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«Aquí las Navidades no existen»

Un fuerte hedor, montones de basura, ratas y una enorme laguna de agua estancada reciben a los visitantes que acuden al Gallinero, el asentamiento marginal de la Cañada Real Galiana, en donde viven

Actualizado 29/12/2008 - 08:33:16
Un fuerte hedor, montones de basura, ratas y una enorme laguna de agua estancada reciben a los visitantes que acuden al Gallinero, el asentamiento marginal de la Cañada Real Galiana, en donde viven, de forma más o menos estable unas 600 almas.
Situado en el kilómetro 13 de la A-3, en ese lugar inhóspito viven más de un centenar de familias rumanas con una media de entre 3 y 5 hijos cada una, por lo que la mitad de esta población de etnia gitana es menor de edad. Son los que siempre tienen una sonrisa en la boca, y los que no paran de correr y jugar, ignorando su suerte.
La decoración permanente del asentamiento es la misma en cualquier época del año y la conforma la ausencia de todo lo básico. La miseria, la sordidez y la desolación lucen en estado puro, con ligeras variaciones. La pobreza es húmeda, chorreante y escurridiza en invierno. Y asfixiante, opresora y plagada de insectos en el inmenso secarral en que se convierte el poblado en verano.
El escenario es siempre el mismo, aunque las condiciones climáticas endurezcan aún más las condiciones de vida de estas personas. Un ejemplo fue lo ocurrido el pasado octubre, cuando en 20 días, el poblado se anegó dos veces. Y con ello, muchas familias perdieron lo poco que tenían.
«Saca 20 euros al día pidiendo»
El paisaje invariable lo conforman cuerdas repletas de ropa infantil al sol, trastos desvencijados por doquier y zapatos abandonados. No hay luces ni espumillón ni árboles. Aunque sea Navidad.
«Aquí las Navidades no existen, no puede haber ninguna celebración en estas penosas condiciones. Al menos, no lo festejamos como todo el mundo porque no tenemos dinero. Nuestra vida se reduce a comer y dormir», afirma Florín con cierto resquemor. Este joven de 25 años, con un niño de escasos meses, alicates en mano, hace una «chapuza» en los cables, empalmados por tramos, que recorren el suelo, procedentes del tendido eléctrico, con el fin de abastecer ilegalmente de luz a las chabolas.
«No tenemos posibilidad de festejar nada. Yo ahora no trabajo y mi mujer, Daniela, de 20 años, se dedica a pedir y con lo poco que obtiene, unos 20 euros al día, nos mantenemos los tres», explica este chico que llegó a España hace seis años.
El poblado no escapa a los efectos de la crisis económica. «Yo no he estado aquí siempre. He ido y he vuelto, en función de las circunstancias. Cuando mejor me ha ido fue a raízde la entrada de mi país en la UE. Fui chófer de una línea de autobuses que hacía el viajeRumanía-España-Rumanía».
Con las vacas flacas, los estragos de la recesión se ceban con los más desfavorecidos, como es el caso. Ahora, los que se dedican a recoger chatarra tienen más competencia y recaudan menos; lo mismo que los que hacían alguna chapuza en el sector de la albañilería. En la actualidad, están de brazos cruzados. Igual ocurre con los rebuscadores de basura, que se las ven y se las desean para hallar algo que merezca la pena entre los montones de desechos de los contenedores. La mendicidad es el recurso que están empleando muchos para subsistir. De lo ilegal no hablan, pero en el poblado asoman como un oasis en un desierto un Audi y otros flamantes coches.
Ropa y calzado, lo más preciado
No es el caso de Florín y Daniela, quienes expresan su deseo para el próximo año que está a punto de comenzar: «Un trabajo y salir de aquí para poder vivir como el resto de la gente», agregan resignados.
La ropa de abrigo y el calzado se convierten en los regalos más preciados, sobre todo, para los niños. Una mujer de mediana edad, voluntaria de una parroquia de Villa de Vallecas, acude, a título personal, con el maletero lleno de zapatos y de coloridos forros polares. De inmediato, es rodeada por un grupo de mujeres y de niños, matriculados en colegios de la zona: el Ciudad de Valencia y el Blas de Otero, en Santa Eugenia.
«¡¡¡Señora, dame calzado para menino, que va al "cole"!!!», repite con voz quejosa una madre que carga con su hija en brazos. «Es muy difícil reunir una remesa grande para llegar a todo el mundo. Por ello, tratamos de incentivar la solidaridad y recibir ayuda», explica Enrique, que lleva año y medio de voluntario de la iglesia de Santo Domingo de la Calzada. La demanda ha superado la oferta y los que se marchan con las manos vacías confían en que la próxima vez les tocará. Muy cerca, un grupo de hombres mira la escena, indiferente, mientras se calientan junto a una fogata.
Tristes sin sus hijos
Más tristes que otros años están siendo estas fechas para Maricha, de 31 años y su marido, Brialen, de 33. No por la pobreza, sino porque sus dos hijos mayores, de 14 y 10 años, están en su país. </MC><MC2>Maricha y sus retoños se fueron al entierro de su madre, y a la hora de volver, solo había dinero para un billete por lo que regresó ella sola.
Están pasando estas fechas familiares con la añoranza de sus pequeños y con la única compañía de su bebé, de poco más de un mes. «Acaba de salir del hospital hace una semana. Nació con las defensas muy bajas y con la cabecita hinchada». El frío se cuela por cada rendija de los tablones que hacen las veces deparedes y al pequeño Ionus le han colocado junto a un calefactor de la única habitación que disponen para todo desde hace dos años. «Pido leche y pañales para el bebé e intentó mandar la ropa que encuentro -apilada en un rincón- y algo de dinero para mis otros hijos que están con mi cuñada...», suspira.
Aún así, intenta hacer de tripas corazón. «He cogido algunos globos de la basura, un Papá Noel, y mi marido un abeto -pelado, que enseña- e igual se lo ponemos al niño si encontramos con qué decorarlo». Cuenta que en su país lo típico la noche del 24 y del 31 es el sarmale (hojas de col rellenas de carne), torta y dulces para los pequeños, a los que les hacen una fiesta con globos.
«A pesar de las precarias condiciones de vida de estas personas, aquí están mejor que en su país. Muchos cabezas de familia han regresado ellos solos a Rumanía con la intención de ganar algo de dinero y enviárselo a los suyos aquí, y han acabado de vuelta al poblado. Aquí tienen más ayuda social». Otra historia triste es la de Verónica, de 31 años, Fagada, de 35, y sus tres hijos de 17, 15 y 7 años. Llevanseis años en España y han vivido también tiempos mejores. «Llegamos a vivir de alquiler en las casas bajas de Valdemingómez cuando mi marido ejercía de albañil. Pagábamos 250 euros de los mil que ganaba. Cuando se quedó sin trabajo y sin dinero tuvimos que volver aquí». No tienen papeles. «Caducaron», dice. «No me gustan las navidades. Me ponen triste porque no las puedo celebrar este año». Perdió la chabola en las primeras inundaciones de octubre y ahora, apenas tiene dos colchones mugrientos y unas sillas desvencijadas que le dieron en la parroquia. «Mi marido está por ahí, buscándose la vida. Yo solo le pido al año nuevo trabajo para poder salir de aquí».
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