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La moda en 1808, chupas y jaquetas

JORGE LOZANOMADRID. Balzac escribió un Traité de la vie élegante (1830). Pletórico de conocidos aforismos como «el ánimo de un hombre se adivina por el modo de llevar su bastón», o «el lujo cuesta

Actualizado 29/04/2008 - 08:56:00
Balzac escribió un Traité de la vie élegante (1830). Pletórico de conocidos aforismos como «el ánimo de un hombre se adivina por el modo de llevar su bastón», o «el lujo cuesta menos que la elegancia» -y donde sostenía, de modo ciertamente admirable, «la indumentaria es la expresión de la sociedad»-, este texto le permitió con perspicacia prever una historia de Francia atendiendo fundamentalmente a los modos y formas de vestir y a la indumentaria en general. Así, él dijo: «La Revolución francesa fue un combate entre la seda y el paño».
Refiriéndose a Napoleón, decía: «Despojado de los oropeles de la legalidad, Napoleón deviene inmenso. Él es el símbolo de su siglo, un pensamiento del futuro. El hombre poderoso es siempre simple y calmo». Efectivamente, Napoleón llevaba un simple uniforme de chasseur de la Garde o de granadero, y no vestía como los cortesanos. Sin embargo, creo que es más agudo en la lectura que desde la semiótica de la cultura ha realizado su máximo exponente Yuri M. Lotman, cuando afirmaba que la ostentosa simplicidad del uniforme de Napoleón, el neto contraste con los de su corte, tenía que ver con su papel. Napoleón dedicaba muchísima atención a los uniformes de sus mariscales y generales, a su teatralidad y espectacularidad: su consejero era el célebre actor Talma, ciertamente, no especialista en uniformes, pero sí un hombre capaz de comprender todo lo que fuere espectáculo teatral.
Junto a la suntuosidad de la masa de mariscales y cortesanos que dejaba estupefactos tanto a los parisinos como a los extranjeros, Napoleón destacaba por la simplicidad de su vestimenta. Lotman, que con gran inteligencia había demostrado que no hay moda sin observador, comenta esta anécdota sosteniendo que eso debería significar que el emperador es quien observa, que la corte y el mundo entero no es sino un espectáculo preparado para él; «en cuanto a él, si también constituye un espectáculo, puede presentar sólo el espectáculo de la propia grandeza, indiferente a la propia espectacularidad».
En 1808 se producen en España, como se puede encontrar en cualquier manual, grandes cambios de la moda, que, como la propia moda obliga, se deben a la rapidez de cambios sociales, a cambios de clases sociales, a numerosos nuevos nombramientos en la aristocracia, y a una burguesía que quiere, por nivel y por barrera, diferenciarse y distinguirse de unas clases inferiores que empezaban a consumir ropa accesible beneficiándose de una novedosa industria textil (aparecieron los grandes almacenes de ropa ya fabricada).
Si para conocer los oropeles napoleónicos puede ser suficiente observar los cuadros de Jacques-Louis David -que, en su recuperación de Grecia y el neoclasicismo, permite describir perfectamente la transformación de la ciudadana Beauharnais convertida en Madame Bonaparte y en reina del Consulado, o conocer a la reina del Directorio en el cuadro que pintara en 1800 a Madame de Recamier-, podemos conocer perfectamente la moda de 1808 en algunos cuadros de Goya.
Y es en 1808, justo en 1808, cuando se cuelga en la Real Academia de San Fernando, donde precisamente está en estos momentos, la Maja vestida, fuere la duquesa de Alba o Pepita Tudó, amante de Godoy. Observando con atención el cuadro se puede observar una de las características fundamentales de la moda que hoy mismo alcanza su estado de perfección, o acmé: me refiero a la mezcla, la contaminación, la fusión, la criollización o como demonios quiera llamarse.
La moda debe cambiar
Si la dama en el cuadro va vestida con traje Imperio o del Directorio, con talle alto, tal como la moda dictaba, haciendo referencia a la moda inequívocamente francesa, sin embargo, coexistiendo con esa imitación de lo extranjero coexiste y cohabita perfectamente lo autóctono español, justamente lo majo en un sorprendente error de sintaxis, produciendo lo nuevo como mezcla de sistemas semióticos diferentes, en este caso la moda del Imperio, del Directorio o del Consulado francés, con lo español (del mismo modo que en la moda francesa se imitaban ciertos elementos de la moda española, como los cuellos).
Un principio drástico de la moda es que debe cambiar, y del mismo modo que bajo la Revolución Francesa se impuso un desdén por lo suntuoso de la aristocracia y una inscripción en lo austero, con Napoleón se vuelve a lo suntuoso. El cambio afecta incluso al tejido, y así se pasa del algodón a determinadas sedas, bordadas y con encaje, lo que determina a su vez la importancia de la industria de la seda en Francia, fundamentalmente en Lyon. O cómo cambia la peluca que va desapareciendo paulatinamente a finales del siglo XVIII (en la familia de Carlos IV, también de Goya, sólo llevan peluca los más ancianos). O en el sombrero, el bicornio sustituye al tricornio. (Mientras, en Inglaterra comenzará el elegante sombrero de copa.) Los zapatos perderán el tacón para ser planos. Se producirá una transición, ya en España, del llamado traje a la francesa, con costosos tejidos de seda y formado en los hombres por casaca, chupa y calzón, a una forma más burguesa, más sencilla y con más posibilidades de movimiento.
Curiosamente hoy se llamaría fenómeno de trickle-up al hecho de que ciertas aristócratas de la época, como la condesa de Chinchón o la duquesa de Alba -en el cuadro recién citado-, o, incluso, María Luisa de Parma -todas ellas retratadas por Goya-, imitasen a las clases inferiores o populares, aunque con materiales más lujosos. En los retratos comentados se puede percibir, amén de mantillas, cofias, redecillas... la basquiña, que, a pesar de que a partir del siglo XIX se reduce en su concepto a designar la falda de color negro que se usaba para salir a la calle, inicialmente significaba «falda exterior española fruncida en la cintura». Del mismo modo que el antecedente del chaleco se encuentra en la chupa, prenda que se llevaba bajo la casaca y sobre la camisa, la jaqueta era una modificación de la casaca que los majos llevaban sobre el jubón.
Si observamos el cuadro de Francisco de Goya «El conde Fernán Núñez» de 1803, veremos que el conde con patilla sigue el diktat de la moda del Directorio y del Consulado, vigentes antes de 1808, con gran corbata de muselina, bicornio, pantalón ceñido, botas sin tacón y un sobretodo, que alcanzará la significación más española, que es la de la capa.
Códigos sociales y culturales
La moda es capaz no sólo de crear códigos sociales y culturales (la decencia, la ostentación, el lujo, la austeridad, la solemnidad, la suntuosidad y, como querría Balzac, la elegancia), sino también actores sociales capaces de cobrar sentido en función de su actitud ante ella. Si los franceses tuvieron a los inc(r)oyables y los ingleses tuvieron a los dandies, en España en el siglo XVII tuvimos a los lindos y a los petimetres en el XVIII, cuyo origen era, en francés, petit-maître y que hacían de la observancia y observación de la moda francesa su leitmotiv, en español su traducción sería currutaco. En fin, más que desde la historia o desde la filología, la moda, metrónomo cultural, debe ser siempre vista por lo que significa y por el sentido que produce. Sólo así se podrá aceptar que a la jaqueta se la llamara torera, que la moda de los majos se relacione con el toreo, y a todo ello se lo denomine goyesco.
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