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Ali Lmrabet, periodista: La pluma más afilada del periodismo marroquí

Cincuenta días de huelga de hambre le han llevado al borde de la muerte. Consciente de lo inútil del sacrificio, se prepara para volver a la pelea por la libertad de expresión

Actualizado 29/06/2003 - 09:37:00
«Espero no caer nunca en desgracia con Ali Lmrabet», aseguró un diplomático español hace unos días, antes de que el periodista marroquí pusiera fin a una huelga de hambre de cincuenta días. Condenado a tres años de cárcel, al cierre de sus dos semanarios y a dos mil euros de multa por «ultraje al rey», Lmrabet es una de las plumas más afiladas y mordaces de un país demasiado acostumbrado al servilismo informativo. Desde la época en que militó en la fructífera escuela del «Le Journal de Abubakar Jamai», sus demoledoras columnas han sido a menudo un auténtico ariete contra los pilares intocables del reino o contra aquellos que atacaban su forma de hacer otro periodismo en Marruecos. Son esos comentarios incómodos, pero que no levantarían polvareda en un país con cierto grado de libertad de expresión, los que llevaron a las autoridades a echar el cerrojo a su primer semanario, «Demain», en diciembre de 2000.
Intentando levantarse del batacazo económico que le supuso esta operación, ordenada por el entonces primer ministro socialista Abderramán Yusufi, pensó en crear un producto nuevo y distinto a todo lo hecho en Marruecos hasta entonces. Así nació a principios de 2001 «Demain Magazine» y hace pocos meses lo había hecho «Dumán», su hermano en árabe. Con grandes caricaturas, impresión a todo color y abordando asuntos que muchos otros medios no se atrevían, los dos semanarios sarcásticos se fueron haciendo cada vez más populares. Lmrabet mostraba con orgullo la curva ascendente de los índices de ventas a pesar del turbio boicot publicitario que dejaba sus páginas huérfanas de anuncios.
«No te olvides de traerme El Jueves», recordaba Ali Lmrabet a los que viajaban a España. La revista satírica española se convirtió en esta nueva etapa de su carrera en uno de los modelos a seguir por el periodista marroquí. El humor entrelazado con la información era la estrategia elegida para sobrevivir a la cada vez más apretada mordaza informativa del Reino de Mohamed VI.
Pero este rifeño nacido en Tetuán en 1959 sabía que sus caricaturas estaban surtiendo efecto y tarde o temprano las autoridades volverían a la carga. Y su hora llegó hace tres meses, cuando las habituales presiones del poder sobre los medios periodísticos independientes se multiplicaron en el entorno de Lmrabet. Su nueva redacción, frente a la medina de Rabat, empezó a ser visitada con frecuencia por la policía, que llegó a llevárselo detenido en dos ocasiones para ser interrogado. Pocos días después le impidieron la salida del país sin aviso previo cuando se disponía a recoger la tarjeta de embarque en el aeropuerto de la capital. Nabil Benabdelá, ministro de «desinformación» -como se refirió a él Lmrabet-, explicó que se trataba de una «medida precautoria» para evitar que el periodista marroquí intentara escabullirse de los cuarenta procesos judiciales que «sus compañeros» de profesión del Al Ahdath Al Magribía le habían abierto por la publicación de un dibujo que consideraron insultante.
El cerco de las autoridades continuó con las amenazas a la imprenta contratada por Lmrabet para que dejara de tirar ejemplares. El 6 de mayo el periodista toma la decisión de comenzar una huelga de hambre ante la imposibilidad material de llevar a cabo su trabajo con ciertas garantías. El día 21 de ese mismo mes, cuando los dos semanarios ya estaban sólo en el recuerdo de todos los lectores, era condenado en primera instancia a cuatro años de prisión. Las duras condiciones de la cárcel de Salé y su negativa a ingerir alimentos obligan al traslado del preso Lmrabet al hospital Avicena el 26 de mayo. Finalmente el 17 de junio fue condenado en apelación a tres años de prisión.
Pero esta batalla por defender el derecho a informar en su país le ha llegado a Lmrabet en el peor momento. Tremendamente alterado por las graves consecuencias que están teniendo y van a tener para el reino los atentados del 16 de mayo en Casablanca, Mohamed VI saltó a la palestra para anunciar que se iba a terminar la relajación, lo que en la práctica -según algunos analistas políticos- se está convirtiendo en que se iba a endurecer la represión.
Pasaban las semanas y la vida del informador díscolo comenzaba a estar en peligro, pero fuera del ámbito periodístico y de los grupos pro Derechos Humanos poco parecía que importara a Marruecos la muerte del director de «Demain Magazine» y «Dumán». Entre los corresponsales extranjeros el comentario era unánime: «Si Ali muere, su recuerdo durará vivo dos días en este país». Por eso, aunque su familia se negaba a ejercer presiones sobre él, desde la calle se le transmitió que era inútil intentar crear un mártir por la libertad de expresión en Marruecos. Por fin, el lunes de esta semana Mulay Hicham, primo de Mohamed VI y conocido como el «príncipe rojo» por sus críticas a la Monarquía, anunciaba que Lmrabet, después de cincuenta días, dejaba la huelga de hambre «sin condiciones».
El propio Abubakar Jamai, consciente de que su muerte iba a ser en vano, se lo había pedido encarecidamente desde las líneas del semanario que dirige, el Le Journal Hebdomadaire: «Este no es el momento de morir, Ali. Levántate y continúa riendo, hablando, escribiendo. ¿Quién sabe? Puede que incluso ellos algún día también acaben riéndose». ¿Quién sabe?, pero es más que improbable.
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