Hay un puñado de personas que padecieron en sus propias carnes las excesivas ganas de «hablar» de Elia Kazan, su, digamos, «capacidad de expresarse» ante el tristemente célebre Comité de Actividades Antiamericanas. Pero también somos decenas, tal vez cientos o miles de millones, y varias generaciones de mundo entero, los que hemos salido ganando por su facilidad e intensidad para la «otra delación». Porque Kazan ha venido delatando a lo largo de su enorme vida y obra a algunos de los actores más importantes del siglo recién apagado. Suele quedarse la lista en Marlon Brando y James Dean, pero detrás de estos nombres hay muchos otros, como Warren Beatty, Carol Baker, Lee Remick, Anthony Franciosa, además de un modo de hacer e interpretar el teatro, de trabajar el personaje y la escena... Un montón de actores que fueron «delatados» al mundo en películas como «Un tranvía llamado deseo», «Al este del Edén», «Esplendor en la hierba», «Baby Doll», «Face in the Crowd» o «Río salvaje». Pero, ¿una delación limpia la otra? En la ceremonia de los Oscar de 1999, muchos opinaron que no. Martin Scorsese, en cambio, opinó que sí, y le dio el Oscar honorífico y un abrazo a un viejo de noventa años que lo había dado todo por el cine y el teatro, incluso su propio desprestigio personal.
Pero la caza de Kazan acabó convirtiendo al cineasta en toda una pieza. Nunca aflojó el puño, ni siquiera cuando apretó con él ese Oscar tan honorífico como polémico. Dedicó medio siglo de su vida y lo mejor de su obra a justificar su «flaqueza de bolchevique», el mal gesto de facilitar nombres y circunstancias de su época (brevísima, según su confesión) comunista, de condenar para no ser condenado. Si el acto de delatar no tenía justificación, él consiguió justificarlo de manera admirable con títulos como «La ley del silencio», una obra maestra del cine y de la justificación...
Su autobiografía, titulada «Elia Kazan, a life», es uno de los libros más gordos que se han publicado nunca: imposible de leer fuera de casa, por lo incómodo que resulta sacarlo, pero, sobre todo, por lo incómodo que resulta leerlo al aire libre: página tras página, el runrún de su conciencia, a veces disimulado detrás de la soberbia; otras, detrás de su incomparable talento, o detrás de una filosófica y calculada pequeñez. Y todo, de principio a fin, un testimonio de amor al teatro y al cine. Tal vez aún sea pronto para poner en su sitio a Elia Kazan, pero de aquí a unos cuantos años, que nadie dude de que Kazan le disputará a tres o cuatro de los nombres del Olimpo el título de personaje más importante de la historia del cine y la escena.



