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Haddock, o el barroquismo del insulto

«Érase un peje espada muy barbado», quizá hubiera dicho Quevedo del capitán Haddock, aventajado sucesor del genio del Siglo de Oro en el barroco arte del insulto

Actualizado 30/06/2003 - 11:14:46
MADRID. Haddock, la contrafigura. Frente a la compostura y depurados modales de Tintín (irreductible en su politesse, incluso en las circunstancias más adversas), el ilustre capitán de buque mercante, a quien se adivina retirado de su profesión por su afición al frasco, aunque tal extremo no se manifieste abiertamente, deleita a los tintinómanos con su catarata surrealista de insultos e imprecaciones.
Vayamos por partes: el capitán atraviesa, a lo largo de la colección (aparece por primera vez en el octavo álbum, «El cangrejo de las pinzas de oro»), tres etapas bien diferenciadas: la patética, tristona y lumpen, pronto superada gracias a la amistad de Tintín; la de nuevo rico, propiciada por el hallazgo del tesoro de su ilustre antepasado el caballero de Hadoque en «El tesoro de Rackham el rojo», y la pletórica (véase, por ejemplo, «Las joyas de la Castafiore»), donde el capitán adquiere plaza de honor en el olimpo de los personajes contemporáneos de ficción. A esas alturas, ya no es necesario enfangarle en alambicadas aventuras para que el lector disfrute de su carácter irascible y bronco.
Michael Farr asegura en su libro «Tintín, el sueño y la realidad» (editado en España por Zendrera Zariquey) que el apellido lo inspiró Germaine, la primera mujer de Hergé, cuando definió al «haddock» (bacalao) como «un pobre pescado inglés», lo que cuadra a la perfección con esa primera fase en que se le presenta como un tipo menesteroso.
Tan rico es el universo de los insultos del capitán, que un autor francés, Albert Algoud, ha buceado en sus hallazgos lingüísticos (que jamás caen en el pozo de lo soez ni en la llaneza celiana del taco) y los ha recopilado en un jugoso volumen titulado «Le haddock illustré», («El haddock ilustrado», como si de una enciclopedia se tratase), que aún no se ha traducido al español. Enganchados a menudo a un atronador punto de arranque («mil millones de mil rayos»), muchos dicterios son reconocibles (filibustero, rapaz, sátrapa, vampiro, zopenco...), algunos delirantes (logaritmo, ectoplasma, iconoclasta, antropopiteco...) y otros crípticos, agazapados en lo más recóndito del Espasa. He aquí un breve glosario, clarificador de esta última categoría:
Anacoluto: Construcción gramatical que se interrumpe de forma súbita e inconsecuente.
Bachi-buzuk: Mercenario del ejército otomano reclutado por los sultanes. Los bachi-buzuks tuvieron fama de indisciplinados. Deriva de vocablos turcos que significan «mala cabeza».
Cercopiteco: Mono propio de África, de formas ligeras, con las callosidades ísquicas muy desarrolladas.
Coloquinto: Planta herbácea originaria de la India.
Doríforo: Pudiera aludir a la escultura clásica del «portador de lanza» (que es lo que significa este término de origen griego), pero tratándose de un insulto parece corresponder más bien a un insecto que lleva este nombre.
Zuavo: Soldado francés perteneciente a un cuerpo formado por nativos de Argelia. Realizaron sus intervenciones más brillantes en las campañas de Crimea, Italia y México en 1870.
Con todo, la maestría del capitán a la hora de los insultos no deriva de su mera acumulación, sino que está perfectamente engarzada en el discurso narrativo que plantea Hergé: son oportunos en fondo, forma y momento. No como en la Asamblea de Madrid.
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