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La «caza de brujas» marcó la vida del cineasta hasta el final

En 1999, cuando recibió un Oscar honorífico en reconocimiento a su carrera, parte de los asistentes a la ceremonia le negaron el aplauso

Actualizado 30/09/2003 - 05:00:08
MADRID. Hollywood no tuvo piedad con él ni consideró sus noventa años ya cumplidos. La Academia le había concedido a Elia Kazan un Oscar honorífico por su trayectoria, pero en los días previos a la ceremonia muchos se habían encargado de caldear el ambiente y cuando el veterano cineasta subió al escenario para recoger, de manos de Martin Scorsese -que junto a Robert de Niro le ayudó a llegar a escena-, la tercera estatuilla de su carrera, recibió el despreciativo silencio de buena parte de la sala, que permaneció sentada en las butacas mientras otro grupo, más desmemoriado o menos rencoroso, batía las palmas con fuerza para compensar el silencio de sus compañeros de butaca. La escena fue vista por millones de televidentes, y sirvió para recordar y reavivar la memoria sobre uno de los más turbios maremotos de la historia del cine: la caza de brujas.
Todo ocurrió en 1952. Aquel año, Kazan fue llamado a declarar en dos oportunidades ante el Comité de actividades antiamericanas. Las «listas negras» circulaban profusamente en Hollywood. Era la época de la guerra fría, y el comité, que presidía el senador John McCarthy, trataba de «desenmascarar» a supuestos comunistas para aislarlos. A esta búsqueda se le denominó «caza de brujas». Escritores, actores y directores cinematográficos entraron en la nómina de sospechosos y tuvieron muchas dificultades para poder encontrar trabajo.
Kazan protagonizó dos comparecencias. En la segunda confesó haber pertenecido al Partido Comunista entre 1934 y 1936 y mostró su arrepentimiento. Delató a quince de sus antiguos compañeros, lo que provocó el rechazo de parte de la industria. El cineasta nunca se disculpó por esta delación -tampoco lo hizo, aunque muchos lo esperaban, en la ceremonia de los Oscar de 1999- y siempre mantuvo que había actuado impulsado por convicción moral y personal.
A pesar de la herida abierta entonces, Kazan ganó su segundo Oscar con «La ley del silencio», en la que de alguna manera justificaba su actitud. Antes de la ceremonia de 1999, uno de su s principales valedores, Karl Malden -que había actuado a sus órdenes en «Un tranvía llamado deseo»- defendió el reconocimiento honorífico: «si alguien merece este premio a su obra y su talento, ése es Kazan».
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