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El día que Juan Ramón ganó el Nobel a Menéndez Pidal

Noticias, y muchas, de hace casi 52 años, del Nobel de 1956. Nunca antes un premio de la Academia Sueca había sido objeto de tanta y tan meticulosa investigación. Nunca antes la historia alrededor de

Actualizado 29/03/2008 - 10:46:06
Noticias, y muchas, de hace casi 52 años, del Nobel de 1956. Nunca antes un premio de la Academia Sueca había sido objeto de tan meticuloso estudio. Nunca antes la historia alrededor de un Nobel había resultado tan apasionante. Y entre las noticias, la primera es que, desde 1952, las candidaturas de Juan Ramón Jiménez y Ramón Menéndez Pidal fueron objeto de debate -y hasta de disyuntiva- en la Academia Sueca. Se llegó a plantear un premio Nobel «ex aequo» entre ambos. La gran diferencia es que Pidal obtuvo el apoyo de instituciones españolas y el primero hubo de ganar su galardón a golpe de prestigio internacional y de espaldas a la España oficial. Por si fuera poco, ahora sabemos que Pidal fue el finalista en la deliberación que acabó otorgando el galardón a poeta de Moguer.
Todos estos detalles -y muchísimos más- se conocen ahora gracias al brillante trabajo de investigación realizado por Alfonso Alegre Heitzmann, recién publicado por la Residencia de Estudiantes en el libro «Juan Ramón Jiménez, 1956. Crónica de un premio Nobel». En esta obra, que llega esta semana a las librerías, el experto juanramoniano ha manejado los documentos desclasificados en los archivos de la Academia Sueca, cuyo secreto se guarda 50 años, y otros materiales muy relevantes.
Así, hoy sabemos que el Nobel a Juan Ramón Jiménez en 1956 fue el final de un camino lleno de amargura. Sobre todo porque la concesión del Nobel coincidió con la muerte de su esposa, Zenobia Camprubí, tan sólo tres días después de conocerse el fallo.
La historia triste de Juan Ramón con España había comenzado con su exilio temprano al estallar la guerra civil. En 1945 intenta publicar aquí su primer libro de poesía escrito en América y se lo ofrece a su amigo Juan Guerrero y su Editorial Hispánica. El propio Guerrero, aunque entusiasmado, se da cuenta de que el libro, por su personal mística, no pasará la censura eclesiástica.
No obstante, a finales de 1947, algunos escritores como Ricardo Gullón y Ramón de Garciasol se plantean desde Ínsula reivindicar tímidamente la obra de Juan Ramón para el Nobel de Literatura. Pero según señala Alfonso Alegre, «su demanda no tuvo ninguna repercusión inmediata ni posterior en la España oficial de la época». Ni la Real Academia Española ni ninguna otra institución patria «propusieron jamás la candidatura de Jiménez para el Nobel».
Las noticias de estos primeros intentos llegaban al poeta y su esposa, quienes exigían no entrar «en ninguna bullanga» con respecto a su candidatura, sino buscarle la «dignidad posible» y «concretando el asunto al significado particular de su obra y vida», según escribe Zenobia a Juan Guerrero en marzo de 1948. El propio Juan Ramón siempre había rechazado los agasajos y honores, y esa característica, para desesperación de amigos como Jiménez Fraud, se vería aguzada por la enfermedad de Zenobia.
El final de la década de los cuarenta coincide, sin embargo, con un impulso decisivo de su obra en el ámbito iberoamericano e internacional. Pero en enero de 1950 Juan Ramón escribe a Enrique Canito: «Menéndez Pidal, Azorín, Baroja, son más viejos que yo; Ortega, aunque él se quita años, tiene mi edad, como \[Pérez de\] Ayala. El premio Nobel debe pedirse para Menéndez Pidal, Ortega o Azorín». Lo cierto es que la candidatura de Ortega se presenta en 1951.
Entra en escena, aquel año, Ernesto Dethorey, un periodista de origen español residente en Suecia y que será uno de los impulsores en el conocimiento que la intelectualidad sueca empieza a tener sobre la obra de nuestro poeta. Él, y un puñado de intelectuales vinculados al exilio ayudarán con entusiasmo e inteligencia al poeta.
El libro de Alfonso Alegre recorre tan pormenorizadamente cada artículo, entrevista y traducción de la obra del de Moguer, que marca al detalle su camino hacia el Nobel. También cuenta con la ayuda decisiva de Gabriela Mistral, quien ya declaró a recibir su premio en 1945 a Matica Goulard: «El Premio no me lo debieron haber concedido a mí, sino a Juan Ramón Jiménez, que se lo merece mucho más. Sí, sí, todos somos discípulos suyos».
La Academia Sueca pide en 1952 al catedrático de Oxford C.M. Bowra propuestas para el Nobel, en una consulta común en aquella época. Desde entonces será el primer valedor de Juan Ramón. Sus informes, publicados en este libro por primera vez, tuvieron efecto inmediato.
Desde 1952 competía con un Menéndez Pidal apoyado desde la RAE y otras instituciones el poeta de Moguer, con los únicos valedores de Bowra y algún académico sueco como Hjalmar Gullberg.
Aquel año, Pemán, Benavente y Gerardo Diego proponían a Concha Espina. Y ganó Mauriac. En el informe de la Academia se valora la calidad de Juan Ramón, y se duda de la idoneidad de Pidal para el galardón, por no ser creador, aunque se considera que sus grandes apoyos supondrían un homenaje a las letras hispanas.
En 1953 hubo 25 candidatos. Pidal y Concha Espina siguen en la liza, con apoyos nacionales. Juan Ramón sólo con el del académico Gullberg. En el informe final, se tilda su poesía de elitista, un sambenito que pesará en años siguentes sobre su persona. La concesión del Nobel a Churchill en 1953 provocó una gran polvareda.
En 1954 se repite el esquema, pero Juan Ramón es presentado por otro académico, Harry Martinson. Paradójicamente, Platero y yo «tiene poca trascendencia» para los académicos que dan el premio a Hemingway.
En 1954, Juan Ramón entra en crisis psíquica. Pero sus poemas se publican en Suecia y su estela crece, gracias en parte al empeño de Arne Häggqvist. El poeta llega a la terna final. Sólo le faltaba el apoyo de instituciones, algo que sí que ocurrió en 1956, gracias a Graciela Palau, que activó la energía necesaria para que la Universidad de Maryland propusiese la candidatura de Juan Ramón al año siguiente.
Así, en 1956, y tras un informe decisivo de la ex alumna de la Institución Libre de Enseñanza Matica Goulard, el poeta llega a la final. Borges, Alfonso Reyes y Neruda aparecen en las listas y vuelve a proponerse a Pidal desde muchas instancias, incluso desde la Universidad de Puerto Rico. Pero sí se sabe por el fallo ahora accesible que Pidal quedó finalista. El poeta recibe el premio entre lágrimas por la inminente muerte de Zenobia.
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