
El salón de la sede de Gobelas es impresionante, enorme, luminoso y funcional. Paredes revestidas de maderas y tejidos claros, amplios sofás, grandes cuadros... y, sobre las mesas, unos hermosos fragmentos de las famosas piedras que desde los noventa Felipe González transforma en joyas y esculturas. Quizás, como terapia contra la vorágine del poder, o de su ausencia.
Tengo una hora de espera para relajarme y recapitular.
Hace veintisiete años, le pedí a Felipe González una entrevista para ABC. En enero de 1981, lo vi una tarde en el Congreso. Entonces, era todavía el candidato de izquierdas por el que apostaban todos. Llevaba un gabán largo y oscuro; la melena asomando por detrás de las orejas... Un aire muy a lo «orilla izquierda» del Sena. Estaba apoyado, casi como en la copla, en el quicio de una puerta. Y estaba solo. Total y absolutamente solo, a pesar de todas sus promesas de futuro. Me quedé mirándolo de lejos unos largos 10 minutos. Durante ese tiempo, nadie se acercó a preguntarle, a comentar, a saludarlo...
Cuando por fin le hablé, accedió a la entrevista; a falta de concertar la fecha. Pero el 23-F alteró sus planes y la entrevista quedó casi eternamente en suspenso.
Veintisiete años después, viste chaquetas de alta gama, o una bonita sobrecamisa de ante. Lleva el pelo convenientemente cortado y ahora encanecido natural; lo que le proporciona un sello de experiencia y sabiduría. Ahora tiene más aspecto de orilla derecha, y ha perdido aquel aire alegre y confiado. Su mirada es más dura, o más firme, o más inquisitiva. La sonrisa, algo afilada. Y desde luego, imagino que desde 1982, nunca habrá vuelto a estar solo.
-¡Por fin! Sr. González: veintisiete años, seis meses y ocho días. Hemos batido un record. -Y sonríe.- Le voy a pedir un favor: Si pudiera darme las respuestas no muy largas., porque tenemos poco tiempo.
-Lo intentaré. Prometo que lo intentaré.
Pero resultó una declaración de buenas intenciones. Las entrevistas le cansan, me advirtieron. Sin embargo hay temas que le apasiona tratar. Y los desarrolla a conciencia, minuciosamente, con profusión de datos y el lenguaje técnico de un profesor especializado. Y entonces pierde la medida de los minutos.
-Usted ha aceptado presidir «el comité de sabios de la Unión Europea», cuando antes no aceptó otras propuestas. ¿Por qué antes no y ahora sí?
-Sí. Hubo un primer intento cuando estaba saliendo Butros Gali; pero les dije entonces: «No cumplo la condición básica: los secretarios de Naciones Unidas tienen que renunciar a pensar por su cuenta». Y se rieron. Y después, cuando los periodistas me preguntaron hace más de diez años por qué no aceptaba presidir la Comisión Europea, les contesté: «Porque el cielo está muy bajo en Bruselas, y a mí me agobia mucho». La auténtica razón es que cuando salí del gobierno, decidí que nunca más ostentaría ninguna representación institucional. Lo dije suavito, para no tenerme que arrepentir.
-Pero ahora, es como si volviera a la vida política activa.
-Pues no. Es sólo un trabajo de año y medio. Además, yo siempre he tenido una actividad muy intensa volcada en la globalización, o en los sistemas energéticos, en América Latina, en el Magreb... Desde el 96, he circulado por todo el mundo y durante todo el tiempo. Y sé que la mayor parte del esfuerzo conduce a la melancolía. No añade mucho valor, ni se toma en cuenta. Pero a mí, personalmente, me satisface y me realiza. Por eso no me supuso ninguna angustia salir de la responsabilidad política institucional...
-Sin embargo, leí que usted atraviesa períodos de exaltación y otros de pesimismo.
-No es cierto. Verá, la cualidad en la que más creo en términos de liderazgo es la fortaleza emocional, que permite que uno no se hunda con el fracaso, ni se exalte demasiado con el éxito. Es la que realmente define el fondo de un carácter. Si una persona sólo se mueve por el éxito o el fracaso, se convierte en un peligro.
-Es difícil que no afecten los éxitos o los fracasos.
-Sí... pero si uno se entrena lo consigue. Y si es capaz de distanciarse de los fastos del poder, y no creérselos, no tiene por qué enloquecer...
-Pues yo tengo la sensación de que ahora ha cambiado su ánimo. Antes, a veces, usted parecía crispado, irritado. Y últimamente, se le ve más relajado, menos tenso; como si hubiera superado algo...
-No lo sé. No soy capaz de observarme desde fuera. Lo que más me ha costado es acostumbrarme a que mi cerebro no recicle automáticamente en forma de respuesta, la información que recibe. Todavía por la mañana, cuando estoy tomando el café con la tostadita de aceite, y tengo la radio puesta y estoy leyendo la prensa, me entra la información y mi cabeza inmediatamente recicla la respuesta. Llevo tantos años en la sala de máquinas, que mi cerebro responde como si tuviera que tomar la decisión. Pero como no debo ser impertinente, aguanto la reacción. Esa es la única tensión que he vivido desde que salí del poder, y que todavía vivo: la de no ofrecer decisiones que ya le corresponden a otro. Y la de no ser impertinente llamando por teléfono para decir: «Tenéis que hacer esto.»
-¿Y le llaman por teléfono para preguntarle lo que haría?
-Por fortuna, no mucho.
-¿No deberían todos servirse de las experiencias anteriores?
-Probablemente. Pero eso es casi una petición de principios. Parece que lo razonable sería utilizar la experiencia acumulada, aunque fuera a beneficio de inventario. Pero no es lo habitual en el mundo. El comportamiento habitual suele ser un poquito más adanista. Cuando uno gana y llega al poder cree que la historia empieza con Adán y Eva. «Yo me inventé todo». Hay un antes y un después. Esto es inexorable y funciona así. Después, cuando los momentos empiezan a ser difíciles y la complejidad se asienta en el poder, entonces resulta más fácil hacerlo.
Yo, por ejemplo, hablaba con Suárez puntualmente. Adolfo Suárez se venía a la Moncloa y charlábamos durante dos o tres horas. Teníamos esa facilidad de comunicación. Pero cuando yo salí del gobierno, eso desapareció. Es más, yo llamé a Moncloa una o dos veces, por pura solidaridad, en esos momentos que son dramáticos; y a la tercera vez, como no recibí respuesta a mi llamada, dejé de llamar. Y nunca fui requerido para consultarme en nada; absolutamente en nada.
-Y ahora, ¿el Sr. Zapatero le llama a usted? Sería quizás más previsible, ¿no?
-Bueno. Hemos pasado por varias etapas. Primera etapa de llegada al gobierno del presidente Zapatero: había mucha gente en la opinión pública que decía: «Obviamente, está haciendo cosas, consultándolas.»; no fue así. Hubo una segunda etapa en que la gente se inquietaba: «Si no consulta, que consulte». Bueno. Hemos pasado por todas las etapas, y lo digo serenamente. Yo quizá he llamado un par de veces a Zapatero en este tiempo; por ejemplo, para informarle de los primeros pasos sobre la Estrategia Europea 2020. Por un respeto institucional. Y alguna vez me ha llamado Zapatero porque le ha parecido conveniente. Pero eso es todo.
-¿Le molesta que no contaran con usted?
-No; fíjese, yo esta mañana pasé por Moncloa -voy muy poco, no crea-, y se me había olvidado incluso por dónde se entra. Aunque estuve allí viviendo 14 años... Así que, como verá, no tuve ningún síndrome de abstinencia del espacio público. Mi único síndrome de abstinencia fue el de Doñana. Lo echaba de menos. Y me permitían ir; pero no acepté para no confundir lo público y lo privado.
Alguna vez he dicho que los ex presidentes son como jarrones chinos muy grandes en apartamentos pequeñitos. Y como se les supone un valor, no siempre demostrable, nadie se atreve a echarlos a la basura; pero estorban donde quiera que se pongan. Y uno tiene que cuidar esa condición de ex presidente que estorba donde lo pongan.
Pero yo no lo pasé mal. Me impacientaban las decisiones que se tomaban entonces, y ahora. Me impacientaba con el gobierno de Aznar. Me impacientaba con el gobierno de Zapatero. Pero lo llevo muy bien.
-No me refiero sólo, Sr. González, al hecho de salir de la Moncloa, de perder el poder. sino a esa coincidencia entre el final de Adolfo Suárez, de usted y de Aznar. Ninguno de los tres salió en loor de multitudes.
-No.
-¿Es un problema de los españoles, de la prensa o de los presidentes?
-Depende. Cada situación puede responder a circunstancias distintas. En mi caso hubo dos elementos que se combinaron. Yo llevaba catorce años seguidos ejerciendo el poder. ¡Hasta yo estaba cansado de mí mismo!, así que podía entender que la gente estuviera también cansada de mí. Y el otro factor era que se dieron algunos casos de corrupción, que para mí fueron muy, muy duros de aceptar; y que produjeron un efecto en la opinión pública que aceleró aquel hartazgo de la gente. Hubo una combinación de factores humanos y materiales para intentar sacarme del gobierno... Pues bueno, todo ello produjo ese desgaste del final. Y a pesar del desgaste, yo perdí las elecciones por trescientos mil votos.
-Lo que usted calificó de dulce derrota.
-Sí. Lo dije de buena fe. Pero mi amigo Sanguinetti me llamó: «Te veo muy contento., pero has perdido». Supongo que estaba contento porque aquel momento me produjo también un sentimiento de liberación.Por fin yo mandaba en mi agenda y la agenda no mandaba en mí. Hay algo que nadie va a creer: Pero yo he tenido mucha vocación política y poca vocación de poder. Por tanto desprenderme del poder, no ha supuesto para mí un coste psicológico.
-Ni se sintió maltratado, ni dolido.
--Sí. Pero lo llevaba bien. Tenía muchos más sentimientos de gratitud por la gente, que de dolor por el desapego. Eso lo hablé muchas veces con Adolfo Suárez cuando salió su fase de amargura propia. Incluso le cité una anécdota de «La historia de los griegos» de Indro Montanelli: el caso de Arístides, un dirigente griego reformista que, cuando dio más poderes a la Asamblea, la primera decisión de esa misma Asamblea fue expulsarlo de la ciudad y condenarlo al ostracismo.
-¿Qué le satisface más de su etapa como presidente?
-Que los españoles se reconciliaran con su pasaporte.
-¿Y los fracasos? ¿En qué piensa que fracasó?
-Casi nunca hago revisión de los fracasos. Pero, quizás, que me llevo mal con el pensamiento burocrático. Y como la administración es por definición una burocracia, pues sufrí, y aún sigo sufriendo mucho. Por ponerle un ejemplo: Veo que se reúnen los ministros de Agricultura de Europa, intentando culminar un trabajo de reforma de la política agrícola común que iniciaron, fíjese, hace cuatro años. Pero ahora, en el momento en que se reúnen, hay una crisis alimentaria mundial del diablo. Bueno, pues el pensamiento burocrático no tiene en cuenta la coyuntura actual de la crisis y asumen el riesgo de bajar la producción alimentaria... ¿Cómo es posible? No lo entiendo, créame. Y situaciones así tuve que padecerlas muchas veces. Por eso tomé a veces decisiones que nadie entendía; y me desesperaba. Y probablemente cometí errores. Obviamente.
Por ejemplo: yo tuve la única huelga general que se produjo en el país. Yo la veía venir, y sabía que no era una huelga de los sindicatos. ¡Pues claro!, una huelga general es política por definición; no laboral. Es más: yo sabía que había un acuerdo entre los sindicatos y la patronal para que la huelga funcionara. Incluso se recuperaron las horas de trabajo perdidas, con el acuerdo de la patronal. ¿Sentí el fracaso? Lo sentí, naturalmente. Pero no alteró básicamente mi política; y gané las siguientes elecciones.
-Y la corrupción, de la que usted me ha hablado, ¿no la vio como un fracaso?
-Sí. Lo que sentí como fracaso era no haber percibido que se estaba produciendo ese fenómeno, en algunos casos. Y después, analicé la causa. No lo había percibido porque desde hace treinta años me persigue ese ritornello de que yo tengo propiedades por aquí y por allá, que si en República Dominicana, que cuánto dinero habré ganado. Todavía lo dicen hoy. Y claro, yo me veía entonces a mí mismo, y pensaba: «Si están diciendo esto de mí, y yo sé que están mintiendo, ¿no será igual cuando lo dicen de otros?». Eso retrasó mi capacidad de ver que alguna gente se había corrompido; lo digo en términos relativos. Pero para mí fue muy doloroso. Creo que eso se notó mucho.
-Sin embargo sigue siendo todavía un problema muy actual. Hablemos ahora de los problemas de España, y las medidas que usted tomaría.
-Le podría decir alguna de las medidas que tomaría..., pero no voy a ser impertinente a estas alturas de mi vida. Le apuntaré una: ¿Por qué no prorrogamos durante tres años la amortización del capital de las hipotecas a los ciudadanos que lo soliciten...? Previendo que la crisis nos puede durar dos años o tres... y que la gente tiene que pagar 200 o 300 euros más al mes por la subida del euríbor...
También es necesaria una política de inversiones anti cíclicas que mejoren la actividad y el empleo. Y se lo digo a los sindicatos. Ellos quieren mejorar las prestaciones sociales y los ingresos. Pero esto, por sentido común, lo veo muy claro: primero el empleo; después todo lo demás.
Pero en fin, ya le digo que tengo esa limitación para hablar. Comprendo que la libertad para decir lo que uno piensa es inversamente proporcional a la responsabilidad institucional que uno tiene. Y como yo no tengo ninguna, pues soy totalmente libre para hablar -Se ríe divertido-. Aunque también soy libre para callarme.
-Usted prefiere llamar a las cosas por su nombre... y a la crisis, crisis.
-Sí. Pero vamos a ver: aparte de los debates terminológicos, que son absurdos, yo no quiero ser ni un optimista profesional ni un pesimista... Yo digo que soy un optimista escarmentado.Creo que los problemas tienen solución pero hay que definirlos por su nombre. En recesión no estamos. Ahora, entre llamarle a esto profunda desaceleración o crisis, me da igual; porque la crisis tiene un calado más profundo: la pérdida de competitividad de la economía española, y de gran parte de la economía europea, por razones de fondo que afloran más cuando baja el crecimiento y disminuye el consumo; pero la pérdida de competitividad es permanente. Y viene de atrás, y si no se enfrenta va a durar. Ésa es la parte de la crisis que me preocupa.
¿Tenemos ventajas relativas respecto de otros...?. Sí: un mejor sistema financiero. Pero otros tienen mejor balanza comercial y están menos afectados por la crisis del ladrillo. Y optimizar las ventajas y reducir al mínimo las desventajas, es la obligación de todo líder en un momento de crisis.
-Y también tenemos el inconveniente de la dependencia de la energía. ¿No?
-Sí. Pero sobre todo porque no queremos abrir el debate a futuro de la energía nuclear.
-O sea que usted cree que tenemos agua suficiente para refrigerar los reactores...
-Ése no es el problema, de verdad. Pero yo fui quien hizo la moratoria nuclear personalmente. Acertada o equivocadamente. Y lo hice por dos razones: porque no tenía seguridad en la tecnología que empleábamos; y sobre todo, no sabía qué íbamos a hacer con los residuos nucleares y el legado que íbamos a dejar a las siguientes generaciones. Ahora la seguridad ha aumentado claramente; y en Ginebra, además, han culminado ya la investigación sobre la eliminación de residuos. Había que dar tiempo al tiempo. Por eso hice una moratoria.
-¿Hoy se lo replantearía?
-Totalmente. Lo estoy replanteando. Y cuando alguien del gobierno me dice que está en contra de la energía nuclear, le contesto: «Pues si es en serio, no se la compres a los franceses».
-¿Qué tal nos va en política exterior? ¿También habría que replantearla?
-Verá. Yo definí la política exterior de España en diez puntos que llamaron el decálogo y que tuvo el apoyo del noventa y dos por ciento del Parlamento. Un consenso que la fortaleció mucho. Eso, desgraciadamente, se quebró a partir de mi salida del gobierno. Y se cambió la dimensión de centralidad europea de nuestra política exterior a una excesiva excentralidadatlántica. El eje de nuestra política exterior pasó a ser Londres y Washington; incluso con la revisión del acuerdo bilateral que tanto me costó negociar con Reagan. Es decir, cambiaron nuestras prioridades.
Y recomponer el espacio perdido cuesta mucho. La política exterior es como una cucaña, uno va subiendo lentamente por ella, pero cuando se resbala, cuesta el doble volver a subir. Se está intentando recuperar y creo que tiene que haber más compromiso de la Presidencia del Gobierno con la política exterior, para reforzarla. Creo que lo habrá en este período.
-Pues hay expertos que dicen que nuestra política exterior actual, más que en la centralidad europea, está en la marginalidad europea. Sin embargo, coinciden en que a partir de usted, y luego con el Sr. Aznar, España volvió a recuperar su papel en el mundo. Parece que a usted no le afectó para nada que Ronald Reagan fuera republicano.
-Sí.... Vamos a ver. Aquellas relaciones no fueron tan fáciles como uno puede creer. El debate con Estados Unidos costó bastantes años ordenarlo. Me costó con Reagan y con el viejo Bush. Pero al final se generó una relación de confianza que permitió cambiar el tratado, sacarlos de Torrejón, recuperar la soberanía sobre las bases... mil cosas. Y dejar claro que no podía haber lo que ahora hay: vuelos de la CIA que no controla nadie. Se lo digo sólo «en passant».
-Incluso con el Vaticano. tuvo buenas relaciones.
-Sí. Magníficas relaciones. Con el Vaticano fueron muy buenas porque no discutíamos de temas teológicos.
-Y respecto a la política territorial, usted comentó en una entrevista que estaba siendo irresponsable.
-Nunca he dicho irresponsable. A veces olvido lo que digo. Pero me acuerdo perfectamente de lo que no digo. Hace mes y medio he defendido en un artículo que, cuando empecemos a remontar esta crisis, habrá que negociar las nuevas transferencias a las comunidades autónomas. Y el otro día, me riñó Pujol: «Estoy muy enfadado contigo, porque ¿cómo vamos a aplazar ahora la negociación?».
-Usted dijo que la alta abstención en la reforma de los estatutos demostraba el poco interés de los ciudadanos en ese tema.
-Yo dije, en un seminario sobre la descentralización política en Chile, que el fenómeno de la globalización es una tendencia que pone en crisis la idea del Estado Nación. Y la crisis tiene dos caminos: hacia abajo, dando más poder al ámbito local; y hacia arriba con más poder a lo supranacional. Pero también dije entonces, descentralizar no es lo mismo que centrifugar. No depende de la cantidad de competencias que se transfieran; sino de la cualidad. Le pondré un ejemplo: si se transfieren las competencias de la lucha contra el fuego, las comunidades serán responsables de esa lucha. Pero el puñetero fuego no se para en el límite de la comunidad; le da igual. No se para ni en el límite de la frontera hispano-portuguesa. Luego lo único inteligente es que haya un mecanismo de competencias coordinadas, para que cuando se produzca una situación de riesgo, funcione automáticamente y sin conflictos.
Le diría lo mismo de la fiscalidad. Cuando vi la negociación que hizo un tipo inteligente como Rodrigo Rato, y vi que le daban a las Autonomías la competencia sobre los impuestos básicos, pensé: si pedimos la armonización fiscal de Europa en los impuestos básicos, ¿cómo vamos a admitir la distorsión en nuestro mercado interno, cediendo la autonomía normativa?
-¿El problema es únicamente de transferencia de competencias. o ya se trata de algo más?
-Vamos a ver: lo que ha pasado en la última legislatura, lo de "España se rompe", es absolutamente impropio de la democracia casi madura que vamos teniendo. Es un discurso irresponsable que ha producido una fractura social entre los ciudadanos.
-Pero ¿algunos tienen la intención de que termine rompiéndose?
-Eso forma parte del juego democrático. Y mientras que no lo hagan violentamente, que hagan lo que quieran. España puede resistir perfectamente ese tipo de fenómenos. Lo que no podemos es alimentarlos por razones estrictamente partidistas.
-¿Usted está a favor o en contra de que España se transforme en un EstadoConfederal?
-No. Me parece absurdo e inútil. No hay ninguna hipótesis posible de Confederación a la suiza.
-Manuel Marín dijo: «Somos una de las raras democracias que aceptan dentro de su Parlamento a gentes que no creen en esa institución.». ¿Utilizan entonces indebidamente nuestra ley electoral?
-Utilizan lo que está en su mano utilizar. Y la responsabilidad de los partidos es que tuvieran áreas de consenso suficiente para no consentirlo. No voy a ir más lejos. Pero eso sería bastante.
Aunque sí habría que hacer algunas modificaciones en la ley electoral. Lo he discutido a veces con mis compañeros; con Juan Carlos Rodríguez Ibarra, por ejemplo. Tenemos el país que tenemos. Y gobernar el espacio público es algo más que una gestión burocrática. Es un arte que debe combinar la pluralidad de las ideas, que no coincide; debe combinar la diversidad de sentimientos de pertenencia, que son evidentes; y debe combinar la contradicción de intereses. Y de todo eso hay que hacer un proyecto que importe a todos.
-Me gustaría hablar de algo que me sorprende: ¿Por qué en España tienen tan mala imagen los políticos?
-Y en el resto del mundo.
-¿Quién tiene la culpa?
-¡Hombre!, imagínese: seguramente Bush es el presidente que va a dejar la presidencia con menos apoyo de opinión pública, desde la Segunda Guerra Mundial. No crea que estoy haciendo una aproximación ideológica. Pero le digo que yo no he conocido una administración más torpe en Estados Unidos que la actual. Y lo lamento. No me da ninguna alegría decirlo. El otro día en Jordania, a un grupo de estudiantes muy destacados se me ocurrió decirles esto mismo; y arrancaron todos a aplaudir. Y pregunté: «¿por qué se ponen tan contentos, si los errores que comete la administración americana sobre todo los pagan ustedes?». Lo que nos vendría bien a todos es que acertaran.
-Centrándonos en la mala imagen de nuestros políticos, tal vez si tuvieran que responder ante sus votantes y no ante su partido, mejoraría la situación... ¿Usted suprimiría las listas cerradas en las elecciones?
-Sí. El ciudadano debe tener derecho a tachar de la lista al que le estorbe... eso acabaría con parte de la endogamia de los partidos. Estoy en contra de los criterios de selección de candidatos.
-¿Suprimiría también la disciplina de partido?
-No. Nuestro sistema no aguantaría una indisciplina continuada. El que no haya disciplina de partido puede significar que los votos se compren y se vendan en el mercado. Uno podría rebelarse por indisciplina, cuando lo que se propone es contrario a lo que se ha comprometido a hacer; pero si no, lo más probable es que alguien le esté haciendo una oferta que no puede rechazar.
-Eso refleja un pésimo concepto de la raza humana, o de los políticos en concreto.
-No. Mire, la política da todas las notas: desde las más bajas, a las más sublimes del ser humano. Por tanto, en ese espacio también se puede ver lo mejor y lo peor. Los ciudadanos dicen que los políticos son todos unos aprovechados, y que sólo procuran vivir bien a costa de la gente..., pero tantas ventajas no ofrecerá esto cuando tenemos un problema creciente de selección de los mejores. Porque los mejores quieren ganar dinero en la empresa privada y no meterse en la grilla política.
Aunque ésta no es la auténtica razón de fondo. La crisis de la política se ha instalado en todo el mundo. El viejo Kissinger me decía: «Mira, lo que más me preocupa es la pérdida sustancial del debate de las ideas consistentes... Hemos convertido esto en un circo de eslogan, mezclado con apelaciones al todopoderoso que nos protege... Esto es la muerte de la política». Y es verdad, al mismo Dios que apela Bush, apela Bin Laden.
La crisis se aceleró a partir de la caída del muro de Berlín; porque la política pierde la credibilidad, cuando no hay un enemigo de referencia al que poder atribuirle las malas circunstancias. Se impuso entonces la teoría de que el mercado lo arreglaría todo. Y lo importante era que Rusia y los países del este se abrieran a la economía de mercado; daba igual cómo, porque la democracia vendría sola. Bueno, pues estamos pagando las consecuencias de esa banalidad estúpida. Yo que he sido defensor del mercado a contracorriente de las ideas de la tribu a la que pertenezco, comprendo que el mercado no lo arregla todo. Estamos atravesando una crisis de valor que me preocupa, con una política que persigue excesivamente lo inmediato y dependiente del último sondeo.
-Y de la proximidad de las elecciones.
-Dicen que los estadistas piensan en la siguiente generación y los políticos en las próximas elecciones. Pero yo creo que los políticos tienen que pensar en las siguientes generaciones, sin olvidar las próximas elecciones. Esos son los buenos políticos. Pensar en las siguientes generaciones no sirve para nada, si no ganas. Esto les ocurre a los que tienen vocación minoritaria, vocación que yo nunca tuve: Inventan el futuro para que los demás gobiernen el presente; un presente que resulta siempre más delicado y más molesto.
-¿Y por qué, cuando se acercan las elecciones, se hacen promesas que no se van a cumplir?
-Vamos a ver. Si algo hay que reprocharle al gobierno de Zapatero -e imagínese que es un gambito lo que hago- es que ha cumplido su programa electoral -se ríe, divertido-, en mayor medida que ningún gobierno de los que conozco. Ha sido en eso bien tenaz y bien tozudo. «Esto he dicho que iba a hacer, y lo hago». A lo que dé lugar.
La secretaria ha entrado inquieta un par de veces a acelerar el final. Hemos pasado de la media hora concedida a las dos horas de conversación sin pausa. Felipe González ha resistido a base de habanos y de una paciencia ejemplar.
-Bueno. Comprenderá, Sr. González, que tendré que cortar parte de esta entrevista, resumir alguna de sus respuestas
-Claro. Puede usted hacer libremente lo que quiera.. Aunque espero que no me trate mal.
Me ha faltado hacerle la pregunta inútil: «¿Qué piensa usted de Zapatero?» Porque continuamente oyes que «Felipe en la intimidad y con sus amigos, ha dicho que...». Pero me acaba de conocer y además tenemos una grabadora por en medio.
Al final, ya fuera del despacho, me decido.
-Por cierto, no le he preguntado su opinión sobre el señor Zapatero... Aunque, tampoco me lo iba acontar...
-¡Claro que sí!. Yo tengo de él muy buen concepto. Además -cabecea con gesto convincente-, yo le aprecio mucho. Mucho.
-Y no le ve ningún defecto, por supuesto.
-Sí -se ríe-. Las cejas.
Y forma con las manos el acento circunflejo.
-¡Vaya por Dios!-.... Es que nadie es perfecto.



