
ESTOY convencido de que Josep-Lluís Carod-Rovira habrá hecho todo lo posible por plantar cara a Joan Puigcercós y seguir llevando las riendas de Esquerra Republicana de Catalunya. Pero, del mismo modo que estoy convencido de ello, también lo estoy de que, una vez perdida la batalla, habrá dado un gran suspiro. Y no precisamente de pena. Desde que accedió a la Vicepresidencia del Gobierno autonómico, el de Cambrils ha ido tomándole gusto a eso de gobernar la cosa pública. Y esa querencia se ha concretado, por un lado, en las frecuentes «tournées» por las naciones del mundo en búsqueda de un Estado y, por otro, en el progresivo abandono de sus tareas partidistas -inevitable, sin duda: aunque presuma de nombre compuesto, uno no puede estar en todas partes-. De ahí que no me extrañaría lo más mínimo que, en adelante, ya liberado de la pesada carga de controlar el partido, encuentre incluso tiempo para explicarle a José Montilla quién fue Josep Palau i Fabre y cómo debe pronunciarse su segundo apellido. E incluso, si mucho me apuran, que ordene rescindir el contrato del profesor de catalán que se agenció en su momento el presidente de la Generalitat y, tras desempolvar un ejemplar del Jeroni Marvà y repasar los rudimentos de este oficio tan querido, le dé él mismo las clases a Montilla.
Bromas aparte, es evidente que el movimiento de Carod, ese repliegue con vistas a un futuro en el que no descarta -dice- optar de nuevo a la Presidencia de la Generalitat, debe entenderse como una consecuencia de los últimos resultados electorales. Por supuesto, porque fueron esos resultados -pésimos, a todas luces, para ERC- lo que precipitó el desafío de Puigcercós, con su dimisión como consejero y su desembarco tonante en el partido. Pero no únicamente por eso. También porque una de las principales lecciones de los comicios del 9 de marzo fue que el «ménage à trois» ideado a finales de 2003 por el propio Carod -eso es, el tripartito- había funcionado, aunque en un contexto distinto y en beneficio tan sólo de uno de los tres socios, el mayoritario. Dicho de otro modo: el trasvase de votos de ERC al PSC -y, en menor medida, de Iniciativa a los propios socialistas- no dejaba de ser una derrota relativa. Y es que esos votos, en el fondo, no se habían perdido del todo; sólo estaban cautivos, y el encargado de administrarlos iba a ser, en adelante, el hermano mayor.
Esa concepción del tripartito como una gran familia ha estado siempre presente en la mentalidad de Carod -otra cosa es lo que piense y haga Puigcercós y, más allá, el conjunto del partido-. Se trata, sin duda, de una deriva sentimental. A Carod le puede el pasado. Sí, aquella coalición llamada Esquerra Catalana, de la que ERC fue el nervio principal y que marcó los años gloriosos y tan añorados de la Segunda República. Sólo que aquí el nervio, de momento, corresponde a los socialistas. Y al propio Carod, claro.
Xavier
Pericay
PORQUE HOY ES SÁBADO



