HOY en Córdoba, a las 12 del mediodía en las Tendillas, está convocada una concentración para protestar contra la violación de los derechos humanos en Birmania. Los lemas con los que se pretende alertar sobre la persecución a monjes y civiles que piden democracia en ese país, son: «No más represión a las protestas pacíficas» y «Libertad para los presos de conciencia». Está iniciativa surge de Amnistía Internacional, que la simultanea con otras doce en otras tantas localidades españolas y con las que está convocando en diferentes ciudades del mundo.
Un velo de oscuridad informativa ha caído sobre lo que está ocurriendo en Birmania, después de que la Junta Militar que gobierna el país cortase antes de ayer las líneas telefónicas y bloquease los servidores de Internet. Se habla de doscientos muertos, miles de detenidos y torturados, dirigentes democráticos desaparecidos, civiles que cortan árboles para bloquear el avance de los soldados, planes de represión masiva por parte del Ejército y grupos de estudiantes universitarios que toman el relevo en las protestas pacíficas iniciadas por los monjes budistas, la «Revolución azafrán», ahora presos o recluidos forzadamente en sus pagodas.
Conviene decir para ser veraz y, de paso, escandalizar a algún progre, que el responsable de estas atrocidades es una dictadura comunista. Desde 1962, Birmania está sometida a la tiranía del Partido Birmano del Programa Socialista, que aplica un modelo socialista y maoísta a su país. Es decir: totalitarismo político, control estatal de la economía, ausencia de libertades y colectivización de la agricultura, siguiendo al pie de la letra aquel «Gran Salto Adelante» de Mao, que causó 30 millones de chinos muertos por hambre y que, por supuesto, mantiene a Birmania entre los países más pobres del mundo.
En 1988, tras sangrientas revueltas, se realizaron elecciones libres, ganadas por una mujer, Aung San Suu Kyi, de formación occidental y budista, con apariencia frágil pero de fuertes principios y determinación. La Junta Militar no reconoció los resultados y Suu Kyi permanece detenida desde entonces, sin perder ni una pizca de prestigio entre la población. El dictador Than Shwe llegó al poder en 1992, trepando por el Partido Birmano del Programa Socialista y el politizado Ejército. Aficionado a consultar adivinos y a reiniciar la historia (le cambió el nombre al país y a su capital), por lo que realmente pasará a ella será por esquilmar los recursos naturales de Birmania, por sus crímenes y las modernas formas de esclavitud a las que somete a la población bajo el eufemismo de «Reclutamiento para trabajos comunitarios».
Durante décadas, eufemismos como éste, o los del Gran Salto Adelante, Revolución Cultural, República Democrática o República Popular, ocultaron regímenes totalitarios que hundieron a sus países y violaron los derechos humanos, llegando a practicar, en ocasiones, auténticos genocidios. Ello no impidió que, mientras, en occidente, intelectuales y políticos de izquierdas mostraran su admiración por los modelos de Alemania Oriental, Cuba o China; callasen ante los 2 millones de muertos causados por los Jemeres Rojos en Camboya, entre 1975 y 1979, aplicando el maoísmo; y llegasen a plantear la necesidad de convergencia entre los bloques occidental y comunista, antes de que la caída del Muro de Berlín los dejase en evidencia.
La historia se repite ahora con Birmania y el silencio de quienes, antes de sacar la pancarta, deciden si las dictaduras son buenas o malas dependiendo de si se las puede etiquetar como de izquierdas o de derechas. Y ante los dictadores uniformados igual: si son de izquierdas no son dictadores o se oculta su filiación política y se les critica sólo como militares. Así han conseguido que sepamos de memoria hasta cinco campos de concentración nazi y ni un solo gulag soviético, cuando ambos representan modelos totalitarios. Pero la libertad y la democracia solo tienen un bando, la verdad.