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La 18 y los Salvatrucha, los reyes de la calle

Cientos de jóvenes organizados en dos maras o pandillas juveniles mantienen una guerra abierta por el control de los barrios de El Salvador que ha dejado una reguero de sangre y violencia sin que las autoridades tengan visos de atajarla

Actualizado 28/11/2004 - 02:36:35
Pandilleros de La 18 en uno de sus lugares de reunión en San Salvador
Pandilleros de La 18 en uno de sus lugares de reunión en San Salvador

SAN SALVADOR. La comuna de la Campanera no difiere mucho de las otras que se encuentran en el municipio de Soyapango (San Salvador). Pobreza, hacinamiento y el triste récord de ser el municipio con mayor número de homicidios de la capital salvadoreña son rasgos más que suficientes para saber que nos encontramos en territorio pandillero. «Aquí manda La 18. Nosotros cuidamos a nuestra gente de los enemigos. Somos como hermanos», nos dice orgulloso el «Cuervo» cabecilla de una de las «clicas» (célula) de la pandilla.

Actualmente en El Salvador operan dos maras (pandillas): la Salvatrucha y La 18. Ambas mantienen una guerra abierta por el control de los principales barrios del país que ha dejado ya un reguero de sangre y violencia.

En sus filas militan jóvenes entre los 12 y los 30 años y van siempre fuertemente armados. La mayoría de ellos provienen de comunas marginales y por lo general de familias rotas por la guerra, la droga o el alcohol. «Yo nací en una familia en la que mi padre le daba a la bebida, mi madre murió y yo tuve que salir al paso como pude. En la pandilla encontré a mi familia, ellos me ayudaron y me protegieron» afirma Dani que pertenece a la mara Salvatrucha.

El mero hecho de entrar en el territorio de la otra pandilla significa poder ser ejecutado «cuando encontramos a un miembro de la otra mara en nuestro territorio es una ofensa, una provocación, si le agarramos directamente le metemos plomo» afirma Dani sin titubear.

La pandilla o la muerte

Por lo general uno se hace pandillero e ingresa en la mara que domina su comuna, pero si por diversas circunstancias no ocurre así, surgen los problemas.

Edi abandonó su barrio para evitar conflictos con la mara que controlaba ese territorio, no había acabado sus estudios y no tenía trabajo por lo que no le quedó otra salida que dedicarse a robar para poder comer. «Me condenaron por robo y me metieron aquí en Chalatalengo, una prisión en la que sólo hay miembros de La 18. Me hice pandillero por necesidad y pronto en mi barrio, que es de la Salvatrucha,se enteraron de ello». El ingreso de Edi en la pandilla 18 se saldó con la muerte de su hermana que fue encontrada en un descampado violada y con tres agujeros de bala en la cabeza.

Aunque ambas bandas mantengan una guerra abierta, no existen grandes diferencias entre la una y la otra a la hora de ingresar en las mismas. Por lo general a los hombres se les «brinca», es decir se les obliga a aguantar una paliza practicada por el resto de los miembros de la Mara durante la cual no pueden dar muestras de debilidad.

Por otro lado a las mujeres se les da la misma opción con la alternativa de entrar mediante una violación masiva llevada a cabo por el resto de los componentes de la pandilla. «Mi nombre es Eli y soy ex pandillera de la mara Salvatrucha, soy madre de dos niñas y entré en la Pandilla mediante sexo. Actualmente quiero empezar una nueva vida, lejos de la pandilla y poco a poco lo estoy logrando aunque tengo miedo porque me quieren matar. Pero ya me da igual, estoy contagiada de sida».

El caso de Eli no es un caso aislado. Al igual que ella muchos hombres y mujeres se encuentran con infinidad de obstáculos a la hora de abandonar la Mara. Al margen de los numerosos casos de contagios de sida y las amenzas del resto de componentes de la misma, su mayor problema a la hora de reinsertarse en la sociedades que ésta les acepte debido al gran número de tatuajes que adornan sus cuerpos y que claramente los identifica como pandilleros.
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