido a las grandes pérdidas de ambos ejércitos -así como al elevado número de carros de combate e infantería de refresco con los que contaba todavía en desventurado gobernante hitita- el belicoso faraón decidió atender al consejo de sus oficiales y desandar el camino hacia la tierra del Nilo.