La copa de vino durante la comida, la cervecita del aperitivo, el cava por Navidad o el gin tonic de las celebraciones familiares... El alcohol es para los adolescentes españoles un elemento habitual en su día a día. Y no es de extrañar, sobre todo porque «existe una clara permisividad de los padres hacia el consumo social de bebidas alcohólicas de sus hijos». Así lo afirma en su estudio la Fundación Alcohol y Sociedad, donde casi la mitad de los adolescentes de entre 12 y 18 años (el 45%) aseguran que sus progenitores les permiten beber alcohol. Ahora bien, resulta más fácil hacer la vista gorda a la hora consentir un traguito en las fiestas familiares (74%), en las que celebran con amigos y compañeros (42,1) y los fines de semana (34,6). Una tolerancia que permite comprender -aunque no justificar- que el porcentaje de los menores que se inician en el alcohol antes de los 10 años sea del 4,5%.
La ausencia de conversación familiar sobre sus riesgos -el 57% no han hablado sobre este tema- tiene su origen en el miedo de los padres a tratar asuntos que puedan producir conflictos durante el poco tiempo que comparten con sus hijos, según explicó el catedrático de sociología y director de la investigación, Xavier Altarriba. Para más inri, el entorno social tampoco lo pone difícil: tan sólo a uno de cada tres chicos le han negado alcohol por ser menor, y a la mayoría nunca les han pedido el carné de identidad para servirles o venderles bebidas alcohólicas.
El «botellón», la estrella
Familia y sociedad aparte, si existe hoy día una vía con la que los adolescentes se inician, ésa es sin duda el «botellón», lo que demuestra que ese momento se vincula a las relaciones con los amigos, al grupo y a las salidas de fin de semana. Para Altarriba, esto revela que beben para relacionarse más y mejor, como forma de ocio y para evadirse de su realidad y obligaciones cotidianas de lunes a viernes. El consumo se realiza sobre todo en bares y discotecas. En los primeros, dicen que lo hacen para disfrutar del sabor; y en los segundos, para «ligar, perder la timidez o desconectar». Todo ello se traduce en que el patrón de consumo ha evolucionado hacia el «tipo anglosajón». Es decir, beber durante los fines de semana y en cantidades importantes. La edad media de inicio: los 14 años.
Un cambio en el modelo de ocio que, según precisó el experto, «debería atajarse con herramientas educativas». Y no es para menos: seis de cada diez adolescentes reconocen que beben de manera habitual y el 55,7 por ciento confiesan que se han emborrachado alguna vez. Pero, además, un 7,6 por ciento lo han hecho entre 30 y 50 veces al año y un 6,7 «pierden el control» una vez a la semana. ¿Para superar esos momentos? La mayoría recurre a la ayuda de sus amigos.
Pero que el «botellón» sea la estrella tiene una justificación clara: su precio. Casi la mitad de los jóvenes invierten menos de seis euros en alcohol a la semana, uno de cada diez gasta entre 12 y 30 euros, y existe un porcentaje marginal (3,3%) que confiesan que se dejan en esas bebidas más de 30 euros en cada semana.
No obstante, aunque el consumo responde a una cuestión de moda y a nuevas formas de diversión, sólo uno de cada diez adolescentes dice que se siente obligado a tomar alcohol para ser aceptado por el grupo.
Más información y medidas
A pesar de los datos, una parte importante de los jóvenes mantiene una actitud crítica respecto a la tolerancia que existe en la sociedad y la mitad están a favor del consumo responsable y de la prohibición para menores de 18 años, y consideran que la información que reciben es claramente insuficiente.
Por ello, los expertos abogan por modificar los hábitos desde la escuela, ya que resulta significativo el alto porcentaje de estudiantes de entre 12 y 13 años que dicen que estarían dispuestos a cambiar sus comportamientos si tuviesen información fiable y científica sobre las consecuencias del abuso del alcohol. Frente a esto, sólo el 47% afirman que sus profesores les han hablado sobre estos riesgos.
Según Xavier Altarriba, es en esas edades cuando la acción educativa puede tener consecuencias más positivas porque todavía no han empezado a consumir alcohol o lo hacen en pequeñas cantidades.



