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«MÍSTER ARREGLALOTODO»

Actualizado 31/08/2003 - 08:17:06
Hace apenas dos o tres años, cuando la retirada de Aznar era poco más que una conjetura sin definir en el horizonte nacional, Mariano Rajoy confesaba a sus compañeros de «maitines» de la dirección del PP -Rodrigo Rato, Jaime Mayor y Javier Arenas- que se consideraba a sí mismo fuera de la pugna sucesoria y que su verdadera ilusión era culminar su carrera como presidente de Las Cortes, un cargo que le apetecía por la dignidad protocolaria e histórica que conlleva y en el que cualquier observador podría ver un traje hecho a la exacta medida de su preparación jurídica y su temple político.
Quizá esa aparente falta de ambición, esa contrastada capacidad para ponerse de perfil entre oleajes de gran magnitud y, parapetado en su cultivada ironía galaica, afrontar con calma situaciones tumultuosas o críticas, es lo que ha acabado proyectando al actual vicepresidente primero del Gobierno a la responsabilidad que, deseándola evidentemente en su fuero interno, se cuidó siempre de proclamar como un objetivo personal. Una responsabilidad de la que se sentía interiormente próximo desde que el siempre previsible y tozudo Aznar le situó como «número dos» del Ejecutivo en julio del pasado año, delegando en él numerosas facultades de coordinación, portavocía y eso que en la política se denomina «cocina» del poder.
Porque Mariano Rajoy ha sido en los distintos gobiernos de Aznar una especie de silencioso, discreto y eficaz «problem solver», un solucionador de problemas. Sin aristas ideológicas, capaz de tender puentes de diálogo -hace pocas semanas el presidente le envió a almorzar con Rodríguez Zapatero para tantear el futuro ante asuntos que requieren consenso nacional, como el proyecto secesionista de Ibarretxe- y orquestar con solvencia la toma de decisiones desde su condición de profundo conocedor de la Administración pública. Un excelente gestor que ha demostrado, en cuatro carteras diferentes y durante cinco gobiernos consecutivos, probada capacidad de hacer frente a los distintos desafíos de la gobernancia del país. La creciente confianza que Aznar ha venido depositando en Rajoy como apoyo en los momentos críticos, en contra de la presunta tendencia al «escaqueo» que le achacan sus críticos al nuevo candidato del PP, apuntaba con firmeza a su emergencia como aspirante al relevo diseñado a conciencia por el presidente. Rajoy, santiagués de 48 años, se había convertido en lo que los anglosajones denominan «Mister fix it», el «señor arreglalotodo»: lo mismo dirigía la campaña electoral de 2000, la de la mayoría absoluta, que ponía orden en el desbarajuste ministerial de las vacas locas o coordinaba el desastre del «Prestige» después de que una cadena de fallos colectivos erosionase seriamente la credibilidad gubernamental. Aunque sus rivales susurraban en voz baja que la crisis del petrolero sobrevino por la falta de reflejos del vicepresidente en unos momentos en que Aznar se hallaba fuera de España, no cabe duda de que Rajoy asumió con enorme entereza y no poco desgaste personal el encargo de solucionar la crisis, dando un paso de gigante en la consideración y estima de su figura ante la opinión pública y, desde luego, ante la del propio Aznar.
De alguna forma, además, el perfil del candidato, muy aficionado al ciclismo, se fue despejando en los últimos meses a través de una carrera de fondo en la que el resto de los aspirantes iban cometiendo errores o descolgándose por diversos motivos. Así, mientras Mayor Oreja perdía peso político e influencia en el entorno aznarista hasta culminar en el envenenado ofrecimiento -y rechazo- de la cartera de Medio Ambiente, lo que le relegaba a un plano de política sectorial, Ruiz-Gallardón concitaba las iras del partido con sus continuos desmarques y guiños a la izquierda.
Por su parte, Rodrigo Rato, el delfín más evidente en los primeros momentos, fue alejándose del favor presidencial a raíz de su indisimulada autopostulación y, sobre todo, de la distancia con que se situó respecto al empeño de Aznar en la guerra de Irak. Ni siquiera el favor abierto de Ana Botella ha servido a Rato frente a una decisión que el presidente ha tomado, con toda nitidez, bajo su exclusivo enfoque personal.
La crisis de Irak perfiló también, de algún modo, el criterio de Aznar sobre su recambio. Rajoy no era menos crítico que los demás miembros del Gabinete respecto a los riesgos de embarcarse en un apoyo decidido a las potencias invasoras, pero se cuidó mucho de que sus reservas salieran a la luz, y se comprometió a fondo en la defensa de la arriesgada decisión presidencial. De hecho, la solución adoptada de enviar tropas y barcos al Golfo bajo la cobertura de ayuda médica y humanitaria se debió a una sugerencia del ahora candidato a la Presidencia, tras un intenso debate en el que Aznar escuchó impasible a sus colaboradores más cercanos.
En esa crisis de gran envergadura, en la que la opinión pública se alejaba visiblemente del Gobierno y el propio Partido Popular temblaba ante la posibilidad de un desastre electoral, Aznar tomó notas esenciales para el desarrollo de los acontecimientos, al tiempo que certificaba su absoluto liderazgo interno al sacar adelante la venenosa votación secreta propuesta en el Congreso por la oposición. A principios del verano, el presidente tenía claros los dos elementos esenciales del perfil del sucesor: un hombre capaz de hacer frente al órdago nacionalista y de mandar sin reparos ni remordimientos en el partido. Es decir, de seguir sin fisuras la línea trazada por él mismo, lo que él considera su legado.
Las dos figuras que más se aproximaban a ese retrato robot eran el propio Rajoy y Ángel Acebes, en quien Aznar parece verse a sí mismo en los primeros momentos de su ascenso en el PP. Pero Acebes está aún falto de experiencia y, sobre todo, corto de popularidad: la ventaja actual en los sondeos no puede soslayar la evidencia de que el candidato tiene ante sí el reto imprescindible de ganar las elecciones.
Ideológicamente, Mariano Rajoy era también el más dúctil de entre los tres principales candidatos. Mayor Oreja representa un excesivo tono conservador en lo social y Rato ofrece ante los electores el punto flaco de sus ribetes hiperliberales y la desconfianza que aún suscita un empresario en las capas menos favorecidas de la población. Por el contrario, nadie sabría definir exactamente cuál es la posición ideológica de Rajoy: un conservador moderno, sin aristas, demócrata intachable, alto funcionario del Estado, moderadamente flexible en las premisas económicas y, sobre todo, capaz de adaptarse como un guante a cualquier proyecto de centro lo bastante ambiguo o abierto para ser suscrito por la mayoría de la sociedad española. Un hombre de aspecto respetable y serio, con pinta de socarrón, fumador de habanos, culto y, para mayor abundamiento, registrador de la propiedad, una de las profesiones más admiradas en el imaginario convencional medio de la tradición burguesa nacional.
El nuevo candidato del PP cumple también algunas de las premisas necesarias para suscitar la confianza social. Su amplia experiencia de Gobierno -las carteras de Administraciones Públicas, Educación y Cultura, Interior y Presidencia, además de la vicepresidencia y la condición de portavoz- constituye un bagaje de polivalencia que ninguno de sus colegas puede exhibir con igual variedad: un verdadero master en alta administración del Estado.
Rajoy ha sido, además, vicepresidente del Gobierno autonómico gallego y presidente (efímero, eso sí) de la Diputación de Pontevedra. Ha pasado por los tres niveles de la estructura pública: local, autonómico y nacional, y conoce al dedillo los recovecos, problemas, trucos y miserias del sistema administrativo. Y, por ende, es un parlamentario de primer nivel, sólido en los argumentos y brillante en las formas, siempre amparado en su fachada irónica, una retórica de suave mordacidad que maneja con maestría para resultar sarcástico sin ofender, contundente sin aplastar, inteligente sin caer en la arrogancia.
El único punto débil de este currículum intachable reside en su escaso nivel de respaldo concreto en el seno del PP, una organización bastante compleja en la que Rajoy no ha desarrollado un trabajo de influencia, más allá de una más protocolaria que efectiva vicesecretaría compartida. La tarea política del candidato se ha centrado casi exclusivamente en funciones de Gobierno, lo que le ha impedido contar con un apoyo orgánico consistente: ni siquiera en su organización territorial, la de Galicia, ha logrado imponer del todo a sus hombres de confianza, bajo el implacable control de un Fraga al que Rajoy se ha resistido con todas sus fuerzas a relevar, en uno de sus más célebres ejercicios de cazurrería para dejar pasar cuantas oportunidades se han planteado de abordar la sucesión del viejo león de Perbes. Era evidente que la sucesión a la que aspiraba era de más vuelo.
Aznar confía, no obstante, en su liderazgo absoluto para salvar este escollo. Sabe que nadie cuestionará sustantivamente su decisión, que contará además con el beneplácito de los que no deseaban al resto de los posibles competidores y que, una vez adoptada, Rajoy ejercerá el poder con la contundencia necesaria. También sabe que en el PP actual las corrientes, fracciones y banderías están supeditadas a la argamasa que proporciona el Gobierno, y que una vez en él, si lo consigue, el futuro presidente ejercerá sin problemas una autoridad que, en pura lógica, debe empezar por abolir la propia influencia del ahora todopoderoso presidente.
Éste será, probablemente, el principal obstáculo real de Rajoy: ejercer su función sin traicionar a Aznar y, al mismo tiempo, sin que parezca su títere, como ya ha sugerido la oposición en un argumento que será, probablemente, uno de los ejes del año electoral inmediato. Quizá sea el propio Aznar el que mejor pueda ayudarle. El presidente que, recién designado por Fraga como líder del PP, amenazó con dimitir de inmediato si el veterano e histórico dirigente le imponía una sola de las vicepresidencias de su equipo. Matar al padre sigue siendo, un siglo después de Freud, la clave del desarrollo de la personalidad.
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