Mühlberg, donde once heroicos españoles decidieron el destino de los Tercios

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Según la tradición, la Historia atesora los nombres de los reyes y oficiales, pero nunca los de los soldados que luchan en las batallas. Así pues, para ganarse un sitio en la memoria, los combatientes anónimos tienen que protagonizar alguna proeza que les garantice un hueco en los libros. Precisamente eso es lo que sucedió en la batalla de Mühlberg –antigua Sajonia- durante 1547, donde el ejército del Sacro Imperio Romano Germánico obtuvo la victoria gracias a once soldados españoles que, arriesgando sus vidas, cruzaron el río Elba bajo el intenso fuego enemigo para garantizar un paso seguro a sus compañeros.

Era rey entonces del trono hispano un entrado en años –y en achaques- Carlos I de España y V del Sacro Imperio Germánico, quién, desde 1519, lucía también orgulloso el título de Emperador. Eran, en definitiva, buenos tiempos para el joven rey, pues había conseguido unir bajo su ornamentado cetro los territorios de la actual Austria, Alemania, parte de Italia e, incluso, Bélgica (Flandes).

Un problema celestial

Con todo, y a pesar de que disponía casi de tantas regiones, su Majestad no disfrutaba de un minuto de respiro al tener que velar constantemente por su imperio. Así pues, ya fuera bajando los humos a «la France» en batallas como la de Pavía, o luchando en representación del catolicismo contra los turcos, lo cierto es que este belga de nacimiento siempre viajaba cargado con la espada, la armadura y el escudo.

Carlos I se encontraba también hasta su real bastón de mando de los problemas de culto que, desde Alemania, llegaban a su palacio día sí y tarde también. Y es que, a comienzos del siglo XVI se había extendido a lo largo y ancho de la región teutona el protestantismo, una escisión de la tradicional religión europea (el catolicismo) que rápidamente cautivó a una buena parte de la población germana y provocó varios enfrentamientos contra las tropas del emperador.

Sin embargo, estos pequeños combates no fueron más que el inicio de lo que, con el paso de los meses, se convirtió en una sangrienta guerra a espada y arcabuz entre los príncipes alemanes partidarios de Martín Lutero –el fraile que, mediante su dura crítica a la iglesia católica había motivado la aparición del protestantismo- y su Majestad Imperial.

Finalmente, la situación terminó de recrudecerse cuando los protestantes formaron una alianza defensiva en contra del catolicismo. «La intransigencia de los protestantes imposibilitó todo acuerdo con el Emperador, y la situación escaló cuando en (…) 1530 varios príncipes pro-luteranos se reunieron en la ciudad de Esmalcalda (Schmalkalden) y (firmaron) un tratado (…) que marcó el nacimiento de la llamada “Liga de Esmalcalda”», explica Mario Díaz Gavier en su obra «Mühlberg 1547. El apogeo de Carlos V» de la colección «Guerreros y batallas» editada por «Almena».

No hubo nada más que apuntar. Hasta las fosas nasales como estaba, su imperial realeza declaró proscritos a Lutero, a los príncipes alemanes de la Liga y a todo bicho viviente notorio amante del protestantismo para después pertrecharse e iniciar camino hacia Alemania. De nada valieron los posteriores tratados; Carlos había tomado la decisión de derramar sangre.

«Cuando el emperador estuvo en condiciones de hacer frente a este problema –que hasta entonces sólo había podido atacar con conversaciones y acción política– (inició) una acción militar que pusiera freno a la imparable expansión de Lutero en Alemania. Para ello (…) ordenó la marcha de los suyos, desplegados por todos sus dominios», señala Andrés Más Chao en el volumen titulado «La infantería en torno al Siglo de Oro» de la obra conjunta «Historia de la infantería española».

Primeros combates

Para dirigir a su ejército en esta aventura alemana, el emperador seleccionó en primer lugar a su hermano, Fernando I –rey de Hungría y Bohemia– y, en segundo término, al Duque de Alba (Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel).

La expedición imperial pisó Alemania varios meses después, aunque no en su totalidad, lo que provocó que el Duque de Alba tuviera que ingeniárselas para plantar cara y espada a los protestantes hasta la llegada de refuerzos. «Alba, nombrado generalísimo, inició una serie de marchas y contramarchas por las orillas del Danubio que consiguieron mantener en continua situación de inferioridad operativa al enemigo, que no se atrevía a presentarle batalla. Tras la llegada de los efectivos de los Países Bajos pasó a la ofensiva, ocupó varias ciudades y mantuvo un continuo hostigamiento sobre los protestantes», destaca Chao. Tal fue la efectividad del ejército de Carlos (formado, entre otros, por varios tercios españoles) que, en principio, los seguidores de Lutero se disolvieron.

Con todo, no hubo que esperar mucho hasta que los protestantes dieron de nuevo el arcabuzazo de salida a la guerra contra las tropas del Emperador. Concretamente, fue en 1547 cuando la Liga de Esmalcalda desenvainó de nuevo la espada bajo las órdenes de uno de sus miembros más destacables: el orondo príncipe elector de Sajonia, Juan Federico. Este, consiguió reunir bajo su mando un ejército de entre 20.000 y 25.000 infantes y unos 5.000 jinetes.

Con sus tropas a punto y dispuestas para derramar sangre católica, Juan Federico avanzó sobre los territorios de Mauricio de Sajonia, un antiguo miembro de la Liga Esmalcalda que había traicionado a sus aliados y había acudido a refugiarse entre las enaguas del emperador bajo promesa de tierras, oro y quién sabe qué otras cosas. Fuera como fuese, lo cierto es que, en su marcha, el elector puso en serios aprietos los territorios del bando imperial.

Pero atacar fue el gran error de Juan Federico, pues el emperador, cansado de sus problemas con el protestantismo, enfundó su espada y reunió a su ejército para acabar de una vez por todas con las pretensiones de aquella insistente Liga de Esmalcalda. Carlos se movilizó decidido, esta vez, a no dejar viva a su presa y cortar el problema de raíz con su sable.

Así, entre marzo y abril de ese mismo año, el ejército imperial (en el que se encontraba también el resentido Mauricio) inició la marcha para dar caza a los protestantes en plena Sajonia. Al parecer, esto no gustó demasiado a Juan Federico, quien decidió poner botas en marcha con su ejército e iniciar la retirada desde Meiben (una pequeña ciudad ubicada a orillas del Elba en la zona sur-este de Alemania) a lo largo del cauce del popular río teutón.

Los ejércitos, orilla a orilla

Para desgracia del ancho Juan Federico, la huida no tuvo el efecto deseado y el contingente imperial terminó dando caza a los protestantes en Mühlberg, un minúsculo pueblo ubicado en la orilla derecha del Elba (a menos de 8 kilómetros de Meiben). No obstante, la suerte no fue del todo esquiva con el elector de Sajonia, ya que ambos ejércitos se encontraron separados por el ancho río germano.

Con su enemigo en la orilla contraria, el protestante sabía que tendría una gran ventaja en la batalla que se avecinaba, pues si los soldados católicos trataban de cruzar el Elba se verían sacudidos por ráfagas constantes de plomo provenientes de sus arcabuceros. Sin embargo, esta superioridad estratégica no suplía la falta de soldados que sufría el bando luterano.

Juan Federico ordenó una veloz retirada ante la superioridad imperial«En vísperas de la batalla la desproporción numérica entre los adversarios no podía ser más patente. Mientras queel príncipe elector contaba con 6.000 efectivos de infantería y 3.000 de caballería, el ejército imperial totalizaba 20.000 infantes y 6.000 caballos. Juan Federico había colaborado a crear tal desproporción enviando a la frontera (…) a (varios) contingentes y destacando guarniciones en distintas plazas (…), cayendo así en uno de los errores más fatales para un comandante: querer protegerlo todo con el resultado de dispersar sus fuerzas», explica Gavier en su obra.

Ante la superioridad insultante de los imperiales, el elector de Sajonia prefirió no apelar al honor y continuó con la estrategia que había usado durante las últimas jornadas: el sálvese quien pueda. Por ello, dictaminó en primer lugar destruir todos los puentes cercanos para evitar que los soldados enemigos pudieran cruzar el Elba y, a su vez, ordenó a un contingente de sus mejores arcabuceros tomar posiciones en un dique cercano al río y detener el avance enemigo en caso de que Carlos atravesara el agua con sus hombres.

Por otro lado, dispuso que las carretas de provisiones, la artillería y la infantería iniciaran una huida acelerada en dirección a un bosque cercano, lugar en el que los soldados imperiales tendrían serias dificultades para perseguirles. Finalmente, el orondo Juan Federico dio órdenes de que se desmontara y quemara un puente provisional de pontones que su ejército transportaba.

La heroicidad que valió una batalla

El calendario marcaba el 24 de abril cuando el contingente imperial, en el que se destacaban varios tercios españoles, marchó al son de los tambores y flautines en dirección al Elba. Concretamente, las primeras unidades en abrir fuego fueron la artillería y los arcabuceros que, bajo la bandera del águila imperial de Carlos I, avanzaron hasta la orilla del río e iniciaron un bombardeo constante sobre las tropas enemigas ubicadas en la orilla contraria.

En cambio, y a pesar de que este fuego provocó varias bajas entre los protestantes, el bando católico seguía cargando a sus espaldas con un gran problema: era imposible cruzar el río. Y es que, la falta de puentes provocaba que la única forma de atravesar el Elba fuera zambulléndose en sus aguas, lo que suponía morir amargamente ante los arcabuceros enemigos.

Varios españoles robaron el puente de pontones protestante Fue precisamente en ese momento de incertidumbre cuando varios arcabuceros españoles, haciendo acopio de toda su valentía y gónadas, tomaron una decisión que, a la postre, decantaría la batalla del lado imperial. «Al constatar que el fuego enemigo menguaba (…) once españoles se desnudaron y “con las espadas en las bocas” cruzaron a nado el río, apoderándose de los pontones enemigos tras doblegar a los defensores y apagar el fuego. En medio de la aclamación de sus camaradas, aquel puñado de valientes remolcó su presa a la orilla izquierda, poco después, el puente se hallaba armado un kilómetro aguas abajo», destaca el autor de «Mühlberg 1547. El apogeo de Carlos V».

Así recordaba Carlos I en sus memorias este valeroso hecho: «Entonces el Emperador mandó a su General que hiciese adelantar los arcabuceros susodichos, que él encontró; los cuales luego volvieron al río, donde muchos entraron bien dentro, y se dieron tanta mano en disparar, que los adversarios, pese a la resistencia que hicieron con su arcabucería y artillería, fueron constreñidos a dejar los puentes que algunos arcabuceros españoles, lanzándose a nado con las espadas en las bocas, trajeron a la orilla donde estaban Sus Majestades».

Una sangrienta persecución

Horas después, el ejército imperial atravesó en su totalidad el río y, tras acabar con los escasos soldados protestantes que prefirieron combatir y morir por sus creencias a huir, el contingente aliado inició la persecución de Juan Federico. «La vanguardia (…) –integrada por 400 caballos ligeros italianos, y españoles, 450 húngaros, 100 arcabuceros a caballo españoles, 600 lanzas y 200 arcabuceros a caballo de Mauricio de Sajonia y 220 hombres de armas de Nápoles- avanzaba paralelamente un par de kilómetros al este (de los protestantes). En cuanto al grueso imperial, seguiría (…) la ruta tomada por el enemigo», completa Gavier en su obra.

Perseguidos y acosados, sólo era cuestión de tiempo que los soldados de Juan Federico perecieran a manos de la vanguardia católica, por lo que, en un intento desesperado de retrasar el avance enemigo, el elector de Sajonia ordenó a su caballería hacer una última carga contra el contingente imperial. Así pues, con las lanzas en ristre y el convencimiento de que era imposible vencer, los jinetes protestantes se abalanzaron contra los hombres del Duque de Alba y Mauricio de Sajonia. Sin embargo, poco pudieron hacer ante una fuerza superior en número y, tras perecer a cientos de sus camaradas, acabaron girando las riendas de sus caballos y huyendo. Con todo perdido, los restos del poderoso ejército de la Liga de Esmalcalda fueron capturados por los hombres de Carlos I.

Aquella jornada fue, además, infausta para los protestantes, pues tuvieron que llenar entre 2.000 y 3.000 ataúdes con los cadáveres de sus compañeros. Mientras, el bando imperial apenas tuvo que lamentar una veintena de fallecidos y pudo jactarse de haber apresado a casi todos los supervivientes enemigos tras la contienda. Tan abrumadora fue la victoria, que provocó el fin de la guerra entre ambos bandos.