AUNQUE lo repitan hasta la saciedad los telediarios y lo proclamen con orgullo los aviones de Iberia, España no preside la Unión Europea; es más, tal Presidencia no ha existido jamás. Tampoco preside el Consejo Europeo porque desde la entrada en vigor del Tratado de Lisboa un Presidente permanente sustituye a las anteriores presidencias rotatorias.
Lo que nuestro país preside desde el primero de enero son todos los Consejos de ministros sectoriales con la excepción del Consejo de Rrelaciones Exteriores cuyo titular es el Alto representante para la política exterior. Y las labores de coordinación que le corresponden las lleva a cabo con Bélgica y Hungría, novedoso ménage à trois que establece el nuevo Tratado. Éste ha supuesto, en suma, un cambio de gran calado en las funciones de una Presidencia que implica menos fuegos artificiales y más trabajo silencioso a la manera de lo que los anglosajones denominan un honest broker.
Nuestra Presidencia comenzó con mal pie. Por un lado, el balance del gobierno Zapatero (más paro, más déficit, ausencia de reformas estructurales) contrastaba con el de los gobiernos González (impulso europeísta de la España post- transición) y del gobierno Aznar (milagro económico). Por otro, en sus primeras intervenciones Rodríguez Zapatero actuó sin cambiar el chip y sus discursos fueron más propios de un Presidente del Consejo Europeo que de un coordinador de los Consejos sectoriales. Sólo una confusión sobre su papel puede explicar sus propuestas sobre el paquete Europa 2020 sin haberlas pactado previamente con el resto de los socios comunitarios.
La reacción de los europeos, que osciló entre el desprecio y la burla, fue negativa para la imagen de nuestro país. Precisamente la importancia que damos al prestigio de España motivó la mano tendida de Mariano Rajoy al presidente del Gobierno que se tradujo en una resolución elaborada entre el PSOE y el PP y apoyada por la mayoría del Congreso de los diputados el 27 de noviembre de 2009. Porque los gobiernos pasan pero España permanece. España son sus gentes, sus empresarios, sus trabajadores, sus estudiantes. Y las críticas al gobierno dañan la buena imagen del país que entre todos hemos construido estos últimos treinta años.
De ahí el respaldo de los portavoces del Partido Popularen el pleno del Parlamento Europeo celebrado el 20 de enero donde el presidente del Gobierno expuso los objetivos de la Presidencia española. Combatir la crisis económica, disminuir el nivel de paro, resolver los interrogantes energéticos, poner en marcha las nuevas instituciones creadas por el Tratado de Lisboa constituyen objetivos deseables y compartidos por todos. Pero, para tener éxito, hace falta algo más: en palabras de nuestro clásico, «pasar de las musas al teatro».


