domingo, 22 de noviembre de 2009
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POR JESÚS MARCHARMALOMADRID. El pasado lunes, el filósofo André Gorz, de 84 años, se quitó la vida junto a su mujer, Dorine, en su casa de Vosnon, al norte de Francia. Los cadáveres de ambos, que
ABC  Stephan Zweig se suicidó con su mujer, Lotte, en Brasil en 1942
ABC Stephan Zweig se suicidó con su mujer, Lotte, en Brasil en 1942
30-9-2007 09:35:59
El pasado lunes, el filósofo André Gorz, de 84 años, se quitó la vida junto a su mujer, Dorine, en su casa de Vosnon, al norte de Francia. Los cadáveres de ambos, que habían manifestado en más de una ocasión su deseo de no sobrevivir a la muerte del otro, aparecieron en una de las habitaciones, en lo que sus allegados calificaron de acto supremo de amor.
El suicidio de los Gorz trajo inmediatamente la imagen de Arthur Koestler y su mujer, Cyntia, quienes en marzo de 1983 aparecieron muertos en su domicilio, tras ingerir una sobredosis de barbitúricos.
Cuando la policía entró en su casa, encontró los cuerpos sentados en sus sillones. En el suelo, junto a Arthur, una emotiva nota en la que se despedía de sus amigos y confesaba haber adquirido los fármacos legalmente, a lo largo de más de un año, para garantizarse una muerte rápida e indolora.
En el caso de Koestler, fue la enfermedad -una leucemia- y el miedo a una agonía dolorosa lo que le empujó a tomar la decisión de suicidarse.
Stefan Zweig acabó con su vida en Brasil, en febrero de 1942, envenenándose junto a su segunda mujer, Lotte. Zweig huía del fantasma del nazismo, que se extendía por Europa con su amenaza de desolación y muerte. Su despedida terminaba:
«Saludo a mis amigos. Ojalá puedan ver el amanecer de Europa después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes».
Gabriela Mistral, vecina suya y gran amiga, fue de las primeras personas que llegaron a la casa. El cadáver de Zweig estaba tendido sobre la cama, vestido y con las manos sobre el pecho. Su esposa, con la cara apoyada en su hombro, se aferraba a ellas.
Nadie alcanzó a explicar por qué la policía movió los cuerpos antes de hacer la foto en la que Lotte no está abrazada a su marido, sino que aparece a su lado. Tal vez ese abrazo perturbador, más allá de la muerte, resultara poco edificante.
Ocurre con frecuencia que en esos escenarios de los jueces de guardia, los atestados y las fotos en blanco y negro, se descubre un detalle conmovedor, electrizante: los guijarros en los bolsillos de Virginia Woolf antes de arrojarse al Ouse; el traje de etiqueta con el que se vistió el poeta Mario Sa-Carneiro antes de ingerir los cinco frascos de estricnina que lo mataron; las últimas horas del escritor griego Costa Cariotakis, que consumió paseando por la playa antes de dispararse un tiro al corazón...
Actitud estética
Hay en los escritores suicidas una actitud estética, literaria, una voluntad de inmortalidad novelesca: «Morir», escribió Sylvia Plath, «es un arte, como casi todo». Plath se suicidó el 11 de febrero de 1963. Se levantó de madrugada, preparó el desayuno de sus hijos, tostadas y leche caliente, que dejó sobre la mesa de la cocina. Después selló las rendijas de la ventana con trapos de cocina, y abrió el gas. No ahorró un detalle sobrecogedor: el paño que colocó en el horno para no tener que apoyar la cabeza directamente sobre el metal.
Primo Levi se lanzó al vacío por el hueco del ascensor; Ganivet volvió a arrojarse al agua del Dvina tras haber sido rescatado por los viajeros del vapor en el de cruzaba el río y desde el que se tiró; Susan Sexton respiró el humo de su coche, en el garaje, hasta morir, vestida únicamente con un abrigo de piel que había pertenecido a su madre; Jack London se envenenó con morfina, Alejandra Pizarnik con una sobredosis de barbitúricos, Mishima se hizo el haraquiri, Marina Tsvetaieva se ahorcó, Maiakovski se disparó, como Hemingway...
Entre las muertes más estremecedoras, la de Emilio Salgari, que murió desangrado en un bosque a las afueras de Turín, tras una angustiosa agonía en la que intentó una y otra vez degollarse con una navaja de barbero. Y la de Gabriel Ferrater: a punto de cumplir 50 años, se suicidó atándose una bolsa de plástico a la cabeza.
Tal vez para terminar, las últimas palabras de Pavese, muerto en un hotel de Turín por una sobredosis de somníferos. La nota que dejó sobre el escritorio decía: «Perdono a todos, y a todos pido perdón. No cotilleen demasiado».
Concedido.

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