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El síndromde de la vaca echada

Actualizado 30/03/2006 - 03:10:44

Poco prospectivo, por su mirada puesta en el pasado, bastante previsible y mortalmente aburridor. Iluso de quien esperara el gran espectáculo parlamentario en el debate de ayer, que casi siempre transcurrió sin pena ni gloria, por su falta de foco y la repetición de escenas ya harto conocidas.

Lo hablado se asentó parsimoniosamente en la chatura y se asentó tanto, que logró un gran parecido con el síndrome de la vaca echada, una patología que bien conocen los ganaderos gallegos. Sucede que las vacas, de tanto estarse quietas, cada vez están más quietas, por tonto que parezca decir esto. El decúbito prolongado obstruye la circulación de la sangre, y sin ella, los tejidos se pudren. Por eso, debe procurarse que el animal se eche a andar, como sea.

Y lo de ayer era una vaca echada con la que nadie podía. Poco iba a poder hacer el presidente, que lo más colorido que tiene, ya se sabe, son las corbatas, que visitan toda la escala cromática en alucinante frenesí. Soria, si bien mostró mucha más espontaneidad y presencia de espíritu -poco atraen los oradores que se limitan a leer en el estrado-, al improvisar y buscar el impacto en el respetable, no pudo evitar valerse de su latiguillo de siempre: «Permítame que le diga...». Y Alemán, aunque también con mayor frescura que Martín, se enredó en un discurso algo contradictorio, un «sí, pero no tanto» que cuesta mucho dar a entender con eficacia.

La vaca siguió echada y no era capaz de despertarla ni siquiera la espantada general que sobreviene cada vez que les toca hacer uso de la palabra a los lanzaroteños del PIL. Que, al menos, hablan y no como los tres escindidos de CC, meros espectadores de primera fila.

B. S.
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