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Historias de madres

HOY quisiera ser Ignacio Camacho para que mi columna fuera tan bella como la que él escribió. Porque esta semana se nos ha ido mi

Actualizado 30/10/2009 - 02:55:01
HOY quisiera ser Ignacio Camacho para que mi columna fuera tan bella como la que él escribió. Porque esta semana se nos ha ido mi madre, como hace menos de un año se nos fue mi suegra. Con ellas, toda una generación de mujeres, las abuelas que hicieron posible la Transición porque la habían vivido en sus propias historias personales. Ahora que tanto se habla de Memoria Histórica, quisiera aportar mis pequeños recuerdos familiares. Unas historias que en nada se parecen a esa visión de sainete almodovariano que muchos creen fiel reflejo de una época.
Las madres de mi familia pertenecían al bando de los vencedores, pero jamás se vanagloriaron de ello. Más bien lo contrario. Sólo tengo recuerdos de los desastres de la guerra y de su firme voluntad de evitar una nueva. Venían de familias medianamente acomodadas y profundamente católicas, pero, precisamente por eso, sinceramente tolerantes y comprensivas. Nada más lejos de ese cristianismo casposo y agresivo que algunos insisten en dibujar. Ambas tuvieron muchos hijos y a ellos dedicaron toda su vida. A través de ellos vivieron el cambio social que trajo el desarrollo económico y lo sufrieron intensamente, pero siempre con absoluto respeto al derecho de sus hijos a equivocarse. La vida les trajo sorpresas para las que no estaban preparadas -huelgas, manifestaciones estudiantiles, libertad sexual, matrimonios civiles, divorcios, alguien que se declaraba abiertamente gay y hasta algún aborto-. Nunca les oí una descalificación. Sólo extrañeza y voluntad de comprender, de aceptar a los demás. Siempre las recuerdo tendiendo puentes entre distintos familiares, aceptando lo que venía sin comprenderlo del todo, pero con el convencimiento profundo de que la familia está para ayudar, no para imponer. Sin renunciar a sus ideas, ¿por qué habrían de hacerlo?, pero sin pedir tampoco a los demás que lo hicieran. Vinieron luego los nietos y fueron ellas las que hicieron posible que sus hijas trabajasen, mucho antes de que la emigración acudiera a echar una mano. No estoy seguro que entendieran esa manía de abandonar a los hijos en una guardería para irse a estudiar o trabajar, pero siempre estaban allí para quedárselos cuando estaban enfermos o para ir a recogerlos cuando una reunión imprevista rompía el frágil equilibrio del horario familiar. Y sin recibir nunca las gracias porque, al menos en mi casa, había cosas que no se decían, que se daban por supuestas. Cuánto lo siento ahora que ya es tarde.
No quiero hacer una elegía a mi madre -se merecía mejor pluma; qué suerte han tenido mis hijos con sus abuelas- sino a las madres de mi generación. Los que nos sentimos orgullosos de haber traído la libertad y prosperidad a este país, nada podríamos haber hecho sin lo que ellas nos enseñaron. Con su ejemplo y con sus silencios. Ellas, que no sabían de derechos humanos, ni de Constituciones, que no hablaban más idiomas que el latín de su breviario, que no tenían más cultura política que la Formación del Espíritu Nacional y la doctrina social de la Iglesia tras el Concilio Vaticano Segundo, fueron capaces de educar ciudadanos libres y tolerantes sin necesidad de adoctrinamiento, ni de Educación para la Ciudadanía. Por su ejemplo siento un desapego total hacia tanto discurso de valores en el espacio público. Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces. Cuánto podíamos aprender todos de las mujeres de esa generación. Ellas sí tenían valores, dedicación completa a los suyos para hacer una España mejor. Valores permanentes, aunque afortunadamente hayan cambiado las formas de realizarlos. Hay muchas familias, muchas formas de familia. Pero lo que no cambia es la función social de la familia. Conviene recordarlo ahora que tendemos a hacer dejación de nuestras responsabilidades y se las pasamos alegremente al Estado. Se lo debemos a nuestras madres.
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