
EFE Patti Smith, durante el concierto en Madrid
POR PABLO MARTÍNEZ PITA
MADRID. Acostumbrados a una época en que las grandes estrellas del rock anuncian con muchos meses de antelación su llegada y ponen las entradas a precios hiperbólicos -para luego ver al súper artista a través de una pantalla, porque de otra manera es imposible-, choca, impresiona y admira lo ocurrido con Patti Smith. Su visita fue anunciada con escasos días de antelación, el motivo era cultural -una muestra dedicada a Rimbaud que adquiría esplendor con su presencia-, el recinto madrileño daba acogida a poco más de trescientas personas, y el precio de la entrada era de seis euros. De pasmo.
Más de uno comentó admirado el ambiente familiar que se respiraba. Y el que transmitió además la estrella de la noche. Una mujer asombrosamente juvenil de 61 años, que impone un respeto reverencial por lo que representa en la historia de la música popular, y con una imagen andrógina, de enorme fortaleza, pero que desde el primer momento repartió sonrisas y simpatía. Para romper el hielo, por si hubiera alguno, empezó su recital con una de sus canciones más bailables, «Redondo beach». Ni siquiera ella misma se reportó a la hora de menear su delgado cuerpo y su larga melena.
La expectación por contemplar a la artista norteamericana era mayúscula. Desde primera hora de la mañana se agolpaba gente en la taquilla de La Casa Encendida, ya que las entradas puestas a la venta por internet se habían agotado con rapidez. Ella misma, consciente de la situación, se mostró dispuesta a ofrecer dos conciertos seguidos. Así que al final hubo uno a las nueve y otro cerca de las once. El primero era sobre todo para invitados, que a la hora de pedir acreditaciones muchas son las llamadas (de teléfono) pero en este caso y necesariamente, pocos los escogidos, por muchos aspavientos que se hicieran.
«Twelve»
Patti Smith apareció, como era de esperar, con su chaqueta negra, con unos bolsillos que le sirvieron para meterse dentro, y sin paliativos, al público presente. Su intención, aparte de alabar repetidamente la obra y vida del poeta francés -llegó a decir que era su novio-, era la de presentar su más reciente trabajo discográfico, «Twelve». Un álbum recibido con cierto recelo por la crítica al componerse de versiones. Pero hablamos de una señora que, en su momento, hizo un inmenso favor a Van Morrison y a Bruce Springsteen llevando a su terreno «Gloria» y «Because the night». Fueron éstas, precisamente, las que marcaron el punto álgido de la velada. Aunque hubo avalancha de momentos intensos. Como su interpretación de «Smells like teen spirit», de Nirvana, concluido con un sentido alegato contra la guerra. O un espectacular «Are you experienced», de Jimi Hendrix, iniciado con ella tocando el clarinete. Duró un hora y cuarto. Fue emocionante. Supo a gloria.



