TRIBUNA
POR JAVIER MONTALVO
La oleada de incendios es eso, un fenómeno cíclico e irregular, como las olas, aunque varía su concentración geográfica y temporal. En las Rías Baixas la probabilidad de incendios y de superficie arbolada quemada es diez veces mayor que en las partes de Lugo de menor incidencia. Los incendiarios no son la causa principal por la que arde una superficie tan importante en Galicia anualmente.
Aunque todos los tuareg del desierto del Sáhara fueran incendiarios, el desierto no podría quemarse: apenas hay materia combustible, es decir, biomasa vegetal (hojas y material leñoso de árboles y otras plantas y hojarasca, ramas secas y otros residuos vegetales sobre el suelo). La cantidad del combustible es un factor importante, aunque también es muy relevante su calidad y distribución. A mediados del siglo pasado los incendios en Galicia no eran un problema con las dimensiones catastróficas de hoy. En 1940 se puso en marcha el Plan General de Repoblaciones en todo el Estado. Desde entonces, en Galicia se repoblaron más de un millón de hectáreas (cifra equivalente a más de un tercio de su superficie total).
El uso tradicional y diversificado del monte, fundamentalmente ganadero y agrícola, fue reemplazado por un uso uniforme e industrial: cultivos madereros para tableros, pasta de celulosa y madera de sierra. Los montes se llenaron de millones de metros cúbicos de un combustible altamente inflamable y con una rápida capacidad de combustión y propagación. Su acumulación destaca en las sierras litorales occidentales de las provincias de Pontevedra y La Coruña, donde es mayor la producción de biomasa.
Un millón de metros cúbicos de madera de eucalipto queda sin extraer del monte anualmente (en parte porque en los últimos diez años se depreció un 40%). La alta cantidad de combustible es una de las causas estructurales de los incendios; los pirómanos u otras causas inmediatas sólo prenden el fuego.
El abandono del monte contribuye a este escenario peligroso, pero considerarlo el único factor es simplista: los incendios también afectaron a los montes con planes de ordenación y gestión, como los vecinales de Amoedo (Pazos de Borbén) y Domaio (Moaña).
Los cultivos arbóreos de especies foráneas (eucaliptos y pinos) arden con mayor probabilidad que los bosques atlánticos y terrenos con árboles caducifolios autóctonos (fragas, carballeiras, soutos de castaños, bosques de ribera, etcétera). Hace 25 años, la superficie de eucalipto ya ardía cuarenta veces más y la de pino diez veces más que la de roble o castaño, respectivamente.
Pino y eucalipto son especies pirófitas, es decir, más inflamables por su resina, corteza o contenido de aceites volátiles. Propician el incendio porque sus poblaciones persisten o amplían su territorio después del fuego. Las extensas superficies repobladas monoespecíficas facilitan la propagación del fuego. Además, cuanto más altos son los árboles, mayor es la velocidad del viento y de propagación del fuego por las copas. Por eso hay montes más predispuestos a arder en Pontevedra y La Coruña, donde el fuego recorrió extensas superficies de eucalipto, como los montes del Morrazo y los de Cerdedo y otros cuatro municipios vecinos en que los se quemaron 8.000 hectáreas contiguas.
¿Cuál es la solución para conjurar los incendios? Eliminar eucaliptos, convertir pinares en cultivos mixtos con árboles caducifolios y fragmentar los extensos cultivos propensos al fuego mediante rodales de vegetación más resistente al fuego. Son alternativas estratégicas para fundamentar una política sostenible para Galicia.
Dr. Javier Montalvo
Laboratorio de Ecología Aplicada
Facultad de Biología
Edificio de Ciencias Experimentales. Universidad de Vigo



