Menos intrigante de lo que denuncia Daniel Estulin en su best-seller de la conspiración y tan apasionante como reconoce la Reina Doña Sofía en su calidad de miembro habitual de pleno derecho, la conferencia del reservado y selecto Club Bilderberg se ha trasladado este año al paradisíaco complejo hotelero Astir Palace, en pleno corazón de la Riviera ateniense, para debatir largo y tendido sobre el drama de la crisis económica y global. Sesiones maratonianas, en debates de doble ponencia seguidos de un coloquio abierto a todos los invitados, para repasar los grandes asuntos que preocupan en el mundo mundial, desde la persistente inestabilidad de los mercados de capitales pasando por la debilidad de los principales conglomerados empresariales de Estados Unidos hasta culminar en la discusión sobre el Tratado de Lisboa y la amenaza de un paradigma energético que todos consideran agotado. En definitiva, muchas más sombras que luces en un panorama cargado de incertidumbres como augurio de un nuevo orden económico, a saber cómo y por quién dirigido.
El llamado gobierno invisible de Bilderberg, con representantes de diferentes casas reales mezclados sin cetro ni corona entre una miríada de ilustres dirigentes políticos, económicos y académicos de ayer y hoy, decidió curiosamente convocar su encuentro oficial a lo largo del último puente de San Isidro. La festividad de la fecha propició el traslado a Grecia de una nutrida delegación española encabezada por el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, pero custodiada en nombre de Moncloa por Bernardino León, secretario general de Presidencia y emisario particular de Zapatero, a quien ya es sabido que no le hacen mucha gracia este tipo de eventos políglotas y majestuosos.
En el grupo de particulares y demás co-starrings invitados para la ocasión figuraban también hombres de negocio como el director general de la Caixa, Juan María Nin, el presidente de Acciona, José Manuel Entrecanales, o el vicepresidente del Banco Santander, Matías Rodríguez Inciarte, si bien sobre todos ellos destacó por inesperada la presencia de un Pedro Solbes liberado de toda tarjeta de visita oficial y dispuesto como nunca a desahogar ante la crème de la crème sus verdades más conmovedoras y elocuentes. Rodeado de los Trichet, Zoellick, Geithner y demás superhombres de su antigua estirpe económica, el ex ministro aprovechó la cita para reinventarse a sí mismo tras cinco insufribles años de calvario en la primera línea de fuego del Gobierno socialista.
Al decir de algunos testigos de excepción, Solbes se sintió en su salsa, abierto y hasta dicharachero, como queriendo demostrar que no es cierto eso de que todo se pega menos la hermosura. En sus comentarios jaleados con signos de aprobación por sus diversos contertulios el dimisionario responsable de la política económica rompió amarras sin pudor con su pasado reciente, evitando por todos los medios pronunciar calificativos sobre la eficacia de Zapatero para afrontar la grave crisis económica y su siniestro balance de millones de parados.
Solbes se expresó con su habitual tono entre diplomático y cursilíneo aprendido en los años de comisario europeo pero no tuvo reparo alguno en exponer con meridiana claridad a todo el que se le acercaba su postura contraria a ese sucedáneo de modelo productivo que su antiguo jefe quiere imponer a marcha-martillo mediante un cóctel explosivo que mezcla el proteccionismo converso con la demagogia populista. Juan Domingo Perón se ha encarnado en Zapatero para resucitar la cultura del subsidio en la España del siglo XXI pero la deriva que aturde a nuestro país encuentra su semblanza más cercana en el dramático «corralito» bancario decretado por el ministro Cavallo en diciembre de 2001 después de más de una década de recesión en Argentina.
El virus del gasto público se ha inoculado en la acción de gobierno como si fuera una suerte de alquimia, una pócima cara y cargada de contraindicaciones con la que se pretende impedir la mutación de la consabida crisis económica y financiera en una terrible crisis social. Solbes manejó los despilfarros a que fue sometido por Zapatero con el freno de mano echado y se estremece comentando lo que podría ocurrirle ahora a Elena Salgado si es propulsada a tumba abierta por la senda del déficit compulsivo que sólo lleva al precipicio. El ex ministro no tuvo capacidad para controlar la política económica cuando España se paseaba alegremente por la cuesta abajo y teme que ahora su sucesora disponga todavía de muchos menos resortes para pedalear cuesta arriba por un camino lleno de curvas empedradas.
Por lo menos la nueva vicepresidenta es una gran apasionada al alpinismo, deporte que practica con asiduidad y que le ha llevado a escalar hasta el Kilimanjaro. A ver si es capaz de convencer a Zapatero para que le acompañe como es debido por esta travesía más empinada de la economía española. Dicen que el presidente también siente gran admiración por la montaña. Pero, que nadie se equivoque, sólo como simple aficionado.



