TEATRO
«La cabra o ¿Quién es Sylvia?»
Autor: E. Albee. Traduc. y dir.: J. M. Pou. Esc.: J. Roy. Vest.: M. Araujo. Ilum.: T. Orriols. Int.: Jo. M. Pou, M. Arànega, A. García y J. Lara. Lugar: Teatro Bellas Artes. Madrid.
JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN
Precedido por una buena cosecha de premios, llega a Madrid este montaje de «La cabra», una obra con la que un casi octogenario Edward Albee (Washington, EE.UU., 1928) vuelve a demostrar que, con Harold Pinter, es uno de los gigantes vivos del teatro en lengua inglesa. El motor de la función es una historia de amor tan honda como insólita: un hombre de ciudad se enamora rendidamente de una cabra, una pasión zoofílica que va más allá de lo concebible para un tipo de su situación: urbano, cultivado, arquitecto distinguido, casado felizmente, tolerante y comprensivo padre de un hijo homosexual, y sin anteriores aventuras extramatrimoniales de las que presumir, como él mismo dice que hacen algunos de sus amigos. Digo una historia insólita no por lo infrecuente de las relaciones eróticas entre personas y animales, sino porque a Martin, el arquitecto en la cima de su profesión, no le atraen sexualmente las cabras, le gusta específica e irremisiblemente esa cabra, Sylvia, tierno rumiante con el que se topó mientras buscaba una casita en el campo y en el que encuentra un amor puro, inocente, no sujeto a intereses de ningún tipo. Para él, y así lo expresa, Sylvia ha sido una epifanía, una maravillosa historia secreta en la que está latente, al tiempo, el germen de su destrucción, mecanismo que se pone en marcha cuando le confiesa a su mejor amigo la naturaleza de su pasión y éste se ve en la «obligación» moral de salvarlo de ese pozo de abyección contándoselo en una carta a Stevie, la esposa engañada.
Ese amor contra toda lógica, menos disculpable que el de Romeo y Julieta para Capuletos y Montescos, edénico, inmaculado de culpa, incomprensible para el resto de los mortales, derriba los pilares del mundo en el que Martin vivía confortablemente instalado. El segundo acto de la función es magistral: Stevie y Martin mantienen un mano en el que él intenta explicar a su esposa, a la que dice seguir amando, la importancia de su relación con Sylvia.
Martin habla y Stevie pespuntea su discurso con devastadoras cargas de ácido sarcasmo, unos diálogos que Albee ha escrito con vitriolo puro; al tiempo, la mujer furiosa, tal vez preparada para impactos a su estabilidad conyugal más convencionales, va haciendo trizas diversos elementos decorativos de la vivienda en un proceso simbólico de destrucción paralelo al de su matrimonio. Una situación terrible resuelta con una catarsis que no es cuestión de revelar y durante la que Martin, en una suerte de purificación simultánea a su descargo de conciencia, se reencuentra con su hijo, muy hostil hacia él tras conocer su amor por la cabra.
En su línea de husmeador de los intersticios de la salud moral de la sociedad contemporánea, Albee lanza sobre el tapete cuestiones como la imposibilidad de la pureza, las relaciones de pareja, los límites de la libertad, el alcance de la intimidad, el derecho a intervenir en asuntos personales de los demás, el fariseísmo social... y lo hace en forma de tragicomedia grotesca de rotunda eficacia cómica a juzgar por las risas del público; comicidad heladora con la tozuda contundencia de un berbiquí en su afán por llegar hasta el hueso.
José María Pou ha cuajado un formidable montaje, con algún exceso de estridencia verbal, a mi juicio, en algunos momentos, y que funciona como una maquinaria de relojería en una estupenda, amplia, limpia escenografía firmada por Joaquim Rey, espléndidamente iluminada por Txema Orriols. Pou, muy bien de voz y presencia, se dirige a sí mismo como un Martin perplejo por la incomprensión de quienes le rodean, y dirige al resto del reparto con la complicidad de quien conoce el paño. Merc_ Aran_ga es una Stevie capaz de inmolarse en el filo de su propia ironía y salir triunfante de la prueba, Alex García es el hijo de ambos, desafiante y vulnerable, y Juanma Lara se ajusta a la perfección a su papel de amigo redentor. Piezas todas de un gran montaje al que, sin presumir de dotes adivinatorias, no es aventurado profetizar una larga temporada en cartel.



