Las extrañas prácticas sexuales de los antiguos egipcios que hoy resultan perturbadoras

Sobre las famosas orgías que evocan tanto la Antigua Grecia como el Antiguo Egipto, se cree que había ceremonias religiosas que conllevan la práctica de sexo en grupo relacionadas con los ritos de la fertilidad. La masturbación masculina tenía un trasfondo casi sagrado

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La necesidad de preservar lo que luego se llamaría, de forma aproximada, «sangre azul» y las alianzas entre dinastía reales obligó a los reyes europeos a casarse entre primos, estirando la endogamia a niveles prohibitivos. Una exigencia de las dinastías reinantes que encuentra su más remoto germen en el Antiguo Egipto. Los faraones permitían el matrimonio entre hermanos y, en algunos casos, también entre padre e hija, con el fin de preservar la pureza del linaje. Algo que hoy en día resulta chocante, pero que responde a la forma en la que interpretaban los egipcios la sexualidad en el periodo que les tocó vivir. El incesto estaba permitido entre monarcas y la circuncisión, práctica adoptada posteriormente por los judíos, tenía un carácter ritual en la ceremonia de iniciación a la adolescencia.

Sexo explícito en las representaciones

La represiva época en la que nació la egiptología, en plena moralidad victoriana, pospuso durante más de un siglo el estudio en profundidad del sexo en el Antiguo Egipto. Los egipcios entendían el sexo desde una visión muy pragmática, siendo la pasión desenfrenada algo que les resultaba difícil de comprender. Tal vez por ello a los violadores, esto es, los que actuaban como animales sin poder contener sus bajas pasiones, les estaba reservada una pena tan drástica como la castración.

Según la idea extendida sobre todo por la literatura, la sexualidad era algo muy familiar para los egipcios antiguos y carecían de muchos de los tabúes sexuales que hoy presiden la sociedad occidental, entre otras porque la benévola climatología del país obligaba a que la ropa fuera ligera y a veces fueran directamente desnudos (los campesinos aparecen sin ropa realizando su trabajo en muchas representaciones). Pero ni tanto ni tan calvo. Las referencias iconográficas al sexo a lo largo de los cinco milenios de esta civilización no son tantas como para comprobar si muchos de estos mitos sexuales estaban extendidos o solo eran escenas puntuales.

Fragmentos del papiro expuestos en el Museo de Egipcio de Turín
Fragmentos del papiro expuestos en el Museo de Egipcio de Turín

Lo que sí está claro es que en las referencias son bastante explícitas. Según el profesor Jorge Roberto Ogdon en su texto «Apuntes sobre las erótica egipcia y la sexualidad en el Antiguo Egipto», «el acto sexual, en el Egipto faraónico, según la evidencia disponible, se representó de una manera natural y sin tapujos», sin que haya otra civilización comparable. El egiptólogo francés Jean-François Champollion (1790–1832), imbuido por la moralidad de la época, encontró chocante lo abiertamente que representaban el sexo estas civilizaciones: «Había imágenes de monstruosa obscenidad que realmente me dieron una extraña impresión acerca de la sabiduría y compostura egipcia». En concreto se refería al «Papiro Erótico de Turín», uno de los escasos documentos que hablan de la conducta sexual de los antiguos egipcios. En la desgastada superficie de estos papiros se puede ver a miembros de la corte, los sacerdotes y altos cargos en plena orgías, todo acompañado con frases tan poco sutiles como «Ven y métemela por detrás».

Enlaces con fines reproductivos; orgías religiosas

La mujer gozaba de una notable independencia en comparación con otros pueblos –sin ir más lejos no se encontraba bajo la dependencia legal del marido– y no sufría presiones por llegar virgen al matrimonio. Los enlaces tenían lugar a una edad muy temprana, en contraste con la sociedad griega que mantenía a los hombres separados de las mujeres hasta una edad avanzada. Ellas solían casarse con catorce años y ellos con dieciséis. No había ceremonia de casamiento ni los enlaces eran sancionados por alguna autoridad; se entendía que eran pareja cuando se iban a vivir juntos y se realizaba un contrato sobre la futura crianza y custodia de los hijos.

Esta incapacidad de hallar pruebas de ceremonias de casamiento ha fascinado durante décadas a los historiadores. El egiptólogo Montet en su obra «La vida cotidiana en Egipto en tiempos de Ramsés», recoge el testimonio de una joven recién casada con uno de los hijos del faraón: «Me llevaron como esposa a casa de Naneferkaptah. El faraón ordenó que me entregaran espléndidos regalos en oro y plata y todas las personas de la casa real me los presentaron». Bastaba con que la pareja viviera junta para que empezara el matrimonio.

Ramsés en el templo de Tebas.
Ramsés en el templo de Tebas.- Wikimedia

El objeto del matrimonio era reproductivo, en tanto la infertilidad era motivo de divorcio. La poligamia estaba permitida pero no era frecuente, salvo entre las clases dirigentes que, respetando la posición de la esposa en el entorno familar, mantenían varias concubinas. En el momento de su muerte, a la edad de 91 años, Ramsés II aseguraba haber tenido más de 20 reinas y una multitud de concubinas. En los textos antiguos se recoge que fue padre de más de 100 hijos. Y lo mismo ocurría con los matrimonios incestuosos, que solo estaban reservados para los faraones.

Sobre las famosas orgías que evocan tanto la Antigua Grecia como el Antiguo Egipto, se cree que había ceremonias religiosas que conllevan la práctica de sexo en grupo relacionadas con los ritos de la fertilidad. Un asombrado Herodoto, historiador griego del siglo V, describió con todo detalle una de las orgías celebradas en nombre de la diosa felina Sejmet Bastet en la ciudad de Bubastis: «Las barcas, llenas de hombres y mujeres, flotaron cauce abajo por el Nilo: Los hombres tocaban flautas de loto, las mujeres címbalos y los panderos, y quien no tenía ningún instrumento acompañaba la música con palmas y danzas. Bebían mucho y tenían relaciones sexuales. Esto era sí mientras estaban en el río; cuando llegaban a una ciudad los peregrinos desembarcaban y las mujeres cantaban, imitando a las de esa ciudad».

Prostitución en tiempos remotos

De la prostitución resulta complicado saber si existía un equivalente exacto de lo que hoy se considera una práctica alegal en España. En el Reino Nuevo las denominadas casas de cerveza contaban con mujeres de vida alegre, quienes se identificaban con llamativas pelucas, perfumes y pintalabios. Las prostitutas comunes eran conocidas con el nombre egipcio de «kat tahut» (vulva). El estudio de documentos como el Papiro Erótico de Turín parece probar que estas trabajadoras del sexo eran, además, bailarinas y músicas.

Desde el punto de vista religioso se les consideraba mujeres impuras y estaban estigmatizadas socialmente. De nuevo Herodoto cuenta como el faraón Keops al quedarse sin dinero obligó a su hija a ejercer de prostituta como un acto de pura «maldad». Asimismo, se cree que existieron las conocidas como felatrices, que eran prostitutas especializadas en las felaciones y se distinguían por el color rojo intenso de sus labios. Una práctica aceptada en contraste con el conservadurismo de los romanos, que consideraban el sexo oral como algo impuro.

Paradojicamente, la estimada como una de las primeras referencia al sexo oral en la historia está incluida en un mito egipcio. Después de que el dios Osiris fuera asesinado y descuartizado por su hermano Seth (el mal), su esposa y su hija viajaron alrededor del mundo recolectando todos los pedazos del cuerpo de Osiris. Al no encontrar su miembro viril, su esposa esculpió un pene en arcilla, lo unió a su cuerpo y le devolvió a la vida a través de una felación.

El valor sagrado del sexo

Otro mito recurrente para los egipcios es el del valor sagrado del semen. Los egipcios creían que el dios Atum («El que existe por sí mismo») se formó de la nada, tras lo cual se masturbó y de su semen nacieron los dioses que le ayudarían a crear y gobernar el universo. Es por ello que los egipcios consideraban el flujo del Nilo como parte de la eyaculación de Atum y apreciaban que también el faraón debía contribuir a mantener vivo el río. El faraón de turno encabezaba cada año una ceremonia en conmemoración al acto del dios que consistía en dirigirse a la orilla del Nilo a masturbarse, cuidando que el semen cayera dentro del río y no en la orilla. Posteriormente, el resto de los asistentes a la celebración hacía lo propio.

Por el Papiro de Ebers, además, hay constancia de que la necrofilia no estaba gravemente censurada, como lo ha estado en todas las civilizaciones a lo largo de los siglos. Según este documento durante el reinado de Amenhotep I se descubrió que los embalsamadores cometían estas prácticas, sin que ninguno de ellos fuera castigado por llevar a cabo dicha parafilia. Lo cual no significa que fuera aceptado socialmente: los familiares de las mujeres fallecidas comenzaron a contratar guardias que vigilaran los cuerpos.

En este sentido, la creencia de que el dios Osiris, la primera momia, fue resucitada por su esposa Isis estableció que todos los muertos tenían que copular con su Ba (alma) antes de pasar al otro mundo. Es por ello que la ceremonia de apertura de la boca que se hacía en las tumbas en el Antiguo Egipto consistía también en abrir todos los orificios del cuerpo, incluyendo los relacionados con la práctica sexual.

La zoofilia también aparece mencionada en las imágenes que han llegado hasta hoy, lo cual no resulta extraño ya que los propios dioses eran representados con rasgos animales. Resulta imposible saber si se trata de algo más que una sátira o si realmente estaba tolerada esta parafilia. Por cierto, que entre los objetos más extraños hallados por los arqueólogos se encuentra un primitivo consolador fabricado con restos del pene de un cachalote.