La aprobación de los Presupuestos del Gobierno de Ibarretxe por la ausencia de cuatro diputados de la oposición a la hora de votar es un auténtico desastre para el constitucionalismo vasco. Entre otras cosas, porque todos los ojos van a volverse hacia Jaime Mayor Oreja, cuya presencia y voto habría llevado, cuando menos, al empate a 36 votos que habría obligado a repetir la votación. En efecto, nadie va a pedir responsabilidades por lo sucedido ni a Arnaldo Otegi ni al fugado Josu Ternera -que sin duda prefieren ayudar al gobierno de Ibarretxe contra el contubernio españolista-, y tampoco a la oscura parlamentaria socialista Idoia Mendía, que según parece puede alegar en su descargo la convalecencia de un reciente embarazo.
La devolución de los presupuestos al Gobierno vasco estaba cantada; quizás demasiado cantada, revelando un exceso de confianza en los errores ajenos.
Todos los analistas daban a Ibarretxe por derrotado, y la prensa y medios de comunicación nacionalistas -esto es, los medios públicos vascos- llevaban días denunciando «la complicidad» de PP y PSE con Abertzale Sozialistak, en un torpe intento de descargar sobre la oposición su propia incapacidad para gobernar. Incapacidad derivada de la pobre representatividad electoral de un tripartito que ganó las elecciones por la mínima (25.000 votos y dos diputados, sin contar a los de IU) pero que, sin embargo, se presenta ante el mundo como un gobierno caudillista apoyado por la totalidad de los verdaderos vascos. Una de las consecuencias más deplorables de lo sucedido es que refuerza la interpretación torticera, tan agradable para cierta opinión socialista, de que el 13-M fue un desastre para el PP y el PSE y un triunfo rotundo de PNV-EA.
La devolución de los presupuestos a Ibarretxe iba a restablecer la verdadera representatividad de cada cual, desmontando esa estúpida y dañina representación. Iba, pero no será así porque alguien ha jugado con fuego, calculando que Jaime Mayor Oreja tenía tiempo de sobra para llegar a una votación que se esperaba para las doce, o que daba igual una diputada socialista más o menos -aquí también se abrirá un campo a las sospechas de deslealtad socialista, enturbiando el ambiente entre los dos partidos que nos importan. Que los portavoces del tripartito y la presidencia de la Cámara hayan cometido nuevas marrullerías forzando el adelanto de la votación es algo que la oposición debería haber previsto. Lo que todos nos preguntamos es cómo es posible que toda la oposición constitucionalista no hubiera estado velando sus armas parlamentarias desde primera hora de la mañana.
Por eso el desastre sucedido en esta votación trascendental va a añadirse al abultado pasivo del PP, que parece abandonado a la lógica implacable de la ley de Murphy: todo lo que pueda ir mal irá peor. Aunque sea injusto, la ausencia de Jaime Mayor Oreja va a ser interpretada como otro ejemplo de la incapacidad de los dirigentes del PP para estar donde hay que estar en el momento apropiado. Y se va a reforzar la impresión de que todas las energías de su partido están absolutamente absorbidas por las peleas internas a causa de la sucesión del presidente Aznar. Lo malo es que algunas cosas son lo que parecen.
Con franqueza, a mi las peleas internas de un partido no me importan demasiado. Los partidos son así y no tienen mucho remedio. No creo que los líos del PP sean un drama nacional... con la excepción de sus consecuencias en el País Vasco. Me preocupa mucho más que el inoportuno retraso de Jaime Mayor Oreja anticipe un retraso más generalizado. Y me refiero a que una situación idónea en los campos policial y jurídico, con ETA casi arrinconada y Batasuna al borde de la ilegalización, con el descenso del sentimiento y de la identificación nacionalista en la sociedad vasca, con el lanzamiento fracasado del Plan de Ibarretxe, no haya en el País Vasco una oposición política eficiente y una alternativa eficaz. Sería imperdonable que, a causa de sus disputas internas y de su incapacidad para hacer política sintonizada con la ciudadanía, los partidos constitucionalistas dejaran escapar la ocasión de ganar al nacionalismo. Y eso puede volver a ocurrir si la oposición a Ibarretxe no sólo se tira a degüello por el caso del Prestige, sino que además aparece como incapaz de aprovechar las mejores ocasiones que se le presentan. Ocasiones como la que acaba de perder en la votación de los Presupuestos en el Parlamento vasco. No vale echar la culpa a las marrullerías progubernamentales. Hace falta verdadera iniciativa política, y no la hay; capacidad de liderar a esa opinión pública que cada día desconfía y se aleja más de Ibarretxe, pero que sigue sin tomar en serio a una oposición que tampoco se toma en serio a sí misma y espera más de los errores del adversario que de sus propios aciertos. Y lo ocurrido el día 27 de diciembre, aunque parezca más propio del 28, no ayuda nada en la tarea inaplazable de sumar esfuerzos para normalizar la situación vasca. Qué desastre.
La devolución de los presupuestos al Gobierno vasco estaba cantada; quizás demasiado cantada, revelando un exceso de confianza en los errores ajenos.
Todos los analistas daban a Ibarretxe por derrotado, y la prensa y medios de comunicación nacionalistas -esto es, los medios públicos vascos- llevaban días denunciando «la complicidad» de PP y PSE con Abertzale Sozialistak, en un torpe intento de descargar sobre la oposición su propia incapacidad para gobernar. Incapacidad derivada de la pobre representatividad electoral de un tripartito que ganó las elecciones por la mínima (25.000 votos y dos diputados, sin contar a los de IU) pero que, sin embargo, se presenta ante el mundo como un gobierno caudillista apoyado por la totalidad de los verdaderos vascos. Una de las consecuencias más deplorables de lo sucedido es que refuerza la interpretación torticera, tan agradable para cierta opinión socialista, de que el 13-M fue un desastre para el PP y el PSE y un triunfo rotundo de PNV-EA.
La devolución de los presupuestos a Ibarretxe iba a restablecer la verdadera representatividad de cada cual, desmontando esa estúpida y dañina representación. Iba, pero no será así porque alguien ha jugado con fuego, calculando que Jaime Mayor Oreja tenía tiempo de sobra para llegar a una votación que se esperaba para las doce, o que daba igual una diputada socialista más o menos -aquí también se abrirá un campo a las sospechas de deslealtad socialista, enturbiando el ambiente entre los dos partidos que nos importan. Que los portavoces del tripartito y la presidencia de la Cámara hayan cometido nuevas marrullerías forzando el adelanto de la votación es algo que la oposición debería haber previsto. Lo que todos nos preguntamos es cómo es posible que toda la oposición constitucionalista no hubiera estado velando sus armas parlamentarias desde primera hora de la mañana.
Por eso el desastre sucedido en esta votación trascendental va a añadirse al abultado pasivo del PP, que parece abandonado a la lógica implacable de la ley de Murphy: todo lo que pueda ir mal irá peor. Aunque sea injusto, la ausencia de Jaime Mayor Oreja va a ser interpretada como otro ejemplo de la incapacidad de los dirigentes del PP para estar donde hay que estar en el momento apropiado. Y se va a reforzar la impresión de que todas las energías de su partido están absolutamente absorbidas por las peleas internas a causa de la sucesión del presidente Aznar. Lo malo es que algunas cosas son lo que parecen.
Con franqueza, a mi las peleas internas de un partido no me importan demasiado. Los partidos son así y no tienen mucho remedio. No creo que los líos del PP sean un drama nacional... con la excepción de sus consecuencias en el País Vasco. Me preocupa mucho más que el inoportuno retraso de Jaime Mayor Oreja anticipe un retraso más generalizado. Y me refiero a que una situación idónea en los campos policial y jurídico, con ETA casi arrinconada y Batasuna al borde de la ilegalización, con el descenso del sentimiento y de la identificación nacionalista en la sociedad vasca, con el lanzamiento fracasado del Plan de Ibarretxe, no haya en el País Vasco una oposición política eficiente y una alternativa eficaz. Sería imperdonable que, a causa de sus disputas internas y de su incapacidad para hacer política sintonizada con la ciudadanía, los partidos constitucionalistas dejaran escapar la ocasión de ganar al nacionalismo. Y eso puede volver a ocurrir si la oposición a Ibarretxe no sólo se tira a degüello por el caso del Prestige, sino que además aparece como incapaz de aprovechar las mejores ocasiones que se le presentan. Ocasiones como la que acaba de perder en la votación de los Presupuestos en el Parlamento vasco. No vale echar la culpa a las marrullerías progubernamentales. Hace falta verdadera iniciativa política, y no la hay; capacidad de liderar a esa opinión pública que cada día desconfía y se aleja más de Ibarretxe, pero que sigue sin tomar en serio a una oposición que tampoco se toma en serio a sí misma y espera más de los errores del adversario que de sus propios aciertos. Y lo ocurrido el día 27 de diciembre, aunque parezca más propio del 28, no ayuda nada en la tarea inaplazable de sumar esfuerzos para normalizar la situación vasca. Qué desastre.



