Los policías no podían reprimir una sonrisa. El reloj rondaba las siete de la mañana del pasado domingo cuando al otro lado del aparato de escuchas Jaime Jiménez, el peligroso y frío «Solitario», que acababa de subir a su Renault Kangoo para viajar a Figueira da Foz (Portugal), comenzó a darse ánimos para afrontar un nuevo episodio de su larguísima carrera delictiva: «¡Buen viaje, ánimo y suerte compañero!», decía en voz alta para elevar aún más la moral. En esos momentos sabía que era el objetivo número 1 de las Fuerzas de Seguridad, pero no podía sospechar que su «fecha de caducidad» estaba escrita de forma inexorable para sólo 31 horas después.
La cuenta atrás del «Solitario» había comenzado casi dos meses antes, a finales de mayo, cuando la Jefatura Superior de Policía de Madrid recibió una llamada que desde el principio llamó la atención de los agentes de la Brigada Provincial de Policía Judicial. Un comunicante explicó que acababa de ver un reportaje de televisión sobre el criminal y que pensaba que podía ser Jaime Jiménez. Explicó que se trataba de un hombre extraño, violento, que apenas se relacionaba con nadie, que tenía además una furgoneta blanca como la que había visto en las imágenes y que no sabía en qué trabajaba, a pesar de que llevaba un buen nivel de vida. Dio, además, el domicilio exacto del sospechoso. «Tuvimos suerte de que el informador nos llamara a nosotros, porque la Comisaría General de Policía Judicial y la Guardia Civil también recibieron muchas», asegura el jefe de la investigación. «Eso sí, por lo que decía esa persona, pensamos que la pista podía ser buena».
Comprobada la identidad y el domicilio, se supo que tenía varios procedimientos judiciales en marcha por asuntos de poca importancia -parte de ellos por temas de tráfico-, pero que denotaban un carácter violento. También le constaba una detención por lesiones y se vio que en los 70 había perpetrado atracos en compañía de su hermano, ya fallecido. Además, no tenía trabajo conocido, pero vivía bien e incluso había hecho viajes al extranjero, entre otros países a Brasil donde tenía una novia. Se comprobó asimismo que había hecho giros bancarios a esa mujer -el viernes fue interrogada por la Policía en su país-, aunque nunca de grandes cantidades, la mayor de ellas de 12.000 euros. Y tenía una Renault Kangoo blanca y una nave en Pinto con más vehículos.
Los datos que apuntaban a Jaime Jiménez como el «Solitario» se acumulaban encima de la mesa de los investigadores -coincidían igualmente su estatura de 1,75 metros, los pocos rasgos que dejaba al descubierto y los ademanes con las grabaciones disponibles-, y los responsables del caso decidieron judicializar las pesquisas. Fue el Juzgado de Instrucción número 22 de los de Madrid el que se hizo cargo del caso, al ser el que practicó las diligencias del atraco que perpetró en una sucursal bancaria del barrio de Canillas.
A partir de entonces la Policía se convirtió en la sombra invisible del «Solitario». Nada de lo que dijera o hiciera durante aquellos días escapaba a su control. Había ya pruebas de que se trataba el individuo buscado, pero no se le podía detener porque al ir siempre disfrazado durante los asaltos los testigos no podrían reconocerle. Además, sabían que más pronto que tarde volvería a actuar, ya que su último botín en Toro (Zamora) había sido de apenas 6.000 euros -algo que le enfadó y por lo que hirió de bala en la pierna a un empleado-, y por tanto necesitaría con urgencia más dinero.
No pasó mucho hasta que los investigadores comprobaron que no se equivocaban. En primer lugar, porque compró unos billetes de avión con destino a Brasil y en segundo, y más decisivo, porque el 9 de julio viajó a Figueira da Foz (Portugal), donde fue localizado 48 horas más tarde, para estudiar sobre el terreno, como siempre, cuál sería su próximo objetivo. Esos días, los agentes se pusieron en contacto con la Policía Judiciaria lusa para solicitar su colaboración, que fue en todo momento ejemplar. Se observaron dos cosas importantes: que planificaba al milímetro el ataque, hasta el punto de hacer anotaciones no sólo de todas las carreteras sino incluso de los semáforos que podría encontrar en su huida, y que no se alojaba en ningún hotel o cámping, sino que dormía en la furgoneta, tanto el día anterior como el posterior al atraco. Muchas veces el vehículo lo aparcaba en pleno campo. De ahí que los controles de carretera que se montaban para atraparle no fueran eficaces.
El último viaje
De vuelta en Madrid, apenas pasaron diez días hasta que comenzó su último viaje en libertad. Fue el pasado domingo, entre las seis y las siete de la mañana. En todo momento estuvo vigilado sin que él se diera cuenta. El lunes, como siempre unos 20 minutos antes del cierre de la sucursal bancaria de la Caja Agrícola de Figueira da Foz, se dirigió a su objetivo, disfrazado y armado. Cuando quiso reaccionar, estaba ya en el suelo, esposado.
«Este individuo no habría dudado ni un segundo en volver a matar», dicen los investigadores. No porque lo haya dicho él, sino porque hay datos que lo confirman: había blindado la parte de atrás de su furgoneta con una plancha de acero para protegerse de las balas en caso de tiroteo, y siempre llevaba los cargadores y las armas a mano por si era necesario echar mano de ellas, como ocurrió en Castejón (Navarra) en junio de 2005, cuando mató a dos guardias civiles. Ese día había ido a asaltar un banco en La Rioja, pero no se dio cuenta de que era día festivo allí. En Castejón debió cometer una pequeña infracción de tráfico, los guardias le ordenaron que se detuviera y él no dudó un instante en asesinarlos.
«Es frío, inteligente culto, tiene problemas mentales pero sabe perfectamente lo que hace. El apodo del "Solitario" le viene a la medida, porque apenas se relaciona. Se lleva muy mal con su primera mujer y apenas ve a sus dos hijos». Un dato curioso: este año había solicitado empleo en el INEM como fontanero e instalador de aire acondicionado, haciendo constar que habla varios idiomas. En mucho tiempo, ya no saldrá de las listas del paro.



