
EN la pizarra de Suresnes no figuraron términos como República o Guerra Civil. El nuevo PSOE había roto con Rodolfo Llopis. Se lo había regalado a Tierno Galván. Los socialistas «históricos» no sacaron un solo diputado en las primeras elecciones y González se dedicó durante las dos primeras legislaturas a abrir brechas en UCD, que era por donde podía llegarle el crecimiento. En sus discursos, rara vez miraba al pasado y cuando lo hacía prefería decir el «régimen anterior» a «dictadura».
¿Por qué molestar a un hombre como Paco Fernández Ordóñez, que había sido presidente del INI y ahora hacía de topo para el PSOE desde el consejo de ministros de Adolfo Suárez? Los miembros más lúcidos de la que pronto iba a ser la vieja guardia del PSOE pensaban que Francisco Largo Caballero había sido una enorme desgracia para España. En los medios más cualificados del PSOE se le consideraba el responsable de la guerra civil. Siempre se ha hecho el vacío a la Fundación dedicada al «Lenin español». Con la entrada de Claudín en el PSOE aumentaron las críticas a la República. Para el viejo camarada de Santiago Carrillo la Guerra Civil no puede entenderse sin la revolución de Asturias.
Si el triunfo de la izquierda en las municipales resolvió el problema del pasado con los cambios de nombre de algunas calles, como Generalísimo Franco, José Antonio, General Mola o Víctor Pradera, la victoria de González no supuso reivindicación histórica.
En realidad, en los últimos años del franquismo y en los primeros de la democracia se había hecho casi todo lo que cabía esperar en relación con el exilio o la recuperación de la mayor parte de los creadores... Más aún: para algunos, ciertos escritores o intelectuales o artistas habían sido sobrevalorados por razones estrictamente políticas.
Quizá por simple ignorancia, una buena parte de los dirigentes socialistas no son conscientes del sentido parcial que ha tenido la «recuperación» de la Historia desde finales de los sesenta. Y no precisamente a favor de la versión de los «vencedores».
De ahí la perplejidad que está produciendo el texto de Schlayer sobre el Madrid en guerra. ¿Qué decir de las recuperaciones históricas que se vienen haciendo en las escuelas del País Vasco, Cataluña y Galicia o, incluso, en algunos museos de los que lo mejor que se podría decir es que son beligerantemente antiespañoles?
Era de esperar que en los comienzos de la democracia se diera un movimiento pendular a favor de algunos aspectos del pasado. Era inimaginable, sin embargo, que a los setenta años de la guerra José Luis Rodríguez Zapatero siguiera buscando enemigos...


