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Mariano Rajoy: «Con el "Prestige" algunos han querido pasar facturas y tumbar al Gobierno»

Mariano Rajoy es el gran personaje político en la crisis del «Prestige». Sobre sus hombros recae la coordinación de la acción del Gobierno para paliar la tragedia. En una conversación con el director de ABC desvela su percepción ante la catástrofe ecológica y económica de Galicia, defiende la gestión del Gobierno, refuta la acción de la oposición y habla del futuro de su tierra natal en la que observa síntomas de radicalización.

Actualizado 29/12/2002 - 16:56:50
Es como parece, un hombre tranquilo. La impresión de sosiego resulta, quizá, lo de menos porque las apariencias suelen engañar, pero los hechos son concluyentes. Un tipo que a los 23 años obtiene por oposición -quinientos temas- la condición de registrador de la propiedad, debe estar fabricado de una madera especial. Mariano Rajoy (Santiago, 1955), vicepresidente primero del Gobierno, ministro de la Presidencia y portavoz admite relajado, sin grabadora, una conversación que él hace breve y concisa con respuestas perfiladas a la pregunta.
El puro apagado entre sus dedos; un atisbo de cansancio en un rostro que se camufla en una barba entrecana y bien cuidada, la chaqueta amplia para dignificar algún kilo en demasía -«no, no hago ejercicio»- y una nostalgia nada afectada de su Galicia natal -«hizo un temporal tremendo (se refiere a la noche del 24 de diciembre), pero el día de Navidad almorcé en La Toja y era una maravilla ver desde aquellos ventanales el mar»- son los detalles que componen la escenografía de un hombre que, esta vez sí, tiene ganas de hablar.
Vivir con intensidad
«Lo vivo -la crisis del «Prestige»- con una enorme intensidad personal porque tenga en cuenta que la tragedia ha ocurrido en mi tierra». Pero sentimientos aparte, Mariano Rajoy es un político al que Galicia le ofrece casi una filosofía de comportamiento. En la marea negra, dice, «controlo lo que a mí me parece fundamental», contesta cuando le interrogo por los que le atribuyen la decisión de dosificar las visitas y presencias de los ministros en la costa gallega. Pero ¿qué es lo fundamental? Adoptar decisiones con fundamentos técnicos después de unos días en los que el Gobierno y la Xunta de Galicia parecían fuera de juego. «Lo mismo que con la crisis de las «vacas locas» estoy asesorado por un comité científico. Dependo de los técnicos para las grandes decisiones». Pero no se desmarca de las más polémicas, previas a su intervención directa: «Yo no adopté la decisión de que el «Prestige» fuera mar adentro, ni tampoco su rumbo, pero comparto por completo ambas decisiones que, creo, fueron acertadas». ¿Y las decisiones políticas? ¿Hay margen para tomarlas? «Sí, lo hay, pero no en cuestiones técnicas. Hay margen -y lo hemos aprovechado- para poner en marcha el resarcimiento a las personas afectadas, desplazar medios y desplegar una activa intervención internacional».
Rajoy, sin embargo, no es de corcho. Dice no haberlo pasado mal cuando tuvo que contestar en el Congreso a José Luis Rodríguez Zapatero «porque no decía nada, no tenía contenido». Sí vivió con sufrimiento los largos segundos del alegato de Jesús Caldera, portavoz parlamentario del PSOE, que, documento en ristre, «me quiso hacer pasar por mentiroso. Yo sabía que no mentía, pero no podía demostrarlo. Sin embargo -continúa- hubo suerte porque el propio Caldera había repartido el documento manipulado y que yo desconocía». Porque -añade- «he dicho siempre la verdad sobre el «Prestige» y si en algo no fue así es porque no lo sabía». Rajoy enfatiza su sinceramiento con un «lo juro por mi honor». ¿Cómo es posible que el vicepresidente no tuviera el documento en el que Jesús Caldera le acusaba de mentir al Parlamento? «No lo sé. Lo único que le digo es que no conocía ese documento, aunque sabía, tenía la certeza, de que lo que afirmaba el portavoz socialista no era cierto». El episodio ha dejado huella en el vicepresidente. «Entiendo que alguien mienta para defenderse; pero no entiendo la mentira para triturar al adversario». Está herido Rajoy. Y sigue: «Con la crisis del «Prestige» algunos han querido pasar facturas ciertas o imaginadas y tumbar al Gobierno. Nunca en mi vida política he observado tanta saña». Pero -refuto- en el PSOE podía ser lógico. Contesta: «Sí. Pero han demostrado ansiedad por lograr el poder, demasiada». ¿Sólo ellos?, apostillo. «Y algunos medios que también han creído ver la oportunidad».
Insulto: «Español»
Galicia antes y después del «Prestige» es una observación sociológica que a este galaico de Santiago de Compostela, no se le escapa. «A sólo cien metros de mi casa han estado radicales -sólo cincuenta, pero estaban- que me han gritado repetidamente. ¿Y sabe cómo pretendían insultar? Pues llamándome español». Le observo: como ocurre en el País Vasco. Asiente con la cabeza. «Cuando ejerce de radical uno que no lo es, siempre le ganan por la mano los que de verdad lo son. Y eso le ha pasado al PSOE, que ha ejercido de lo que no es y le han superado otros». Las pinceladas de Rajoy sobre el ambiente en Galicia son aleccionadoras: «Hay decenas de Cofradías de pescadores, tres hacen una huelga y parece que las demás no existen. Curiosamente, los sectores más radicales están en las ciudades. Los directamente afectados por el «Prestige», en la costa, entienden la labor del Gobierno, no vociferan. Me he reunido en un galpón con marineros y miembros de las cofradías y no he oído ni insultos ni nada parecido». Discreto con la visita del Rey -no da detalles-, tampoco lo hace con la del Príncipe de Asturias -«que también estuvo muy bien»- aunque a nadie le ha pasado desapercibido que la presencia de Don Felipe no fue precisamente relajada. La Xunta -sigue Rajoy- no lo pasó bien los primeros días. «A Fraga le han llamado de todo, pero la realidad es que está metido de lleno en dos problemas esenciales: el lugar del hundimiento y el plan especial para Galicia». Se refiere al presidente de honor del PP con respeto: «Ha tenido que superar dos mociones de censura y una embestida política tremenda, pero ahí está, con una fuerza que otros más jóvenes no tendrían».
El futuro
¿Y el futuro? «El PP es un partido acostumbrado a la adversidad, ha perdido muchas elecciones y esta situación ha servido para la solidaridad interna. Sólo he recibido muestras de solidaridad, de arrimar el hombro. Esa es la verdad». Los populares allí, en Galicia, están pasando malos momentos. «Se tienen que organizar para protegerse, porque, además de insultar a los democráticamente elegidos, han llegado a pegarles». El vicepresidente, eleva el tono -en la medida en que Rajoy desea elevarlo- para constatar que el PSOE, quizá por esa ansiedad, ha fracasado en su estrategia de oposición. El ministro apunta: «Las dos mociones en el parlamento gallego, no salieron; tampoco la comisión de investigación que propusieron en el Parlamento Europeo y la manipulación de Caldera... pese a que han estado muy apoyados mediáticamente». Y ¿en adelante? «Bueno, yo no he tenido ningún pensamiento político en este asunto; me ha preocupado arreglar las cosas, combatir la tragedia, se lo digo de verdad». Sí, bueno, pero el Rajoy que se conocía hace dos meses no es el que se conoce hoy. Silencio. Encogimiento de hombros. «Estoy para lo que estoy y soy vicepresidente del Gobierno». Y ¿ahora qué? «Se están enfocando bien las cosas. Tenemos el apoyo de los más afectados. Vamos a resarcir rápidamente los daños e indemnizar; trabajar para recuperar las costas y los fondos marinos y ayudar al sector pesquero. Somos conscientes de que habrá que apoyar al turismo y agilizar infraestructuras que ya están puestas en marcha. Además ya tenemos planteado el estudio en una ubicación adecuada por determinar de un puerto-refugio, posiblemente por la zona de La Coruña para estar prevenidos, porque por algo aquella se llama la Costa de la Muerte».
Algo tendrá que decir sobre la comunicación porque es portavoz del Gobierno. Se escapa del asunto pero apunta dos criterios: «Con los medios lo que pretendo es tener autoridad moral de forma personal y, después, adoptar decisiones justas, es decir, entendibles y no arbitrarias». Mensaje un tanto críptico de un Rajoy de difícil definición política. Suele decir que «yo soy un señor normal». Tan normal que entrevera su relato -sin grabadora- con un taco coloquial que le sale fluido, repetido, inocuo.
¿Cansado? «Sí, un poco. A ver si puedo descansar el sábado y el domingo. Creo que me iré para allí».
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