
¿Se dejaría «agujerear» la tripa si le dijeran que ha salido un producto «quema-grasa» que disuelve, literalemente, el flotador de su cintura? Seguro que sí. Como hizo una paciente que quiere permanecer en el anonimato cuando se sometió a una sesión de «lipodisolve» porque quería borrar sus cartucheras sin pasar por una liposucción. Lo que nadie le dijo es que le podían salir unas úlceras abiertas en los muslos si le inyectaban el producto a menos de seis milímetros de profundidad. Ni que acabaría ingresada en un hospital una semana para curarse esas heridas.
Pero no todos tienen tan mala suerte como Christine. Lo cierto es que en Brasil, desde hace más de tres años, se están pinchando sus michelines miles de hombres y mujeres con un ingrediente denominado fosfatidilcolina (PCDC), que, realmente, acaba con los pequeños acúmulos de grasa (ojo al dato: esta sustancia forma parte de productos de limpieza del hogar). Vendido como una opción más segura y menos invasiva que la liposucción, para los médicos es la nueva vía para tratar zonas pequeñas como las «pistoleras», la banana debajo de los glúteos o la chicha de debajo del sujetador. Se trata de una lecitina de soja que se inyecta en el tejido adiposo con agujas muy finas (y más profundamente que la mesoterapia), y que rompe los adipocitos. Los triglicéridos de su interior salen a la sangre, se metabolizan y se eliminan de forma natural.
Y este «milagro anti-grasa», ¿por qué no se usa en España? La respuesta habría que pedírsela a la Agencia Española del Medicamento, que no le ha dado luz verde en nuestras fronteras. Como tampoco lo ha hecho la Food and Drug Administration (FDA), aunque se dispensa en algunas farmacias americanas como fórmula magistral porque están sujetas a una regulación más tolerante. Que sepamos, sólo está legalizada en Brasil (¡y se lo hacen las brasileñas casi tanto como la depilación con cera!) y en algunos países europeos, como es el caso de Italia y Alemania, aunque se aplica en situación de alegalidad.
¿Por qué tanta precaución? El ejemplo referido al principio bastaría para contestarlo, pero el doctor Pedro Jaén, jefe del servicio de Dermatología del Hospital Ramón y Cajal de Madrid, es más explícito: «la PCDC es realmente efectiva para disolver la grasa pero, mal inyectada, puede producir necrosis (tejido muerto) y granulomas (masas de tejido crónicamente inflamado muy antiestéticas). También se han descrito necrosis musculares cuando se realiza la inyección demasiado profunda y úlceras cuando es demasiado superficial». ¿Pero si estuviera autorizado, se lo aplicaría en sus pacientes? «El día que se apruebe en España, ¡seré el primero en inyectármela en la cintura», afima Jaén.
Para especialistas
Con mayor entusiasmo habla el doctor Robert Adrian, uno de los dermatólogos de mayor renombre en Washington que, después de tratar a 400 pacientes con PCDC, asegura que «crea adicción, porque funciona». Y Suzanne Thomas, 35 años y profesora de una escuela de informática en Kansas, que nunca imaginó que se dejaría clavar una aguja en el cuello 72 veces para ver reducida su papada: «Pero el resultado compensa con creces el sufrimiento». El proceso le ha costado casi mil dólares (3 sesiones de 300) pero «no pueden estar mejor invertidos», asegura.
Sin embargo hay un amplio sector crítico de la American Society for Aesthetic Plastic Surgery y de la American Society of Dermatologic Surgery que recomienda a sus pacientes que se mantengan alejados de esta «tentación» porque no hay evidencias científicas de que sea efectiva, ni segura. El presidente de la Sociedad Americana de Dermatología, Alastair Carruthers, cuenta que tuvo que atender en su consulta a una paciente que casi pierde los párpados inferiores porque le inyectaron PCDC para eliminar las bolsas y le «mataron» el tejido debajo de los ojos.
La doctora Asunción Cascante, del equipo del doctor Juárez, en el Hospital La Zarzuela de Madrid, cree que puede ser una bomba en las manos inadecuadas. «Provoca una eclosión enorme, y si no se acierta en la diana -el adipocito- puede dañar los vasos sanguíneos o matar el tejido celular». ¿Sería más seguro si se usara dirigido con un ecógrafo? «Absolutamente, aunque lo realmente importante es que, si se autoriza su uso, esté restringido a los médicos especializados. Y que estos adviertan a los pacientes de los efectos secundarios -como dolor, hinchazón, quemazón, sensibilidad al tacto, prurito y eritema y hematomas- que se dan en el cien por cien de los casos, según advierte el Departamento de Dermatología de la Universidad de Southern California de Los Angeles.
La polémica está servida.
TEXTO: TERESA DE LA CIERVA FOTO: FABIÁN SIMÓN



