jueves, 18 de marzo de 2010
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Paloma y Ana María trajeron a sus hijos al mundo esta semana. Las dos tuvieron un parto sin complicaciones. No hubo problemas, ni sustos inesparados, ni hubo que recurrir a la cesárea. Todo fue como
29-9-2007 10:14:59
Paloma y Ana María trajeron a sus hijos al mundo esta semana. Las dos tuvieron un parto sin complicaciones. No hubo problemas, ni sustos inesparados, ni hubo que recurrir a la cesárea. Todo fue como la seda. Ambas disfrutan ahora de la compañía de dos bebés sanos y rollizos. Dos partos y un mismo resultado. Pero su experiencia se parece poco.
Ana María dio a luz en la maternidad del Doce de Octubre de Madrid, uno de esos grandes hospitales preparado para cualquier eventualidad. Con especialistas, quirófanos y unidades de cuidados intensivos neonatales de última generación. Paloma optó por La Milagrosa, una clínica privada madrileña que ha hecho un esfuerzo por reducir la intervención médica para que todo el proceso sea más natural sin renunciar a la asistencia médica.
Ana María sobrellevó las contracciones y las 8 horas de dilatación con la ayuda de la anestesia epidural. También pasó por la episiotomía, el temido corte en el periné que facilita el paso de la cabeza del feto por la vagina. Las constantes vitales de ella como las de su bebé fueron vigiladas en todo momento con sistemas de monitorización, tanto externa (un cinturón en el abdomen de la madre) como internos. Durante la dilatación, se colocaron unos electrodos en la cabeza del feto que controlaban su estado. Estuvo acompañada durante todo el tiempo por su pareja, pero cuando llegó el momento de alumbrar a su pequeño fue trasladada al paritorio, a una sala similar a un quirófano. Al día siguiente, con el gotero de suero en el brazo prefería pensar sólo en su pequeño, las intervenciones médicas previas poco le importaban. «Todo ha ido bien. Me he sentido segura y me han ayudado mucho».
Sin epidural y con hidroterapia
Paloma, sin embargo, tenía claro desde el principio que viviría el nacimiento de su primer hijo en un entorno más íntimo, sin intervenciones médicas, aunque nunca se planteó tenerlo en casa para no renunciar a la seguridad de un centro sanitario. Su pequeña nació el pasado lunes, asistida por una ginecóloga y una matrona. sin ningún tipo de anestesia. Lo hizo en una sala que recordaba a un pequeño apartamento con los conciertos de piano de Mozart de fondo. En lugar de un suero pinchado en la vena, bebió sorbos de una bebida isotónica. Tampoco hubo medicamentos que aceleraron el proceso del parto, ni enemas, ni rasurados, ni cortes en el periné para facilitar la salida de su hija.
En vez de epidural, Paloma soportó el dolor y el cansancio sumergida en una bañera de agua templada, caminó y recibió masajes. Lo único que le recordaba su estancia en un centro sanitario era el monitor colgado de un cinturón que llevaba pegado en el abdomen. Cuando llegó el momento, alumbró a su hija en una cama articulada que le permitió estar casi en cuclillas para empujar con más facilidad, mientras su ginecóloga estaba sentada en el suelo. Pese al cansancio, hoy «repetiría sin dudarlo», dice. «A mi hija le costó salir, pesó casi cuatro kilos y estoy convencida de que en otro hospital grande me hubieran hecho una episiotomía o hubieran utilizado fórceps».
Regina Cárdenas, ginecóloga y artífice de la transformación de los partos en La Milagrosa, cree que si se respetara el proceso fisiológico del parto se reduciría el número de cesáreas. Su experiencia apoya esta afirmación: «En los nacimientos que hemos asistido, no ha habido complicaciones y nuestra tasa de cesáreas se reduce a un 7% cuando la media en la sanidad privada es del 40%». Cárdenas reconoce que hay partos con complicaciones en los que se necesita recurrir a una intervención médica más intensa. «Nosotros tampoco restringimos nuestra asistencia a pacientes perfectas y sin ningún problema de salud. A veces se trata de una cuestión de actitud del ginecólogo», asegura.
Esta especialista está convencida de que se puede asistir un parto respetando las condiciones fisiológicas «sin renunciar a lo que la Medicina y la tecnología nos ofrece en el control materno fetal». Ni siquiera sin privarnos de una analgesia o anestesia si el dolor resulta insoportable. «La epidural no está reñida con un parto más humano», insiste.
La voluntad del ginecólogo
El Doce de Octubre fue el primer hospital de la Sanidad pública que empezó a finales de la década de los 80 a intentar «humanizar» el parto y evitar intervenciones médicas innecesarias. La voluntad de los ginécologos del centro bastó para hacerlo, sin necesidad de una estrategia nacional como la que pretende poner en marcha el Ministerio de Sanidad.
«Fuimos los primeros en permitir a los maridos que pasaran a la dilatación. Algunas embarazadas parían en cuclillas..., interveníamos lo menos posible. Y entonces llegó la epidural», recuerda Jesús Grande, jefe de sección de Asistencia Intranatal y Urgencias del Hospital Doce de Octubre». En su opinión, la anestesia epidural sí obliga a realizar partos más intervenidos desde el punto de vista médico. «Las contracciones son peores, se pueden necesitar fármacos oxitócicos para favorecer el parto y también aumentan la necesidad de un parto instrumental con fórceps».
Nunca sin indicación médica
Pese a la epidural, la gran mayoría de los ginecólogos insiste en que se tiende a respetar al máximo el proceso natural, el mecanismo más perfecto. «Ni aceleramos el parto ni hacemos ninguna intervención si no hay indicación médica. Tampoco se rasura ni se realizan episiotomías de rutina», aclara Grande. No sólo es una moda. De los partos en bañeras o en el hogar se ha pasado a una tendencia social que también ha calado entre los médicos. La propia Sociedad Española de Ginecología (SEGO) cuenta con un protocolo en el que recomienda a sus ginecólogos reducir al mínimo sus intervenciones. Sondajes, enemas, cortes en el periné o el rasurado de la zona perineal están ya descartados de rutina.

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