
Se equivocan quienes alientan de una u otra forma la avalancha de desprestigio con que se trata de envilecer a la jefatura del Estado; a la figura de Su Majestad y busca en ello la ruina de una institución. Utilizando para tales fines manifiestas campañas desde los despachos del poder, o la radio, cuando en el acaloramiento de las tertulias se empecina uno en llevarse la razón a costa de lo que sea; como también si a falta de alguna actividad reconocida o ambiciones de futuro, nuestros jóvenes se entretienen en ensuciar nuestras calles, con su odio de fuego, sin percatarse de que lo que queman son sus posibilidades de futuro. El Rey es el garante de nuestra unión como pueblo, ejerce la más alta jefatura de las Fuerzas Armadas y sin embargo no decide qué hacer con ellas; es la mejor representación que el pueblo español como nación ha tenido en Europa y el mundo. Nos enorgullece saber que nos representa ante los mandatarios de otros pueblos; nos admira su capacidad para hablar a todos en su idioma; como nos da lo mismo si habla gallego, o puede dirigirse en catalán a un adiposo representante del republicanismo remunerado. Las figuras de Don Juan Carlos y Doña Sofía se nos hicieron familiares a fuerza de sentirlos.
Tanto Sus Majestades como los Príncipes y las Infantas han estado siempre con las víctimas del terrorismo, ¿quién dice que no? ¿Qué saben los demás de nuestras ausencias y compañías? Nunca han estado más cerca de un súbdito que cuando sufre una pérdida irreparable. El Rey se hace siempre presente en medio de nuestras casas; los telegramas, las llamadas telefónicas en muchos casos a altas horas de la noche, la presencia en nuestros sucesivos congresos; llenando el auditorio de las más bellas palabras que se puedan decir: «No estáis solas». En los conciertos organizados por la Fundación para la Libertad o la Fundación de Víctimas; recuerdo cómo en aquel primer certamen celebrado, en el Teatro Real de Madrid, Su Majestad la Reina dejó a la infanta Elena, su hija, convaleciente en el hospital tras un desafortunado aborto; se vistió y se presentó junto a nosotros con su sonrisa, su profesionalidad y su cariño. ¿No es eso cercanía? «No estáis solos», te transmiten cuando te estrechan la mano, cuando te besan o te aprietan el brazo con cercanía. Pues somos las víctimas del terrorismo quienes primeramente encontramos en ellos el calor de la solidaridad, quienes nos llenamos de orgullo al estrechar sus manos profesionales. Sus Majestades son reyes, pero también padres, hermanos, tienen naturaleza humana, y defectos, pero están cargados de renuncias, de sentimientos ahogados, y de buen hacer.
Su trabajo nos pertenece, se desparraman en cercanía y solidaridad. Cuando a veces, tras la tragedia, los despachos se quedan mudos, cuando las instituciones democráticas miraban para otro lado, intentando olvidar que aquello había pasado, cuando la opinión pública hacía grandes alardes de las razones del asesino, sin importarles si quiera el nombre de la víctima, en Zarzuela no se olvidaban de nuestro dolor, del apretón, de la comunicación por cualquier medio. «No estáis solos». Claro que no, Majestad, ni usted ni nosotros estamos solos del todo. En usted reposa la responsabilidad de su cargo y el calor de tantos españoles que sufrieron en sus carnes el desgarro y el olvido, somos casi un ejército de tullidos que no pueden consentir que se nos utilice para desprestigiar una institución apoyada y defendida por la inmensa mayoría del pueblo español; aunque a algunos no les guste reconocerlo.



