Cada vez que los boletines de tráfico refieren que la Calle-30 presenta atascos, don Pedro de Répide, el mejor compilador y explicador del callejero madrileño hace casi noventa años, debe de revolverse en su ataúd ante tan horrísono nombre y su pretensión de asentarse definitivamente en las guías a causa de la testarudez municipal en salvar los muebles. Considerar la autovía M-30 una calle más deMadrid se estrella contra la evidencia que cualquier ciudadano tiene sobre lo que es una calle: velocidad limitada a 50 kilómetros por hora, o a 30, incluso a 20; aceras por las que paseen los peatones; numeración de los domicilios que la flanquean, e incluso la posibilidad de cruzar la calle a pie si así le pete al peatón indisciplinado; en fin, lo que toda la vida de Dios ha sido una calle.
Se puede entender que se creara una sociedad mixta para acometer la ingente obra de remodelación de la autovía con el nombre de Madrid Calle-30. También que cuando pase el tiempo, amainen las inquinas, entren las deudas en una nebulosa al estilo de Brigadoon (aquel pueblo escocés que aparecía entre la bruma cada cien años habitado por la columnata de piernas de Cyd Charisse), y el alcalde urbanista ejerza la política desde otras instancias pueda considerarse la obra como faraónica, por supuesto, aunque posiblemente acertada. Pero de ahí a ponerle el nombre del proyecto va un trecho. Los creativos de la Rolls Royce disculpaban el importante desembolso para adquirir sus productos aduciendo que «cuando se olvida el precio, permanece la calidad». Puede que eso mismo ocurra con el tercer anillo de circunvalación de Madrid que ya tenía el nombre de tres avenidas -de la Paz, del Manzanares y de la Ilustración-, aunque sólo la última pueda considerarse como tal.
Mientras se persiste en imponer el nombre de Calle 30, las sentencias judiciales adversas pretenden impedir la construcción de unos túneles y unos «by pass» sobradamente construidos y recurrentemente inundados como una metáfora de la celeridad de la Justicia en resolver pleitos. Y en tanto no cala el dichoso nombre, el Ruedo de Sáenz de Oiza se seguirá llamando «de la M-30», como la Mezquita de la M-30 o el Tanatorio de la M-30, o como la propia autovía; para los restos.



