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Guinea Bissau. El clandestino que regresó a la selva

Esta es la historia de un adelantado a los tiempos en que vivimos. Un hombre que, con sólo 23 años, hizo hace más de dos décadas lo que muchos intentan ahora a toda costa. Un africano que sale de su

Actualizado 29/09/2006 - 19:32:17
Esta es la historia de un adelantado a los tiempos en que vivimos. Un hombre que, con sólo 23 años, hizo hace más de dos décadas lo que muchos intentan ahora a toda costa. Un africano que sale de su país, Guinea Bissau, en 1982 y que, tras pasar por Senegal, Gambia y Mauritania, alcanza Canarias en abril de 1985 como emigrante ilegal escondido en la bodega del mercante «Plata» en compañía de dos gambianos.
«Al llegar saltamos al muelle. En aquellos tiempos no había la vigilancia que hay ahora. Hallé a unos paisanos en la pensión Matías, pero me dijeron que no había trabajo». Los recuerdos de Braima Sanhá, en un español más que digno, llegan hasta detalles insospechados a pesar del tiempo transcurrido.
Vuela a Barcelona con dinero prestado y, tras varios meses buscando trabajo, decide alistarse en la Legión. Después de la instrucción en Ronda pasa a Melilla, donde llega a ser cabo tirador de mortero y cabo jefe de cocheras. Pero el sueño europeo no acaba de llenarle del todo y da a entender, sin criticar al Ejército, que estaba en el Tercio por supervivencia. Su verdadera pasión es el campo, por eso abandona Melilla en 1988, desde donde viaja a Valencia. Allí vive de vendedor ambulante con un Renault 4L antes de regresar con él a Guinea Bissau el 29 de febrero de 1989. Desde entonces todos lo conocen como «el español».
A tres horas en carro
Braima hace un repaso de sus vivencias en ultramar sorprendido aún de que dos periodistas -«como ángeles bajados del cielo»- lo hayan localizado en plena selva guineana, lejos del teléfono, de la luz y del agua corriente. A tres horas en carro de Bissora, por un camino infernal, donde vive con la bella Antonia y sus tres hijas. Su casa son dos chozas de barro, una con el techo de paja y la otra cubierta por una lámina de metal ondulado. De esta segunda saca, sin perder el hilo de su relato, un maletín negro cubierto de polvo que utiliza como archivo. El carné de conducir, su tarjeta de legionario, papeles... y lo mejor: dos álbumes repletos de fotos increíbles. De vacaciones, de maniobras, desfilando... Cada una lleva escrita encima con bolígrafo la fecha y el lugar donde fueron hechas. Y muestra orgulloso la más grande de todas, la de la jura de bandera.
Con su memoria prodigiosa recuerda nombres y apellidos de decenas de compañeros, pero al que más añora es a su amigo Félix Pérez Oñate, del que nada había vuelto a saber hasta hace pocos años.
La pasión que siente Braima por España le lleva a escuchar con frecuencia Radio Nacional. Un día de 2002 decidió escribir al programa «El club de la vida» para que le ayudaran a recuperar el contacto con sus antiguos compañeros. La casualidad quiso que la madre de Félix Pérez Oñate estuviera escuchando la radio en el momento en que leyeron la misiva del ex legionario guineano. Desde entonces, los dos se cartean de vez en cuando y, dentro de sus posibilidades, el español intenta ayudarle enviándole material para el campo.
Félix fantasea con la posibilidad de que Braima se hubiera quedado en España. «¿Te lo imaginas de legionario impidiendo que salten otros africanos la valla de Melilla? Mejor que esté en su país», comenta a este corresponsal emocionado al saber que ha visto a su amigo en la selva. Aunque, claro, el conductor de autobuses se reprocha que no pueda seguir ayudándole. «Me cuestan más los envíos que lo que le mando».
Empeñado en sacar el máximo partido a las ocho hectáreas de terreno que tiene a su cargo -«aquí pides al encargado del pueblo las tierras y te la dan sin más», explica-, lo último que ha hecho es plantar un centenar de plataneros. Pero requieren mucha agua que, fuera de la época de lluvias, ha de sacar de un pozo de 25 metros que él mismo ha construido y que corona una rueda de bicicleta como polea. «Necesito una electrobomba porque a mano no llego a todo el campo».
Nueva California
Así es la vida en Nueva California -nombre con el que se conoce la zona, «porque queremos imitar los cultivos californianos», donde 21 hombres y 37 mujeres campesinos han fundado la asociación UDAP (Unidad para el Desarrollo Agropecuario). El cultivo de plátanos es la humilde respuesta con la que Braima quiere hacer frente a las leyes del mercado que le impiden sacar de su casa las tres toneladas de anacardo -una fortuna si lograra ponerlas en el mercado español, donde se pagan hasta 200 veces más caro que en Guinea- que tiene bloqueadas sin poder comercializar. Le acompañamos por su huerto. Nos muestra sus cabras, borregos, burros y cerdos. Estos últimos, puntualiza, son de Antonia.
En pleno paseo es donde el guineano desenvaina una de las claves de su discurso y que más de un gobernante europeo debería considerar. «Con un tractor o un motocultor \[arado mecánico manual\] daría trabajo a más de cien personas que así no tendrían que arriesgar su vida en el mar. Con el hambre la gente no piensa. No se van de aquí porque sí». Braima se refiere a los vecinos de Bissora que buscan desesperadamente llegar a Canarias en cayuco y que le llaman «loco» por haber dejado «la buena vida de España y haber regresado aquí a sufrir».
E insiste siempre en que si algún día regresa a nuestro país será para seguir formándose como agricultor y regresar con la maquinaria que necesita para desarrollar Nueva California. «Quiero luchar contra el hambre. La agricultura puede salvar al mundo», sentencia este africano de 47 años que conoce las dos orillas, pero prefiere la suya.
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