
ANGEL DE ANTONIO El Cristo de la Hermandad de Los Estudiantes sale de la puerta de la Basílica de San Miguel
El recién estrenado ocaso del sol, poco antes de las ocho de la tarde, sirvió como telón de fondo a la salida de la Hermandad de Los Estudiantes de la Basílica de San Miguel. Los pasos del Santísimo Cristo de la Fe y del Perdón y de María Santísima Inmaculada Madre de la Iglesia se inclinaron lentamente justo en ese momento en el que el sol se despide, para salvar la escalinata del templo que los acoge durante todo el año y que en este Domingo de Ramos tiene su máximo apogeo de veneración, culto y pasión entre los fieles madrileños.
Las temidas inclemencias meteorológicas de las últimas semanas, y que en algunas ocasiones han obligado a realizar el Vía Crucis dentro de la propia basílica, se han disipado por completo esta Semana Santa que recibía ayer sus primeros aromas a incienso, los multitudinarios aplausos a las figuras y el indescriptible silencio de los asistentes, además de alguna saeta preparada con esmero. Más bien, en esta ocasión «el Señor ha querido que todo salga bien para que el sol luzca hasta su máxima expresión para ir alumbrando al Cristo», comentaba uno de los diputados de la Hermandad.
El ambiente no podía ser más expectante poco antes de que a las 19.30 horas se abrieran los portones de San Miguel, para que la sección de Acólitos, con sus correspondientes ciriales en las manos, sirvieran de guía al resto de Los Estudiantes. Las primeras insignias, como la cruz de guía o las banderas encabezaron la procesión.
El momento culminante, y al que todos los fieles estaban esperando incluso desde primeras horas de la mañana, fue la salida del Cristo a la calle. Apenas tres golpes rotundos («llamadas», para los cofrades) sobre el palio y una expresión de «¡Vámonos!» hizo elevarse al Cristo a las alturas ante una sobrecogedora sensación infundada de temor por parte de los fieles. Infundada porque los costaleros saben hacer muy bien su trabajo. Los acordes interpretados por la Música del Regimiento Inmemorial del Rey Número 1, del Cuartel General del Ejército, y una capilla musical, entonando el himno de España hicieron el resto: los llantos comenzaron a propagarse entre algunos asistentes, que esperaban fervientemente este maravilloso momento.
Muy del estilo sevillano, los pasos que portan Los Estudiantes reflejan una sobria belleza. El palio del Cristo, de madera en caoba, se encontraba adornado con un monte de claveles rojos, mientras que el de la Virgen, con preciosos varales de plata, protegían la imagen vestida con un imponente manto bordado en oro, de más de 1.200 kilos de peso, y adornado con claveles blancos, algunos en forma de bouqué.
Lo realmente importante
Entre ambos pasos, toda la cohorte de miembros de la Hermandad de Los Estudiantes, con mujeres de mantilla, varones de mando, monaguillos, diputados... La seriedad de sus rostros refleja el verdadero motivo por el que todos están ahí: «lo verdaderamente importante no somos nosotros, sino el Señor y la Virgen, todas las miradas deben ir hacia ellos», afirmaba uno de los hermanos. Desde la calle de San Justo, donde se ubica la Basílica, pasando por la calle Mayor o la plaza de Santiago, ambos pasos alumbraban el entorno sombrío al que, poco a poco, se iban acostumbrando las calles madrileñas.



