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El pesimismo de la inteligencia

El 31 de diciembre de 1936 moría Miguel de Unamuno en su casa de Salamanca. En sus últimos meses había vivido recluido, sometido a vigilancia y en situación de extrema depresión. Así lo reflejan los

Actualizado 31/12/2006 - 09:25:19
El 31 de diciembre de 1936 moría Miguel de Unamuno en su casa de Salamanca. En sus últimos meses había vivido recluido, sometido a vigilancia y en situación de extrema depresión. Así lo reflejan los versos que fue escribiendo entonces: «Horas de espera vacías/ se van pasando los días/ sin valor/ y va cuajando en mi pecho/ frío, cerrado y deshecho/ el terror». Ciertamente, aceleró su triste final el grave incidente del Paraninfo de la Universidad de Salamanca, el 12 de octubre de 1936, en el solemne acto académico que presidió Unamuno como rector de esta Universidad, con la esposa de Francisco Franco, Carmen Polo; el cardenal Pla y Deniel, José María Pemán, el general Millán Astray y el alcalde de Salamanca, Francisco del Valle, acompañándole en la tribuna del acto, que tenía por propósito celebrar el día de la Raza.
La sesión académica se desarrolló con vibrantes discursos de Ramos Loscertales, ex rector y decano entonces de la Facultad de Letras, que habló sobre los orígenes de los descubrimientos; el dominico Beltrán de Heredia, que exaltó las Leyes de Burgos; Francisco Maldonado de Guevara, que hizo un discurso político en el que fustigaba a los catalanes y vascos con alguna cita de Gracián, tendenciosamente elegida para la ocasión, y José María Pemán, que leyó un texto de exaltación de la juventud española, con pronunciamientos, muy aplaudidos por el público que llenaba el Paraninfo, en torno a los españoles como pueblo de Dios y la impactante apelación a «España y siempre España y nada más que España».
El acto lo cerraba, lógicamente, el rector Unamuno, que se pasó tomando notas, durante el mismo, en una carta que había recibido de la mujer de su amigo Atilano Coco, pastor protestante. En la carta se le pedía a Unamuno intercesión para salvar la vida de aquél, lo que no conseguiría Unamuno, como no pudo evitar otras muertes de íntimos amigos suyos (Castor Prieto Carrasco, alcalde de Salamanca, o el rector de Granada, Salvador Vila). Apoyándose en estas notas Unamuno, al acabar Pemán su intervención, pronunció un breve discurso, cuyo contenido fue censurado en la Prensa del momento y que ha sido reconstruido muhos años más tarde, con varias versiones (la del propio Unamuno, en sus últimas cartas, que difundió José Luís Cano en 1975; la de Hugh Thomas -1961- coincidente con la biografía de Unamuno de Salcedo -1964-; la de Pemán -1964-; la de González Egido -1986- y la de Vegas Latapié -1987-).
Aunque hay discrepancias respecto a las palabras pronunciadas, sí hay relativo consenso en el subrayado de las ideas principales que desarrolló Unamuno y que fueron básicamente tres: la confrontación del vencer y el convencer, del conquistar y el convertir; la defensa de los catalanes y los vascos, apelando al catalán Pla y Deniel que tenía al lado y a su propia condición de vasco que «llevo toda mi vida enseñando la lengua española que no sabéis» y la evocación del auténtico imperio, «el de la lengua española».
El discurso fue interrumpido por un Millán Astray histérico, al borde de desencadenar la violencia física contra el rector. Tampoco hay consenso en las palabras precisas del jefe de la Legión (¿Muera la inteligencia o mueran los intelectuales traidores?), pero lo cierto es que el rifirrafe a gritos entre Unamuno y Millán Astray, en una situación de extrema tensión, con insultos del máximo calibre y algunos militares amartillando sus armas, acabó con la salida, estratégicamente hábil, por parte de Carmen Polo, acompañando y hasta protegiendo a Unamuno. Una historia tópica de tan repetida, que fue interpretada de manera contrapuesta por la España franquista y la España republicana.
El franquismo consideró que se trataba de una extravagancia más del paradójico e imprevisible don Miguel, la demostración de los delirios a los que puede llevar la inteligencia teórica al margen de la realidad. Los republicanos convirtieron a Unamuno en el símbolo de la honestidad crítica intelectual frente a la dictadura que pretende exterminar la libertad de pensamiento, la representación de las desventuras de la cultura ante el fascismo. Unos y otros olvidaron la complejidad del personaje, la discontinuidad de la trayectoria de un intelectual intrínsecamente heterodoxo, la difícil dialéctica objetiva entre política y cultura.
Unamuno fue un buen ejemplo de intelectual inorgánico. De carácter difícil, desgarrado, muy suyo, vivió el tobogán de situaciones políticas por las que pasó España con la pasión del compromiso de identificación con la España por él imaginada, que nunca fue la de sus gestores o administradores políticos. Ni la derecha, ni la izquierda, ni el centro. Su auténtica vocación fue la de luchar contra los vencedores en cualquier coyuntura.
Ingresó en el PSOE en los años finales del siglo XIX, colaboró en el periódico «La lucha de clases de Bilbao», pero se decepcionó de las estrategias políticas de partido. Sus sueños regeneracionistas nada tenían que ver con el socialismo político y mucho menos con los planteamientos del dictador Primo de Rivera, del que se convirtió en 1924 en auténtico azote fustigador de todas sus limitaciones. Junto con el periodista republicano Rodrigo Soriano fue confinado a Fuerteventura, de donde escapó en 1930, cuando Primo ya había decidido levantarle la sanción. El resto de la dictadura lo pasó en París y en Hendaya, desde donde editó «Hojas Libres» en colaboración con Eduardo Ortega y Gasset. Sus dardos los dirigió tanto hacia Primo como hacia el rey. Al primero lo consideraba «un bufón grotesco que tenía algo de inhumano» y al rey lo veía como a un Habsburgo «por su mezcla de lo político y lo religioso».
Salvo Maeztu y d'Ors, todos los intelectuales de su generación acabaron haciendo filas con él contra la dictadura. No los de la generación del 27, que eludieron entonces todo compromiso social o político. La significación de Unamuno creció aún más en 1930, desde su conferencia del Ateneo en mayo de este año. El 14 de abril de 1931 estaba Unamuno en el balcón del Ayuntamiento de Salamanca proclamando la República. El 1 de mayo desfilaba, celebrando ese día, del brazo de Largo Caballero. Será nombrado Ciudadano de Honor de la República y presidente del Consejo de Instrucción Pública y elegido diputado de las Cortes Constituyentes. Estaba en la cúspide del prestigio político y cultural, pero su inconformismo era manifiesto. Cuando se elaboraba la Constitución de 1931 se quejaba de que la República se había equivocado «en hacer a un tiempo una revolución y una Constitución que la encauce, en haber querido hacer una revolución constitucional o una constitución revolucionaria». En octubre de 1931 se niega a votar el Estatuto catalán. En noviembre de 1932 en el ciclo de conferencias del Ateneo de Madrid se posiciona abiertamente contra Azaña, al que tildó de «faraón de El Pardo». En octubre de 1934 denunciará «las salvajadas revolucionarias de Asturias» así como la «insondable mentecatez de quienes quieren monopolizar la decencia y el patriotismo».
Cesado como rector vitalicio
Tras el 18 de julio de 1936 se adhirió a la causa del levantamiento militar. Se le atribuyó, incluso, que había donado 5.000 pesetas para el Alzamiento. El 19 de julio se sentaba ostentosamente en la terraza de la cafetería Novelty de la Plaza Mayor. En agosto era cesado de su condición de rector vitalicio por la República. Los intelectuales republicanos lo repudiaron. Luis Araquistain dijo de él que era un «histrión calculador disfrazado de austero puritano». José Bergamín, en el mitin de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura, llegó a decir de él que «tenían que haberle fusilado». Ehremburg dijo que «habiendo querido ser Don Quijote no es ni siquiera Sancho Panza». Los franquistas lo repusieron como rector vitalicio de la Universidad.
Pero la conciencia crítica de Unamuno iba más allá de las ideologías en juego. En «El resentimiento trágico de la vida», que escribió entonces, exponía: «Los motejados de intelectuales les estorban tanto a los hunos como a los otros. Si no les fusilan los fascistas les fusilarán los marxistas». Su sensación de soledad era patética. Cuando lo visita Kazantzakis en Salamanca le dice: «Todo lo que está ocurriendo en España es porque los españoles no creen en nada, están desesperados y actúan con salvaje rabia. Todos odian el espíritu... No soy ni fascista ni bolchevista. ¡Estoy solo! Solo como Croce en Italia». Con uno de sus habituales neologismos, definió su posición como alterutral, otra y neutral. La guerra civil, para él, no era ya una guerra de civilizaciones, sino una guerra de España consigo misma, contra su propia capacidad de barbarie. Unos y otros contendientes eran «la forma cóncava y convexa de una misma enfermedad colectiva».
Esa tensión interna explosionó en el acto académico del 12 de octubre de 1936 y le condujo a una muerte rápida. La historia política de Unamuno es, pues, un carrusel de desengaños, metabolizados desgarradamente, de modo tremendista, sin sutilezas. No fue, desde luego, el único intelectual desengañado de su tiempo. Aquellos años de polarización extrema trajeron consigo un montón de intelectuales orgánicos, aduladores y sumisos a las directrices de los jerarcas políticos en ambos bandos. Pero también arrastraron un buen número de frustraciones. Muchos intelectuales sufrieron la percepción del «abismo recubierto de flores», el estigma del desencanto, casi antes de llegar a encantarse. Ortega, Pérez de Ayala o Marañón vivieron el síndrome de la decepción republicana en su propia carne. Acabaron abandonando España y deseando el triunfo de Franco en cuyo bando, por cierto, lucharon sus hijos. Y la decepción ante el franquismo pronto hizo también estragos, con Ridruejo al frente de una buena nómina de expectativas fracasadas. Pero la decepción de Unamuno, en cualquier caso, fue la más profunda de todas porque ya no se dirigía sólo a un régimen político sino hacia la propia condición española, «la lepra espiritual de España, el resentimiento, la envidia, el odio a la inteligencia». Lo peor es que el tiempo no haría sino darle la razón al pesimismo de su inteligencia, enfrentada al optimismo voluntarista de los políticos.
Suspronósticos en diciembre de 1936 en sus cartas a su amigo bilbaíno Quintín de la Torre no podían ser más lúcidas, sus advertencias más certeras respecto a lo que sería la larga guerra incivil: «La muerte de la libertad de conciencia, del libre examen, de la dignidad del hombre». El intelectual errático e inconformista que era Unamuno no hacía lecturas ideológicas de la tragedia vivida sino lecturas antropológicas: «Da asco ser hombre». En su amargura final, latía la frustración ante la imposibilidad de evitar el conflicto cainita, de encontrar la tercera España alternativa en la que siempre soñó. La España imposible de 1936.
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