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Los indultos de Ponce

A Enrique Ponce me lo llevé hace diez días a Burgos, para que mantuviese un coloquio con Santiago Martín, el Viti, invitados ambos

Actualizado 29/06/2009 - 02:41:51
A Enrique Ponce me lo llevé hace diez días a Burgos, para que mantuviese un coloquio con Santiago Martín, el Viti, invitados ambos por el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua que dirige Gonzalo Santonja. Desde hace unos años, Santonja, que es un taurino tozudo y torrencial, organiza por las capitales de Castilla y León unos espectáculos que ha bautizado «Los toros a escena», en los que la fiesta nacional es celebrada gozosamente como inspiradora de las otras bellas artes. En el Teatro Principal de Burgos, ante un público fervoroso que abarrotó la platea y los palcos, Ponce y El Viti ofrecieron una lección improvisada y magistral sobre el arte de torear. El Viti, que tiene una voz lenta y memoriosa, grave y honda como su toreo, rememoró los inicios de su vocación y cautivó a los circunstantes con esa mezcla de sapiencia y humildad que es patrimonio de los espíritus superiores. Ponce, en cuya voz todavía anida un niño intrépido, rindió homenaje a su abuelo y dedicó palabras conmovedoras a su mujer, Penélope desvelada que aguarda cada noche el regreso a casa del marido con el alma en vilo. Concluyeron ambos su intervención haciendo un elogio del otro; y aquí fue donde quedó patente que Ponce y El Viti están hechos de una pasta que ya no se fabrica, porque en sus palabras había tanto respecto y reverencia, tanta entrañable y serena adhesión recíproca, que la fluencia de afectos no quedó manchada de halagos hueros, sino que bebió sinceramente de esos manantiales de donde brota el amor al oficio.
De ese amor al oficio tendría oportunidad Ponce de volver a dar muestra, durante la cena que siguió al coloquio. Nos había anunciado que tendría que volver esa misma noche a Madrid y que, por lo tanto, tendríamos que excusar su ausencia durante la cena; pero, impremeditadamente, se quedó con nosotros hasta las dos de la madrugada, en una larguísima sobremesa en la que atendió todas nuestras curiosidades y terminó haciendo toreo de salón, para ejemplificar sus respuestas, ante la mirada atenta de El Viti, que asentía aprobatoriamente con su cabeza nevada de sabidurías ancestrales. Aquí volví a comprobar que Ponce es un apasionado de su arte, uno de esos raros especimenes de artista en quienes el oficio no degenera en rutina, sino en pasión recién estrenada, revitalizada cada día, alumbrada por esa suerte de entusiasmo o exultación que sólo bendice a los neófitos. Los detractores más resabiados de Ponce afirman desdeñosamente que «tiene mucho oficio», como si su oficio fuese una mera expresión mañosa; pero el oficio en Ponce es amor enaltecido por un anhelo de brindar lo mejor de sí ante cada toro; y, lo que todavía resulta más difícil, deextraer de cada toro lo mejor que lleva dentro. Esta capacidad para transmutar el oficio en estímulo de una pasión perpetuamente renovada es característica distintiva del artista excepcional, del monstruo de la naturaleza. Y para mí que Ponce es, como Lope, un monstruo de la naturaleza. Cuando ya se despedía de nosotros, me atreví a aguijonearlo:
-Pues ahora, maestro, a ver lo que haces delante de un toro. Que una cosa es predicar en Burgos y otra dar trigo en la plaza...
Y, como si me hubiese tomado la palabra, Ponce se ha puesto a indultar toros como un descosido, primero en Alicante y después en León, en faenas donde oficio y pasión recién estrenada forman una aleación que sólo está al alcance de los monstruos de la naturaleza. Sus detractores más resabiados seguirán despachándolas miserablemente como faenas mañosas o rutinarias; pero sospecho que harían lo mismo ante cualquier soneto de Lope. «¡Sonetitos a nosotros! -dirían- ¡Cómo si no supiéramos que escribir un soneto consiste tan sólo en escribir catorce versos endecasílabos con oficio, uno detrás de otro!». Y se quedarían tan anchos.
www.juanmanueldeprada.com
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